Meditación a orillas del lago Wannsee
En uno de los rincones más recoletos y agradables de la periferia berlinesa se planificó en 1942 uno de los mayores genocidios de la historia de la Humanidad
Un tibio sol de primavera favorece el disfrute de la mañana del Viernes Santo en el barrio de Wannsee. Se halla situado al sudeste de la ciudad de Berlín y su trama urbana está constituida por un amplio abanico de chalets de lujo que se han ido construyendo cabe el citado espejo de agua a lo largo de los últimos cien años. Dispone de playa con zona propicia para el nudismo y el Strandbad Wannsee es un uno de los centros deportivos de aguas interiores más grandes del todo el continente. Ni que decir tiene que condiciones tan favorables han hecho de este lugar un excelente escenario para el descanso vacacional de gente principal desde los tiempos de la república de Weimar con el aliciente, ciertamente milagroso, de que su situación excéntrica le protegió durante la última guerra mundial de las consecuencias de los inclementes bombardeos aliados.
Pero hay un dato más, en este caso inquietante, y es el de que en uno de los hotelitos construidos en tan idílico paraje se programó con eficacia germánica el mayor genocidio reciente de la historia de la humanidad. Se le conoce ahora mismo como la “casa de la conferencia” y fue construida entre 1914 y 1915 como Villa Marlier por el industrial de dicho apellido sobre planos del arquitecto Paul O. Baumgarten. Pasó más tarde a ser propiedad de Friedrich Minoux quien en 1940 la vendió a su vez a las SS, siendo utilizada a partir de entonces como alojamiento de visitantes oficiales y agentes de policía extranjeros. Finalizado el conflicto se habilitó como residencia de oficiales aliados, primero soviéticos y luego estadounidenses, para ser adquirida en 1947 por el Ayuntamiento de Berlín quien la cedió al Partido Social Demócrata. Por poco tiempo, porque a partir del verano de 1952 y hasta 1988 se utilizó como casa de colonias para los niños del distrito urbano de Neukölln. Por fin y en 1992 se convirtió en “lugar de memoria” con el fin de explicar qué es exactamente lo que ocurrió en su comedor el 20 de enero de 1942.
Retrocedamos en el tiempo y recordemos que el régimen nazi, profundamente racista, había hecho de diversos colectivos objeto de persecución y liquidación. Tales los discapacitados, los enemigos políticos del régimen, los homosexuales, los gitanos, los polacos -tras la invasión de 1939- y, muy principalmente, los judíos. En el momento en que tuvo lugar la citada reunión los nazis ya habían iniciado su política de exterminio que se extendió, además de a los citados colectivos, también a los polacos que residían en los territorios ocupados por el Reich. Pero había que resolver lo que denominaron “solución final”, es decir, la liquidación total de la población judía. El mariscal Hermann Göring, comisario del Plan Cuatrienal, se lo encargó a Reinhard Heydrich, jefe de la Policía de Seguridad y del SD y de la Oficina Central de Seguridad del Reich, quien decidió establecer las pautas de tan gigantesca operación en el transcurso de una conferencia a la que convocó a representantes de todos los organismos implicados en dicha tarea. Y así citó para la indicada fecha a catorce representantes de los Ministerios del Interior, Relaciones Exteriores, Justicia y Territorios Ocupados del Este, la Cancillería del Reich, la Oficina del partido nazi y el Gobierno general de Polonia. Uno de ellos, Adolf Eichmann jefe de la subsección IV B/ 4 de Asuntos Judíos/Desahucios, de la Oficina Central de Seguridad, famoso por el rapto a que fue sometido durante su ocultamiento posterior en Argentina donde fue descubierto por la inteligencia israelí, secuestrado y trasladado a Tel Aviv, donde fue juzgado y condenado a muerte dos décadas más tarde.
Tal como expresó el acta de la reunión “actualmente, con la previa autorización del Führer, la evacuación de los judíos hacia el Este reemplaza la emigración como posible solución adicional… Durante la solución final, se deberá conducir a los judíos al servicio de trabajo en el Este. En grandes columnas de trabajo, separados por sexos, los judíos capaces de trabajar serán conducidos a estas zonas para que carreteras; no hay duda alguna de que se perderá a una gran proporción como consecuencia de una reducción natural. Los que queden necesitarán un tratamiento adecuado, porque sin duda alguna representarán la parte más resistente”. A dicho documento se incorporó una nota estadística sobre la población judía europea que daba una cifra redonda de unos once millones (y en la que, curiosamente, se incluían también a los residentes en países neutrales y a salvo de los nazis, como España, Portugal, Suiza o Irlanda) Con un dato relevante que el lector habrá sin duda advertido: el documento no mencionaba explícitamente el exterminio, sino que lo describía de forma elusiva y burocrática, aunque, eso sí, adjudicando a cada organismo el aérea concreta que había de corresponderle en la ejecución de ese objetivo.
El caso más sobresaliente es que, terminada la guerra, derrotada Alemania y desaparecido el régimen nazi, la mayoría de los participantes en esta infame planificación salieron de rositas con leves condenas, por lo que pudieron morir en libertad. No fue el caso de Heydrich, ejecutado por la resistencia checoslovaca en Praga, o el ya mencionado de Eichmann, pero el resto de los pocos condenados a muerte lo fueron por delitos ajenos a su implicación en el genocidio, tal cual Eberhard Schöngarth, comandante de policía, al que se acusó del asesinato de un piloto aliado o Josweph Bülker, gobernador adjunto de Polonia, por crímenes contra la humanidad en Polonia.
Hay que añadir que “las informaciones que llegan de los territorios anexionados (por Alemania) están a la vista de todos. Aún así, muchos miran hacia otro lado. Otros delatan a los judíos que se han escondido. En los últimos meses de la guerra, algunos incluso participan en las matanzas en su región. Si bien no todos los alemanes no judíos comparten los objetivos asesinos del régimen nazi, muy pocos se oponen a ellos u ofrecen ayuda a los perseguidos” (“La reunión de Wannsee y el exterminio de los judíos europeos”, Berlín, 2023)
Ochenta años después todavía resuenan los ecos de aquella “reunión de trabajo seguida de desayuno” que planificó el asesinato de millones de seres humanos con la complicidad mayoritaria de la sociedad alemana de su tiempo. Lo evoco mientras paseo desde el jardín de aquel encantador palacete junto a las aguas del Wannsee y pienso lo poco que ha cambiado el género humano cuando hemos sido capaces de contemplar cómo ochenta años después hemos podido asistir a un nuevo exterminio, en este caso realizado por nietos o bisnietos de aquellos que padecieron el programado en este lugar por los nazis. Nihil novum sub sole.
Escrito en Viernes Santo, fecha en la que el mundo creyente recuerda la muerte del judío más famoso e influyente de la historia.
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