¿Espejismo, consuelo, verdad?

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Pedro García Cuartango. ZENDA
Pedro García Cuartango. ZENDA

 

Hace varios meses leí El enigma de Dios (Edcs. B), que Pedro García Cuartango, su autor, presentó como un proyecto largamente aplazado; quizá porque pretendía plasmar su propia perplejidad ante la cuestión de Dios y él es un hombre obstinado, acaso torturado. Yo dejé reposar su lectura, no quise que me apremiara su reflexión.

Se trata de un libro intenso, íntimo y personal, insólito en nuestro tiempo, donde da cuenta de su recorrido de la fe a la incertidumbre, donde explora el abismo de la finitud humana y la consciencia de la vulnerabilidad que caracteriza a los seres humanos.

Pedro García Cuartango es un periodista burgalés con una inusual formación filosófica y una infrecuente modestia y ponderación. Destaca su enorme afición al cine, fue colaborador habitual en las añorables tertulias cinematográficas que José Luis Garci presentaba en televisión.

Nacido en una familia fervorosamente cristiana (su padre era de Acción Católica y su madre tenía dos hermanas monjas), García Cuartango declara que tuvo una intensa fe y que la perdió. Se confiesa agnóstico y que no puede ser otra cosa, lo que vive como una maldición: "Ser agnóstico es asumir que vivimos en la incertidumbre. Y esto me parece más una condena que una suerte, por lo que envidio a los que creen". Sin embargo, él se refleja en Leonardo Sciacia y reproduce estas líneas del escritor siciliano:

"No hay ninguna certeza. Ni siquiera la certeza de que no haya certezas. Si amo la verdad y asumo todos los riesgos que comporta decirla, estoy viviendo religiosamente".

Envuelto en la precariedad física y en una fuerte inclinación a la soledad, Pedro García Cuartango (casado y con hijas) se siente perdido en la playa infinita del tiempo. Tiene necesidad de cuestionar en voz alta sus creencias y quiere distanciarse de los tópicos que dan por hecho lo que hay que repetir o aparentar. Él afirma que lo ha escrito para dejar constancia de quién es, antes de que la luz se apague.

Leer siempre ha sido para él un gesto de rebeldía y un modo de exorcizar el tiempo. Así, afirma que cada cosa que aprende le suscita nuevas preguntas; como ser humano, nunca está acabado del todo, es lo propio de los seres humanos (Julián Marías definió que "ser persona es poder ser más"; también menos, apostilló el hispanista estadounidense Harold Raley). Él nunca ha dejado de leer a los clásicos y recurre a ellos en busca de 'solaz o consuelo'.

Confiesa que la idea de Dios se le aparece como una monstruosa abstracción frente al dolor de cada ser humano, siempre intransferible. No tiene una explicación racional que dar y entiende que "por mucho que reflexionemos y nos esforcemos, Dios se escapa como una trucha de nuestras manos". Dios se expresa en lo contingente (en lo que puede suceder o no), pero no en lo necesario: es una suma de experiencias únicas y personales. En su caso particular, Pedro García Cuartango testimonia una pérdida de energía e ilusión y señala, con nostalgia e impotencia, que, a medida que envejece, es más consciente de sus errores, de las muchas cosas -dice- que ha hecho mal y que ya no puede reparar.

Confiesa desconocer por qué no ha sido bendecido con la gracia, si bien ignora también si ésta es un espejismo o es un don de Dios. Se inclina por lo primero, pero reconoce que hay demasiadas cosas que no comprendemos como para burlarse de ellas. "Puede que Dios hable a cada creyente, pero su voz no se escucha en el mundo". Siempre nos quedará la duda, apostilla.

Poco después de concluida la lectura de estas páginas, me dispuse a volver a ver, respetuoso y dudoso, dos películas en ellas recomendadas: Ordet (La palabra), de Carl Theodor Dryer. Y Ma nuit chez Maud, de Éric Rohmer. Son espléndidas y bien diferentes entre sí, pero ambas dan mucho que sentir y pensar, creo que sin tristeza.

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