Decía Cicerón que “Las leyes callan cuando hablan las armas”. Eso es lo que está ocurriendo con el ataque de EE. UU. e Israel a Irán. Es que las leyes para el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, son las que marcan ellos. El resto no les sirven; faltaría más llevarle la contraria al emperador del mundo y al invasor que se pasa los acuerdos por donde termina la espalda.
Lo que parecía un paseo triunfal en la invasión a Irán, según las palabras de Trump, que manifestaba que lo de Irán sería una acción rápida, se está alargando, y la posición de los ayatolás de nombrar al nuevo líder de ese país, el hijo de Jamenei, también influye. Un perfil de continuidad; es más, se le considera más duro que su padre. El nombramiento no ha sido bien recibido por el presidente norteamericano, que lo ha considerado como una provocación. Se pensaba que la dictadura de Irán es como la de Venezuela y que allí podría poner al frente del país a alguien de su agrado. Irán es una dictadura más fuerte, controlada por un régimen que utiliza la religión como arma para tener controlada a una buena parte del país. Y ya se sabe que cuando se aplica la religión con una interpretación sacada de contexto es muy difícil luchar.
El régimen iraní es sangriento; la pena de muerte es aplicada a diario contra los que no comulgan con él. Los derechos de las mujeres han retrocedido varios siglos. La población, pese a ser un país rico, está pasando necesidades y las libertades brillan por su ausencia. Un cambio de régimen es más que necesario. La democracia es la gran aspiración de todos los ciudadanos que sufren el régimen y de los miles y miles de ciudadanos que se han tenido que marchar del país.
Pese a esa situación de dictadura durísima, la acción de EE. UU. e Israel no lo justifica. ¿Alguien se ha creído que lo están haciendo por liberar al pueblo iraní? Seguro que no; cualquier acción del emperador tiene una motivación económica y de poderío político. La del “invasor” es machacar a su enemigo histórico y, de paso, buscar la excusa de Hezbolá para atacar el Líbano e intentar quedarse con alguna parte de ese país que en su día era un paraíso. Irán, según dicen los especialistas, posee la tercera mayor reserva de petróleo del mundo; solo tienen por delante a Arabia Saudí y Venezuela. Controlar el petróleo es uno de sus objetivos, no es el único. Otra de sus aspiraciones es el poder: el mundo debe reconocerlo como el más poderoso del mundo. Es la guerra de Trump contra el mundo; se cree el héroe, que no lo es, pero lo que sí hay son víctimas.
No hay que olvidar la industria armamentística de Estados Unidos, que, por cierto, siempre ha donado importantes cantidades de dinero a las campañas de Trump, lo mismo que la industria petrolera. Estos empresarios no dan nada porque sí; esperan la contrapartida correspondiente. ¿Se está dando ahora? Visto lo que está ocurriendo, no hay dudas de que es así.
Trump, en su discurso de la nación, trató de vender un país idílico, pero la realidad no es así, lo que se puede interpretar también como una salida política y económica que se convierte en una necesidad constitutiva de la gestión de la economía. Y es que el presidente tiene en cuenta que dentro de pocos meses tiene sobre su cabeza las elecciones de mitad de mandato, en las que una posible derrota sería, de verdad, una verdadera pesadilla. Quizás por ello le era urgente encontrar una distracción, y nada mejor que “una buena guerra”, esa que vende llevar a los pueblos “la democracia”. Y esa buena acción es una solución para conseguir la unidad nacional del líder en el poder. Eso es lo que está buscando también.
La guerra en Irán, con las amenazas de Trump de llevar a las tropas dentro del territorio, no va a traer buenas consecuencias para la población, siempre la más afectada. Mientras el nuevo mandatario, eso del sacrificio que puede significar que las tropas norteamericanas le hagan lo mismo que a su padre, parece no importarle mucho. Lo que sí se está dando ya es la fractura de la sociedad iraní: los partidarios del régimen y los que aspiran a la libertad con un cambio de régimen. Porque desde el año 1979, la diáspora iraní, ocurrida en sucesivas oleadas, cuenta con unos 7 millones de personas que han huido de la represión. Una cifra muy importante.
Decía John Fitzgerald Kennedy que “El hombre tiene que establecer un final para la guerra. Si no, esta establecerá un fin para la humanidad”.
Escribe tu comentario