Mundial 2022: No hemos aprendido nada en 88 años

Purificació González

Llorando

 

El inicio del Mundial de Qatar, donde la vulneración de los derechos humanos es sistemática, no es el primero en el que la FIFA miró hacia otro lado.

 

Hace ochenta y ocho años en el estadio bautizado con el nombre del Partido Nacional Fascista, el 10 de junio de 1934, Italia y Checoslovaquia se enfrentaron en la final de la segunda edición de la Copa del mundo de fútbol . Aquel partido lo presidió en el palco de honor del estadio, Benito Mussolini, y fue aclamado por los más de 50.000 espectadores presentes. Esta Copa Mundial de 1934 fue utilizada según los historiadores por el dictador Mussolini desde un punto de vista propagandístico y nacionalista, con el objetivo de vender en el exterior los logros e ideales del fascismo italiano.

 

A pesar de estar sobre aviso de las consecuencias políticas, la FIFA prefirió obviarlas y designó hacer la Copa del mundo de 1934 en la Italia de Mussolini con el visto bueno del francés, Jules Rimet, presidente de la federación internacional entonces.

 

Rimet no se cortó nada y alabó a " La federación italiana y su equipo nacional han dado este ejemplo y esta lección organizando y ganando el Mundial de 1934. Les felicito y admiro su fe, capaz de desarrollar estas virtudes". Cabe recordar que Rimet configuró la estructura actual de la FIFA, creando la Copa Mundial de Fútbol y definiendo la ambiciosa mecánica que incluía la rotación de los países anfitriones, la creación de un sistema de eliminatorias y la periodicidad de cuatro años que le caracteriza.

 

Y si hacemos memoria Mussolini presionó a los cargos directivos del deporte nacional, como el seleccionador Vittorio Pozzo y a sus futbolistas para que conquistaran el título. Italia quería asegurarse el éxito en su Mundial incluso antes de su concesión, y por ello en 1931 autorizó la llegada de sudamericanos con ascendencia italiana (oriundio) como los argentinos Luis Monti, Attilio Demaría, Enrique Guaita y Raimundo Orsi, y del brasileño Anfilogino Guarisi, que después fueron nacionalizados . El comité organizador tampoco escatimó en gastos, al asignar un presupuesto de 3,5 millones de liras y hasta ocho sedes con estadios nuevos o reformados para la ocasión: Bolonia, Florencia, Génova, Milán, Nápoles, Roma (sede de la final), Turín y Trieste .

 

Una historia que se puede volver a repetir dado que este mismo sábado Gianni Infantino, el suizo, presidente de la FIFA, ha resaltado un día antes del inicio del Mundial de 2022, los avances experimentados "en los últimos años en Qatar en derechos humanos y sociales" y ha denunciado, leen bien, la que considera "una doble moral existente en occidente" y por eso ha añadido que "Europa debería pedir perdón por los últimos 300 años antes de dar lecciones morales". Porque claro él LA MORAL la tiene buenísima. ¿Verdad?.

 

La permisividad de la FIFA con el régimen italiano de 1934 fue tal que incluso el máximo dirigente de este organismo afirmó que, durante la celebración del Mundial, había "tenido la impresión de que el presidente de la FIFA era Mussolini". ¿Y es algo diferente de lo que ocurre ahora 88 años después con el régimen qatarí?.

 

A la FIFA le da igual la democracia. El Mundial de Qatar es el "Mundial de la vergüenza". Porque entre otras cuestiones la elección de esta sede estuvo salpicada desde el principio por una posible corrupción entre los miembros de la FIFA con capacidad de elección . El medio británico Sunday Times publicó que Mohamed bin Hammam, antiguo presidente de la Confederación Asiática de Fútbol, hizo pagos secretos a los funcionarios de la FIFA en el período previo a la votación. Sin embargo, Qatar logró salir airosa de todas las acusaciones y quedarse con la celebración del campeonato.

 

Qué el Mundial vaya bien para aquellos a los que les da igual los derechos ajenos, después que vuelvan a casa satisfechos de sí mismos y la vergüenza les acompañe y les persiga el resto de su vida. Porque serán recordados como aquellos que sí aceptaron jugar en Qatar. Porque parece que no hemos aprendido nada en 88 años.

 

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