El Mundial de fútbol y la República catalana

Genís Carrasco
Médico y escritor

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Hay noticias que pasan desapercibidas a pesar de su interés, al menos, sociológico. Este es el caso de las recientes declaraciones del presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijóo. Interrogado por los periodistas sobre si optaría a presidir el Partido Popular español respondió que aún no lo había decidido y que "ahora lo más importante era que España hiciera un buen Mundial".


Lo que sorprende no son las declaraciones, en sí mismas más cortina de humo y maniobra de distracción que otra cosa, si no la falta casi absoluta de protesta a los medios de comunicación y las redes sociales contra unas declaraciones tan frívolas. Si lo pensamos bien, resulta tan escandaloso como alarmante que se acepten de un dirigente político unos argumentos tan insustanciales, banales, triviales y pedestres. No olvidemos que se trata de uno de los caudillos del partido político que ha promovido la corrupción más obscena, dinamitado los derechos civiles y judicializado un problema político generando alarma social por siete millones y medio de catalanes y, por más de dos millones, a más la carga ignominiosa de nueve presos políticos y de siete personas inocentes exiliadas para cumplir un mandato democrático.


En tiempos tan embrollados, la utilización de argumentos futbolísticos para ocultar los grandes problemas del país, merece, cuando menos, un análisis crítico. Especialmente en un momento en que se está desarrollando el evento futbolístico más importante del planeta: el Mundial de Rusia 2018.


En este sentido, me gustaría aportar mis reflexiones sobre la relación entre el Mundial de fútbol y la República catalana y por tanto entre fútbol y política. Para llevarlo a cabo, primero haré una aclaración sobre mi perspectiva de análisis, seguiré intentando desmontar tres mitos y leyendas sobre fútbol y política, para acabar haciendo un ruego a mis conciudadanos.


REPUBLICANO


Primero, atendiendo al necesario fair play, debo clarificar la perspectiva personal desde la que se aborda esta crítica. Una perspectiva necesariamente subjetiva y obviamente discutible: mi. La visión de un ciudadano activo con sangre culé y corazón catalán. Un catalán - con los cuatro abuelos de fuera-, legítimamente republicano que aspira a una República catalana solidaria y avanzada hermanada con una República española moderna, democrática y fraternal. Un nuevo republicano forzado a serlo por dignidad y autoestima. Un catalán que ama solidariamente los españoles como los hermanos que son también sufridores de las prostituciones de algunos "personajillos" incorregibles de esta piel de toro.


Desde esta perspectiva tolerante e integradora, todo mi respeto y consideración por mis conciudadanos que, contrariamente, aspiran a una España unida o federada. Faltaría más. Creo que mis reflexiones son transversales y pueden ser compartidas por todos.


El primer mito que hay que desmontar es el viejo anacronismo de que el fútbol es "el opio del pueblo". Es una falacia. El fútbol no ha sustituido a la religión por "narcotizar" el pueblo como afirmaba Karl Marx. Ni mucho menos. Si hay algún actor social sospechoso de manipular, enajenar y desmovilizar a los ciudadanos son algunos medios de comunicación empeñados en desinformar y difundir fake news y trolls. Pero cualquiera que sea la esencia del fútbol -deporte, espectáculo o negocio-, lo cierto es que lo es de la mitad del pueblo dado que las encuestas demuestran que el interés por este deporte abarca al 48% de los ciudadanos. Además, es una afición transversal que comparten muchas personas, sea cual sea su profesión, su clase social, o incluso de su ideología (sea independentista, unionista o equidistante).


La importancia social del fútbol es incuestionable. Y no olvidemos que puede ser no es más que un gran negocio, pero es un negocio que sigue aportando numerosos ejemplos de humanidad, dignidad y solidaridad.


En consecuencia, todo mi afecto y consideración, como no podría ser de otro modo, por los millones de ciudadanos que disfrutan con el fútbol como lo que es, un esparcimiento. No seré yo quien esté contra el hecho de poner pantallas en Barcelona para ver los partidos de la "Roja". Faltaría más. La sociedad catalana se inclusiva, tolerante y diversa y si hay ciudadanos que quieren verla se lo debemos facilitar (unos mil quinientos en una ciudad de casi dos millones). Ojalá le vaya muy bien deportivamente la selección española para regocijo de algunos de mis conciudadanos. Pero pensamos bien, el fútbol no es más ni menos que un espectáculo, una legitima diversión que nunca debe utilizarse como maniobra de distracción política. Los ciudadanos no debemos caer en esta trampa.


POLÍTICA


Una segunda leyenda es la de que "fútbol es fútbol". Cuando Johan Cruyff pronunció su mítica sentencia sabía que expresaba más un deseo que la realidad. La influencia que la política ejerce sobre el fútbol es innegable. Y lo hace desde tiempos históricos tal como lo demuestra la hemeroteca. Citaré tres eventos a modo de ejemplo.


