​Los niños de un mundo digital

Pablo Rodríguez Canfranc
Economista

Ordenadoresescuela


El estudio Estado Anual de la Infancia de UNICEF lleva en su edición 2017 el subtítulo 'Los niños en un mundo digital' y dedica sus páginas a analizar cómo transforma la tecnología la vida de la infancia del mundo. El director ejecutivo del organismo Anthony Lake expone en la introducción del trabajo una visión dual del mundo digital, en la que puede presentarse como un regalo que nos permite comunicarnos globalmente y aprender, o bien como una maldición que va a socavar nuestra forma de vida y nuestro bienestar.


Para Lake, Internet amplifica lo mejor y lo peor de la naturaleza humana y puede usarse tanto como herramienta para hacer el bien como para hacer el mal. En sus palabras, “nuestro trabajo consiste en mitigar los daños y expandir las oportunidades que posibilita la tecnología digital”.


El primero de los mensajes clave que lanza este trabajo es que la tecnología digital ha cambiado el mundo y, en consecuencia, también ha cambiado a la infancia. 


Hay datos que avalan el elevado grado de “digitalización” de los jóvenes, como que el 71% de las personas de entre 15 y 24 años del mundo está en red frente al 48% del total de la población. La edad para conectarse a Internet parece estar bajando y hay países donde los menores de 15 años ya acceden a la red tanto como los adultos mayores de 25.


Una de las conclusiones más positivas del informe es que la conectividad puede ser una herramienta para romper el ciclo de la pobreza de la infancia más marginada, ofreciendo además oportunidades para la educación y el aprendizaje. Además, el acceso a la información pone en manos de los niños recursos para ayudar a resolver los problemas que afectan a sus comunidades.


No obstante, existe una importante brecha digital que impide a millones de niños del mundo beneficiarse de las ventajas de un planeta conectado, en concreto, en torno al 30% de la juventud mundial. 


Las diferencias por regiones son acusadas: en África la cifra asciende hasta el 60% frente al escaso 4% de Europa. A la brecha de acceso a las redes se le suman otras, como la de dispositivo de acceso (acceder desde un teléfono móvil proporciona una experiencia más pobre que hacerlo desde un ordenador), el idioma (hay menos contenidos en Internet en idiomas minoritarios o poco extendidos) y, por supuesto, el género, que hace que en países como India menos de la tercera parte de los internautas son mujeres.


Uno de los principales riesgos de la tecnología para la infancia es que hace a los niños más vulnerables, les pone en una situación potencial de riesgo de explotación y maltrato. Temas como el ciberacoso, la pederastia y el abuso sexual están presentes en las redes y requieren que se proteja a los menores, especialmente a aquellos más desfavorecidos, que pueden tener menos información sobre los riesgos de la navegación por Internet.


Otra preocupación que aflora en el informe es la posibilidad de que las TIC tengan efectos negativos en la salud física y mental de los menores. 


A falta de una investigación más en profundidad, padres y educadores identifican riesgos en la tecnología relacionados con la dependencia de las pantallas, la depresión, la ansiedad o la obesidad. No obstante, la cuestión es medir, no tanto cuánto tiempo están los niños online, sino qué hacen en las redes, de cara a poder establecer una posible relación entre Internet y determinados problemas de salud mental.


La responsabilidad de definir el impacto de la tecnología en la infancia corresponde en última instancia a la empresa privada, especialmente a la de los sectores tecnológicos. Son los agentes que deben adoptar acuerdos sectoriales y estándares éticos destinados a proteger a los niños en las redes. El sector privado debería igualmente asegurarse de que sus servicios y plataformas no son utilizados por personas que puedan abusar directa indirectamente de los menores. Asimismo, debería aliarse con los socios relevantes de cara a desarrollar contenidos útiles, localmente significativos, para comunidades que tengan culturas o idiomas poco extendidos en Internet.


Para los autores del informe, el papel de los gobiernos es garantizar las condiciones de competencia en el mercado de forma que los costes de acceso a Internet desciendan, beneficiando así a los hijos de las familias más desfavorecidas.

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