La Venezuela bolivariana: del progresismo al liberalismo mutante

Alex Fergusson
Ecólogo. Negociador. Profesor-Investigador. Universidad Central de Venezuela. Columnista del diario El Nacional.

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Venezuela @ep

 

Con la llegada de Hugo Chávez a la Presidencia de la República en 1999, producto de una profunda crisis que se incubaba en Venezuela desde la década de los años 70 y que estalla a partir de los 80, se inaugura la llamada “Revolución Bolivariana”.

 

Se reabrieron así, varios debates en lo que respecta al rol de las izquierdas y las posibles vías para una transformación social de carácter progresista y revolucionaria.

 

Esa crisis iba a revelar el agotamiento del modelo petrolero tal y como lo conocimos, e inauguraba un período de gran inestabilidad política y desequilibrios económicos que, con fluctuaciones y grados de severidad variables, se ha mantenido hasta la actualidad. 

 

Desde entonces, mucha agua ha corrido. 

 

Terminada la segunda década del siglo XXI, Venezuela se encuentra en medio de una larga y profunda crisis, sin precedentes no sólo para el país, sino para América Latina y el Caribe, lo que además ocurre en un contexto regional y global de recesión económica que revela el crecimiento de fuerzas y tendencias políticas sumamente regresivas en su condición prodemocrática.

 

En este marco, algunas de las líneas de debate que previamente ocuparon buena parte de la atención –como la ‘transición al Socialismo’ y la materialización de la ‘democracia participativa y protagónica’–han sido desplazadas o desestimadas, mientras que otras se mantienen. 

 

Lamentablemente estas discusiones han estado profundamente marcadas y sesgadas por la lógica de la polarización gobierno-oposición, por narrativas absolutas amigo/enemigo, o por una extrema crispación, que han simplificado sobremanera los análisis, empobreciendo las interpretaciones alternas. 

 

A su vez, están también muy presentes las interpretaciones analíticas en clave binaria –como la de progresismo vs. democracia neoliberal– que son insuficientes y no logran dar cuenta de las conformaciones híbridas, los cruces de fronteras entre estos ámbitos, los cambios cualitativos que se producen en su seno, y que han sido determinantes en el desarrollo de la crisis actual. 

 

El caso venezolano, es una clara muestra del fin del ciclo progresista, en el cual se fue configurando un cambio de régimen sin cambio de gobierno –lo que podríamos denominar la metamorfosis del chavismo–, a través de un gradual, pero creciente proceso de neoliberalización económica y de derechización política interna. 

 

Esto nos ha dejado ante un nuevo terreno sumamente problemático para las izquierdas, y ante nuevos escenarios para la instalación de una política económica basada en el extractivismo de los recursos naturales, la corrupción y los negocios ilegales o sub legales, con formatos no vistos anteriormente, en vista de su brutalidad destructiva y su enorme impacto social.

 

El período 2009-2013 representó una fase de estancamiento y constituyó el anuncio del caos económico, social, político y cultural que hoy sufrimos. En esta ya se evidenciaban dinámicas de desgaste del poder constituido, y de crecimiento de la desmovilización social prodemocrática con relación a períodos anteriores. 

 

La muerte de Chávez en 2012 generó el cisma que desencadenó el inicio de la actual etapa convulsa y crítica, y el comienzo de una crisis, que lejos de ser sólo económica, tiene una condición multi-dimensional, la cual ha generado el colapso de todos los ámbitos de una nación que había sido construida en torno al petróleo en los últimos 100 años.

 

Todo este proceso de colapso económico del modelo rentista petrolero ocurre en realidad en profunda articulación con la nueva fase del conflicto político que también se abre en el país, con un mapa de actores muy volátil y fragmentado, que va más allá de la dicotomía gobierno / oposición.

 

También se produjo el desmoronamiento de los canales democráticos institucionales de gestión política, y el pueblo quedó relegado a un segundo plano en las prioridades.

 

Pero más aún, y muy importante, representó una metamorfosis política radical por medio de la cual el régimen abandonó el pensamiento “progresista”, legado de Chávez, e instaló una versión “mutante” del neoliberalismo. 

 

Esta inédita “mutación neoliberal” se caracterizó por una complejización de los sistemas y clases sociales, que condujo al surgimiento de nuevas burguesías basadas en la corrupción y también de nuevas derechas (los boliburgueses), a lo cual se sumó la financiación proselitista de las clases populares; el robustecimiento de las economías informales y el crecimiento distorsionado de los metabolismos sociales.

 

Hubo también un proceso de expansión, caotización, vulnerabilidad e insustentabilidad de las ciudades; un énfasis en las políticas extractivas, con el incremento de explotaciones de recursos no convencionales; la expansión y sofisticación de bandas, grupos delincuenciales y paramilitares, con mayor presencia y control de territorios y el uso de la represión y la violencia como armas políticas.

 

En consecuencia, los marcos jurídicos, las estructuras de gobierno formales, los criterios de operación, las tecnologías, las prácticas y los procedimientos de poder, así como el conjunto de mecanismos de organización socio-económica, fueron radicalmente transformados para configurar un entorno favorable al proceso de acumulación de capital extractivista, la corrupción y el asalto descarado al erario público.

 

Así pues, la gran crisis venezolana generó profundas transformaciones en la sociedad, al tiempo que produjo reacomodos y reajustes en las relaciones de dominación, de reestructuraciones en los regímenes de apropiación de la naturaleza, y de acumulación de capital y distribución de los excedentes, orientados en gran parte por los grupos de interés en disputa, que hoy conforman el gobierno. 

 

En este sentido, la situación actual del “proceso bolivariano” no sólo refleja el fin del progresismo de Chávez sino sus sustitución por una novedosa mutación del neoliberalismo, la cual, visto como están las cosas, podría convertirse en “un salto al vacío”.

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