La crueldad de la infancia

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Niu00f1os jugando


Ayer vi a un niño jugando

a que mataba a otro niño.

Hay niños que se parecen

a los hombres trabajando.

Ay! quién les dirá cuando crezcan

que los hombres no son niños,

que no lo son, que no lo son, que no lo son.


Daniel Viglietti


Un grupo de niños juega. Uno de ellos tiene una lupa. Se dedican a quemar cosas concentrando sobre ellas los rayos convergentes del sol. A uno se le ocurre escribir su nombre por este procedimiento, pero es difícil y aburrido. Se retan a ver quien puede aguantar mas tiempo ese punto punto brillante sobre su mano. Alguien ha encontrado un escarabajo que patalea bocarriba y no se le ocurre otra cosa que aplicarle el procedimiento al abdomen del insecto que comienza a humear. Todos se retiran ante el desagradable olor que despide en el momento que un adulto irrumpe en la escena y exclama: "¿Qué hacéis?" Todos salen corriendo.


Hace ya tiempo que dejamos de pensar en la infancia como un momento idílico donde predomina la ternura y los sentimientos amorosos. La literatura y el cine nos han recordado con frecuencia la existencia del sadismo infantil. Basten dos ejemplos: 'El señor de la moscas' de Golding entre las novelas y la película 'La cinta blanca' de Haneke. Sin embargo, preferimos creer que se trata de situaciones aisladas, raras o patológicas que afecta a un pequeño número de chicos y que a los "nuestros" eso no les ocurre, es lo mismo que no hace mucho tiempo se pensaba de las conductas sexuales infantiles. De esta manera por la vía de la patologización se separan del conjunto de las definidas como "normales" y así todos tranquilos y contentos. Pero, como titulamos nuestro blog, la "normalidad es rara". La llamada normalidad puede contenerlo todo. Otra cosa es la proporción, la persistencia o la fijación en un tipo de comportamiento. Para referirlo a la escena que inicia este artículo no es lo mismo que un día unos chicos jueguen a esta barbaridad, que sea "el juego" de cada día.


Todo esto viene a cuento porque una amiga pregunta por mi punto de vista acerca del 'bullying' y yo me he puesto a pensar en la crueldad del niño.


Tenemos una palabra inglesa puesta en circulación hace poco tiempo que designa el comportamiento de abuso de un niño o un grupo de ellos sobre otro u otros. Los chicos siempre han tenido nombres para estas conductas: abusón, matón, abusananos. Pero parece que si aplicamos un término exótico a cualquier fenómeno adquiere una entidad diferente, como ocurre si le aplicamos una terminología de apariencia científico técnica. Con frecuencia el nombre oculta la cosa, y en este caso la cosa es la agresividad, la violencia, la crueldad de los niños, como algo tan constitutivo de su subjetividad como puede serlo la ternura, la ingenuidad o la fantasía. No pretendo agotar el tema del llamado 'bullying' ni el de la crueldad infantil, aporto algunas ideas que nos ayuden a entenderlos desde una perspectiva amplia, sin distinguir entre edades (niños y adolescentes) o las especificidades que afectan a las diferencias de género, ambos aspectos muy importantes que tal vez desarrolle en otros artículos.


El niño viene al mundo tan indefenso que solo los cuidados y la protección de los padres y otros adultos le permiten vivir. Pero quienes son tan necesarios para él también son tan poderosos como para sentirse amenazado por ellos cuando se enfadan o castigan. Si en la realidad dependen de ellos, en su fantasía pueden representar un peligro para su fragilidad. El niño necesita compensar su sentimiento de debilidad y construye un mundo imaginario donde se representa a si mismo como fuerte y poderoso. La mayoría de sus juegos tienen este fin, mientras juega puede ser un superhéroe, vencer con sus superpoderes a cualquiera que se le oponga. Si el maestro le castiga, puede reconstruir con sus muñecos una clase donde él sea el maestro que castiga a los "niños", seguramente con una crueldad que no se ha empleado con él, porque lo que representa no es la realidad ocurrida sino la fantasías de sus temores y angustias de sentirse pequeño ante la magnitud del adulto.


Hay fotos de la guerra civil en las que se ven niños jugando a fusilar a otros. No era solo la imitación de lo que hacían muchos adultos. Era la manera de conjurar el terror cotidiano de una crueldad social que les superaba. En el juego el niño invierte con su imaginación los papeles:de víctima pasiva, a verdugo activo. Y en ello obtiene un relativo consuelo, pero consuelo al fin y al cabo. Para ello el niño necesita una víctima: su muñeco o un personaje dibujado, si por su edad o por su educación ha sido capaz de construir estos objetos simbólicos a los que aplicar su violencia.


