​Los héroes anónimos del 17A

Genís Carrasco
Médico y escritor

Atentado barcelona ramblas


Al cumplirse un año del bárbaro atentado yihadista del 17 de agosto de 2017 en Barcelona y Cambrils, vuelven a la memoria algunas reflexiones que me gustaría compartir con los lectores. Son recuerdos de vivencias sobre el doloroso contraste entre el salvajismo y la irracionalidad del terrorismo frente al heroísmo anónimo de la ciudadanía.


Aquella tarde de agosto me encontraba de vuelta de las vacaciones estivales. El mundo volvió a desmoronarse ante mí, el universo se desquebrajó otra vez dejando manar una niebla de inseguridad y terror al recibir el impacto televisivo de la imagen de una furgoneta blanca atropellando indiscriminadamente a los pacíficos peatones que paseaban por la acera central de las Ramblas, el mismo lugar por el que yo mismo había deambulado cuatro horas antes. Me desplacé hasta allí y pude contemplar un espectáculo dantesco: cuerpos sin vida yacientes en la acera, el rastro de destrucción en los quioscos de las Ramblas, un silencio inquietante y el olor a sangre y a sudor que impregnaba el ambiente. Aquel olor me devolvió al 19 de junio de 1987 cuando yo era un joven médico reclutado para atender a las víctimas de Hipercor.


Casi todo ha cambiado en nuestra sociedad en los 30 años que separan ambos atentados. No obstante, más allá del shock ante la violencia indiscriminada recordé escenas similares en ambos ataques: ciudadanos desconocidos dando consuelo a los heridos, llorando junto a las víctimas, acomodando a los heridos a la espera de los servicios médicos y multitud de otras pequeñas historias anónimas repletas de solidaridad y heroísmo altruista que me enorgullecieron y siempre me enorgullecerán como barcelonés y catalán. 


La entrega valiente y generosa, que también pudimos ver en Madrid durante el 11M, de unos ciudadanos transformados en involuntarios héroes fue la constante tanto en el atentado del Hipercor como en el de las Ramblas y Cambrils.


Obviamente, las precarias condiciones organizativas en las que se llevó a cabo el rescate de los damnificados del Hipercor han mejorado sustancialmente durante la atención a las víctimas del 17A (numerónimo con el que se conoce el acto terrorista del 17 de Agosto de 2017).


En 1987, carecíamos de servicios de emergencias verdaderamente profesionales con la única excepción del Cuerpo de Bomberos barcelonés que tuvo una actuación ejemplar. Recuerdo como los serenos consejos de aquellos profesionales alejaron el miedo que sentía mientras me ponían una máscara de oxígeno y me envolvían con una chaqueta ignífuga. Dos bomberos me escoltaron al interior del aparcamiento del Hipercor. Entre nubes de humo y un calor asfixiante entramos en el infierno. No recuerdo los nombres de aquellos dos heroicos bomberos pero gracias a ellos pudimos rescatar varias personas quemadas y asfixiadas que reanimamos en plena calle, al pie de las ambulancias. También recuerdo a otros héroes desconocidos como un ciudadano vestido con traje y corbata totalmente ennegrecidos por el humo que ayudó a escapar a varias personas y a un joven trabajador del centro que, en un derroche de valentía y serenidad, sirvió de guía para la evacuación de diversos grupos de clientes magullados y aterrorizados. Valentía y abnegación entre el terror y el caos.


El 17A, la actuación de la Guardia Urbana, los Mossos d’Esquadra y los técnicos del SEM fue mucho más coordinada y seguramente más efectiva. Los protocolos funcionaron. No obstante, se repitieron las mismas historias generosas de otros héroes anónimos: un enfermero que volvía de la playa acomodando y dando consuelo a los lesionados, un taxista trasladando altruistamente a sus domicilios a personas mayores desorientadas, los bares abiertos para que se refugiaran los transeúntes mientras los Mossos d’Esquadra perseguían a los terroristas y un sin fin de pequeñas historias solidarias que engrandecen a cualquier sociedad. Valentía, entrega y valores cívicos ante el terror indiscriminado.


Pero la grandeza de un pueblo no sólo se demuestra ante el fragor de las llamas y el lamento de los heridos sino que siempre pervive en el tiempo. En 1987, días después del ataque acompañé a una multitud de conciudadanos que se manifestaban en solidaridad a las víctimas y en contra el salvajismo de ETA. Treinta años después, pasadas unas horas del atentado me fue imposible dar sangre porque los servicios hospitalarios habían cuadruplicado las extracciones y no podían aceptar más donaciones. Al día siguiente, acudí a las Ramblas para depositar unas flores y me encontré con una multitud de personas con los ojos humedecidos alrededor de enorme isla que contenía más de 8000 objetos que los barceloneses habían ofrecido generosamente en recuerdo de las víctimas.


No cabe duda que una sociedad capaz de tanta solidaridad y civismo demuestra ser una sociedad tolerante, dinámica, fraternal y generosa. 


Valores cívicos y sociales consolidados que contrastan con la penosa actuación de muchos de nuestros políticos que siguen sometiendo a las víctimas y a sus familias a un luctuoso olvido ajeno a gritos, llantos y sirenas.


Solo así se explica que 30 años después medio centenar de víctimas de Hipercor aún no hayan recibido indemnización ni ayuda efectiva del Estado y que los damnificados de las Ramblas y Cambrils vayan por el mismo camino. Solo así se explica que los otros héroes del 17A —en este caso héroes públicos— como el Major Josep Lluís Trapero y el ex conseller Quim Forn, artífices del desmantelamiento del comando yihadista, estén encausados o en prisión. ¿Qué se puede esperar de una clase política que no se avergüenza ante el olvido de las víctimas y que persigue a personas integras y decentes que evitaron que el terrorismo yihadista incendiara el país?


Georg Lichtenberg afirmaba que cuando los que mandan pierden la vergüenza, los que obedecen, pierden el respeto. 


No es de extrañar la decepción y menosprecio de muchos ciudadanos hacia la clase política. Pero no debemos tolerar pasivamente este estado de cosas: rindamos un silencioso, respetuoso y justo homenaje a las víctimas, familiares y héroes anónimos y públicos antes de gritar airados contra los políticos que no han sabido estar a la altura de los altos valores cívicos de nuestra sociedad.


Barcelona debe mostrarse como Ciudad de Paz en una conmemoración austera, sencilla, cívica y sin discursos políticos vacíos. Un acto al que todos —sin excepción— estén invitados para homenajear a los auténticos protagonistas del 17A.



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