El hambre irracional de Dalí

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Europa Press

 

Si bien Dalí postulaba una pintura libre de pereza y no instalada en el caos, le envió a Picasso una postal desde Nueva York en la que, de forma castiza, destacaba: "Olé por pintar como nos dé la gana".

Tenía veinticuatro años de edad cuando escribió unas reflexiones sobre los nuevos límites de la pintura, donde declaraba:

"Hemos aprendido hace días que los ojos, igual que las uvas, son propensos a las más alocadas velocidades y están dotados para lanzarse a las más contradictorias persecuciones".

Tenía Dalí alguna idea acerca de la realidad de la física cuántica, de que la luz es 'onda y corpúsculo a la vez', de la dualidad onda y partícula, de la teoría de la expansión del universo. A partir de ello, proseguía su enrevesado análisis:

"La realidad ha sido reducida a inestable apariencia de lo más fugitivo y confuso de sus aspectos; de la objetividad se percibirán, únicamente, las más leves resonancias, y aun deformadas por el más subjetivo de los sentimentalismos".

Victor Fernández ha editado unos textos de Salvador Dalí y les ha puesto introducción y notas. Se trata de Picasso y yo (Elba), libro donde se reproducen las postales que durante algunos años Dalí le envió a Picasso. Cuando Dalí y Gala fueron a París para vivir un tiempo, Picasso los recibía en su casa dos veces a la semana y le facilitó relaciones que pudieran ayudarle en la proyección de su trabajo.

Posteriormente, el apego entre ambos artistas quedó bloqueado por el afán de rivalizar y prevalecer. A la muerte de Picasso, Dalí reiteró que Picasso fue el único amigo que le dejó dinero para ir a Estados Unidos. Nunca ocultó que, gracias a su ayuda, él y Gala pudieron zarpar a finales de 1934 rumbo a Nueva York.

En 1935 escribió La conquista de lo irracional, donde dice que 'nosotros, los surrealistas' "no somos exactamente artistas y no somos tampoco exactamente auténticos hombres de ciencia; somos caviar, y el caviar, créanme, es la extravagancia y la inteligencia misma del gusto, sobre todo en momentos concretos como los presentes"; aludía al hambre irracional.

Doce años después, ya acabada la Segunda Guerra Mundial, Dalí hablaba de la pasión delirante "por lo estrafalario y la excentricidad estridente y catastrófica". Y señalaba que Picasso ostentaba "la gloria de haber destruido la pintura de los salones y de la pseudo belleza oficial". Por esto, lo emplazaba a "permitir a la gente joven volver a ver a Rafael en su esplendor original y eterno, libre del polvo académico que le habría hecho invisible". Le veía capaz de hacer posible la vuelta a la belleza, desde el propósito compartido de desintoxicarse del polvo académico encarcarado.

En 1951, cuatro años después, dio una memorable conferencia en el Teatro María Guerrero de Madrid donde soltó algunas bobadas aduladoras a Franco, breves y chirriantes. El asunto era Picasso y yo. Y lo comenzó con estos dos puntos: 1) "Como siempre, es a España a quien le corresponde el honor de los contrastes más extremos, esta vez en la persona de dos pintores, los más antagónicos de la pintura contemporánea: Picasso y yo, servidor de ustedes. 2) Picasso es español; yo también. Picasso es un genio; yo también. Picasso tiene unos 72 años; yo, unos 48. Picasso es comunista; yo tampoco". Frase esta última que no dejó de divertir al pintor malagueño.

Dalí denunció la mentalidad de los Brunetes (término inspirado en su detestado paisano Manuel Brunet), una mentalidad de hostilidad automática hacia todo cuanto fuese universal y opuesta a cuanto se aparte de los caminos trillados. Acusaba a esa mentalidad de facilitar el divorcio del país con nuestros grandes pintores universales.

 Hoy día, se ha extendido otro dictamen que, promovido por intereses políticos, insiste en la falacia de que todos podemos ser genios; un engaño provocado por sinvergüenzas con la intención de entontecernos y que, de facto, nos cierra el paso a hacernos mejores y progresar. Dalí, ajeno a esta tendencia impostora y aduladora, llegó a escribir que "si en el mundo hubiese nueve millones de Picasso, diez millones de Einstein y doce millones de Dalí, es muy probable que la Tierra fuese inhabitable. Pero estad tranquilos: eso no es posible". Dejarían de ser rarezas o tipos raros dignos de estudio, que es lo que son.

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