Cambio horario

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Relojes


Cada año ocurre el mismo misterio: un día de octubre amanecemos con una hora más en el bolsillo y otro de marzo desaparece sin saber cómo. Son madrugadas inciertas en las que, sin darnos cuenta, algo insólito pasa entre las dos y las tres. No somos conscientes de lo que va a pasar hasta que, el día anterior, anuncian el cambio horario en las noticias. Lo confieso, a mi edad aún soy incapaz de explicarme (no digamos, de explicar a otros) lo que ocurrirá la mañana siguiente, si amanecerá antes o después, si habremos dormido más o menos. Necesito escuchar en el informativo la lección para párvulos, siempre la misma,y observar con suma atención el dibujo en el que un reloj adelanta o atrasa sus manecillas según la época y el gráfico del sol con su amanecer y atardecer correspondientes. Una vez pasado el día D olvido la dichosa explicación.


Pues bien, parece que esa pequeña inquietud temporal se va a acabar. Así lo han dicho el 84% de los casi cinco millones de personas, la mayoría alemanes, que han respondido a la encuesta de la Unión Europea sobre si debe permanecer o no el cambio horario impuesto a principios de los setenta con el argumento del ahorro energético. Ahora nos hacen saber que dicho ahorro es insignificante, que nos habíamos creído a pies juntillas esa milonga, ese mito urbano, como el de que hay que apresurarse a beber el zumo de naranja antes de que se escape la preciada vitamina C.


Lo siguiente será poner en marcha los trámites parlamentarios y jurídicos correspondientes para modificar la norma sobre el cambio horario. 


La nueva legislación, si es que se aprueba, no llegaría a tiempo de conjurar el misterio de las horas el próximo octubre pero, con toda probabilidad, sí el próximo marzo. 


De este modo se acabará con el sindiós de las madrugadas inciertas y podremos dormir sabiendo con certeza que mañana tendrá, como ayer, 24 horas exactas.


A continuación, corresponderá a cada país decidir si prefieren quedarse con el horario de verano o el de invierno. Si no lo he entendido mal, en el primero amanece y anochece más tarde y en el segundo lo hace más pronto. Pero no me hagan mucho caso. Aquí, la Comisión Nacional para la Racionalización de Los Horarios Españoles (AHROE) y, entre otros, la mayoría de los cronólogos (efectivamente, existe tal profesión) defienden el horario de invierno. Profesionales de otros sectores, como el del turismo y la hostelería, están más por el de verano. Por su parte, el gobierno quiere crear una comisión de expertos para que le ilumine sobre la mejor solución a tamaño dilema.


Como ya he dicho, esto escapa a mi entendimiento, no puedo decantarme por ninguna de las opciones, no sé si es mejor quedarnos atrapados en el horario invernal o el estival. Por tanto, que decidan los que saben de esto y que haya suerte. En realidad, me da exactamente igual si hay cambio horario o no, si amanece antes o después, o si nos regimos por el verano o el invierno. Sin embargo, hay dos cuestiones en relación con el tiempo y las costumbres que sí me importan.


La primera es de orden práctico y de salud: no me parece sensato cenar tan tarde como lo hacemos. Los del norte de Europa cenan muy pronto por motivos de luz, pero vecinos mediterráneos como los portugueses o los italianos cenan entre las 20 y las 21 horas. O sea, una hora antes que nosotros. Esa hora de más que añadimos en la cena afecta directamente al sueño y, por tanto, a nuestro rendimiento. Reconozcámoslo, nos acostamos muy tarde y a la mañana siguiente vamos arrastrándonos al colegio o al trabajo. Luego, claro, necesitamos dos horas de descanso a medio día y tomar esa pequeña siesta tan nuestra que nos dará fuerzas para continuar currando hasta tarde y cenar viendo Master Chef a las 22.30. La solución es así de tonta: adelantar una hora el telediario y los consecuentes programas de máxima audiencia.


Esto nos llevará antes a la cama y despertaremos, en horario de invierno o de verano, más despejados. Incluso, no se lo van a creer, sólo necesitaremos parar una hora a medio día y, así, saldremos antes del trabajo para dedicarnos a nuestras cosas.


La segunda es de orden histórico y moral. Dado el actual debate europeo sobre el cambio horario, otro asunto que el gobierno quiere abordar es si nos mantenemos en el huso horario de Berlín o regresamos al que nos corresponde geográficamente junto a Londres. Nuestro absurdo desplazamiento horario hacia oriente se debió al capricho del dictador (en 1942) a quien le caían mejor los alemanes que los ingleses. Digo yo que, aprovechando que Francisco va a ser desalojado de su infame mausoleo (otro de sus caprichitos inaugurado en 1959) no estaría mal que nos marcásemos un dos en uno y volviéramos a Greenwich. Este señor murió hace 43 años y ahí seguimos, con su huso de más y su cruz de 150 metros. Somos un pelín lentos de reacción, igual porque dormimos poco.

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