El primero fue el cierre del Nou Camp en 1925 por orden del general Joaquín Milans del Bosch -gobernador militar de Catalunya- después de que 14.000 personas silbasen el himno español. Aquella salvaje represión terminó luctuosament con el exilio y posterior suicidio de Joan Gamper. Fue la primera vez que el gobierno central se creyó la tontería de que a palos se podían arreglar las convulsiones independentistas en Catalunya. Y no han aprendido.


El segundo fue la sacralización del concepto franquista "de la unidad inquebrantable de la patria" cuando la selección nacional se impuso a Rusia en la Eurocopa de 1964. Entonces, el fútbol sirvió de analgésico nacional y de representación plena de una imaginaria identidad española. Identidad que aportaba el concepto de unidad de España calificándola de "sagrada". Incluso puedo entender que para algunos sea justificada, conveniente, deseada, necesaria ... pero no sagrada. Y no pensamos en esta manipulación burda como algo lejano.


Hoy en día las victorias de la selección española y la de muchos otros países siguen haciéndose servir de contrapunto optimista a la crisis económica, política y social en el que se sumerge el mundo. Gloria barata, de cartón piedra, de decorado y de tramoya.


El tercer evento es reciente. Casi un siglo después del cierre del campo de las Cortes, el día del referéndum del 1O, el partido entre el Barça y Las Palmas en el Camp Nou se jugó a puerta cerrada. Ese día parafraseando a Johan "el fútbol no fue fútbol". Y tampoco lo es cuando el Nou Camp sigue llenándose de estrelladas y gritos de independencia y República catalana que estallan en el minuto 17:14 de todos los partidos.


El tercer y último mito es la manida frase de que al pueblo le gusta el fútbol porque sólo le interesa el "pan y circo". Esta frase se atribuye al poeta Juvenal en Roma, 100 años AC, que quería mostrar su desprecio por sus conciudadanos que no se interesaban nada en la política imperial. Juvenal afirmaba que el pueblo sólo deseaba dos cosas: pan y circo (roben et circenses) y que si se les daba obtendría su aprobación y su voto. Afortunadamente, los ciudadanos han cambiado mucho en estos 22 siglos y ahora se interesan mayoritariamente las carencias en educación, pensiones, servicios sanitarios, transporte, seguridad y derechos civiles. Así lo demostraron la participación de más de dos millones y medio de personas en el referéndum del 1-O y la tasa de participación en las elecciones del 21-D que alcanzó el 85,9%.


CIUDADANOS


Está claro que a un pueblo, sea cual sea, que se siente amenazado, azotado y reprimido por la situación política, ésta le interesa mucho y mucho. El deporte, intrínsecamente, no ajena. No haré aquí una teoría de la alienación, pero la hipótesis de la manipulación popular mediante el deporte es siempre de la derecha más rancia que ve la masa de ciudadanos como manipulables porque son pobres de espíritu y víctimas del clientelismo. Por lo tanto, se basan en una falsedad profundamente antidemocrática: los electores o votantes son un rebaño de ovejas. Falso: la realidad demuestra que los ciudadanos son demasiado inteligentes para ser enajenados o manipulados. Y la mayoría de la sociedad catalana tiene claro que el fútbol debe servir como verdadero recreo de los ciudadanos pero nunca para olvidar la abrumadora realidad de sus problemas y los de su país.


Pese a lo que quieren los que sostienen el falso tópico de que el fútbol y política no deben mezclarse, lo cierto es que no se pueden separar. Sencillamente, porque comparten muchos elementos comunes. Los partidos no se juegan, como predican algunos, dentro de una burbuja protectora. El binomio "política-deporte" no tiene una frontera clara si se considera el deporte de forma global, con todos los elementos -d'índole social, cultural o económica- que lo rodean y lo condicionan. Y con la política pasa lo mismo. "Todo es política" decía el filósofo Antonio Gramsci.


Todos estos mitos y leyendas sobre fútbol y política son fáciles de derribar y no ocultan el hecho de que son dos fenómenos más parecidos de lo que se podría pensar. Sin embargo el Mundial de fútbol se parece mucho a la República catalana. Ambos son una hermosa página en blanco que entre todos debemos llenar con pensamientos y sentimientos. Implican un trabajo colectivo donde sólo sobran los violentos y que, ojalá, seamos capaces de llenar sin que nadie se sienta vencedor ni vencido. Mundial y República se nutren de la ilusión y creatividad colectiva y son realidades a la espera, palabra que tiene la misma raíz que esperanza.


La victoria de un equipo de fútbol difícilmente servirá para que cambie lo que está mal en nuestro país. El fútbol como espectáculo hegemónico corre el riesgo de servir para ocultar los grandes problemas del país. No debemos aceptar, el fútbol no debe ser nunca el opio del pueblo. Este país tiene problemas mucho más importantes que el fútbol; al final sólo es una fiesta y un esparcimiento. Nada más. Ni nada menos.


Gane quien gane el Mundial de fútbol de este año seguiremos teniendo una deuda pública del 98,8% del PIB, una tasa de paro juvenil del 33,6%, un índice de corrupción de 57 puntos, un índice de pobreza infantil del 26 % y la certeza de que muchos creen que hay que democratizar más España mientras que otros creemos que sólo la República catalana y la República española nos traerán un mundo mejor y más justo.

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