Vivimos en tiempos de paz. No porque no haya guerras, ni porque no las veamos -nos las sirve la televisión en la sobremesa de cada día-, sino porque el ideal de paz y de no violencia se ha internalizado de tal manera que no toleramos las expresiones de agresividad de los chicos.


Queremos, legítimamente, que nuestros hijos sean pacíficos, solidarios, generosos y positivos y nuestros hijos quieren que les amemos por ser pacíficos, solidarios, generosos y positivos. 


Hemos desterrado de las jugueterías pistolas, tanques y soldados. Se han construido idealizaciones reactivas a tanta violencia real que castigamos con nuestra buena voluntad la posibilidad de nuestros hijos de construir en su mente objetos y actividades simbólicas que les permitan manejar y, en definitiva, domesticar sus pulsiones agresivas.


Sin embargo, esa capacidad de simbolización no la pueden tener chicos muy pequeños o mayores si no han sido educados para ella o han vivido experiencias de violencia real tan enormes que las víctimas simbólicas son insuficientes para calmar su violencia interior, necesitan descargarla sobre una víctima real.


La indefensión del niño le hace buscar la posibilidad de sentirse fuerte y poderoso y lo hace de muchas maneras, una es buscando otro menos fuerte o menos capaz que él para ejercer ese dominio que siente que ejercen sobre él. Puede ser el insecto de la escena descrita, puede ser su mascota u otro niño de su entorno que percibe como más frágil física o psíquicamente. Fácilmente se advierte que existe un encadenamiento entre la violencia recibida y la violencia ejercida. No es extraño que estos niños abusones hayan recibido esa violencia que ellos ejercen sobre el más débil. No es que esto se cumpla siempre como una ley matemática, pero está en la lógica de lo que vengo explicando.


Existe una cierta complementariedad entre el matón de patio y su víctima. Chicos tímidos o apocados, inhibidos para la expresión de la agresividad, chicos con algún tipo de dificultad (intelectual ,física o sensorial), niños considerados diferentes por su etnia, su condición sexual, por no seguir algunos cánones particulares de vestimenta, o por dedicarse excesivamente al estudio (empollones) pueden ser elegidos como blanco de burlas, agresiones o humillaciones. Posiblemente ellos se han sentido ante el poder de algún adulto tan desvalidos como perciben a sus víctimas. Por ello es frecuente que estas conductas se ejerzan en grupo: es una de las maneras de sentirse poderosos. Sería materia para muchos artículos como este, incluso para un largo ensayo, conocer cómo se producen estos grupos, qué tipo de liderazgo se establece, qué los unifican. Ahora solo puedo decir algunas ideas dispersas: que a veces en el abuso buscan resarcirse de la humillación de ser los marginados de la clase por sus dificultades de aprendizaje; que el líder con su aparente poder, ejercido con brutalidad, arropa y protege a sus seguidores; que la excusa se encuentra en ideas discriminador aspresentes en la sociedad y en la familia (prejuicios de género o étnicos) o en la aceptación gregaria de objetos banales como valores, por ejemplo: la vestimenta o la marca de un móvil.


En la escena que describía al comienzo aparece un adulto que la interrumpe con una pregunta que es una advertencia: "¿Qué hacéis?" Me parece fundamental la presencia de ese adulto que pregunta y limita. Los niños necesitan construir un mundo interno propio en el que encontrarle un sitio a sus emociones, sensaciones impulsos y experiencias. Ese mundo interno esta constituido con fantasías que funcionan como teorías para entender un mundo demasiado grande y complejo para él. Una parte de este mundo imaginario lo va elaborando mediante el juego en solitario o en compañía de otros como él. Pero el adulto, padre, madre, maestro, es necesario para darle palabras a aquellas cosas para las que el niño no las tiene, o le cuesta tanto tener que le puede desbordar la angustia. Ese adulto que irrumpe en la escena con su pregunta les permite tomar conciencia de algo que no deberían estar haciendo, por eso salen corriendo. Les advierte de que existe un límite a sus actividades investigadoras, que tendrán que darle otro cauce a su curiosidad sobre el dolor, la muerte y el sufrimiento ajeno. En su interrupción también vale la pregunta ¿qué hacéis? ¿por qué hacéis eso? ¿para qué lo necesitáis? ¿para qué os sirve? ¿qué sentimientos y pensamientos os llevan a hacer eso?


Limitar o condenar no tiene que ser antagónico con comprender, y viceversa, comprender no es permitir.


El adulto también esta para cuidar a la víctima. Ha de haber vigilantes que cuiden de los niños en los patios y en sus casas, que sepan por su formación o su experiencia qué actividades sirven para el descubrimiento y el ejercicio de la rivalidad, la agresividad y la defensa, y cuales se ceban repetitivamente en los más débiles. Hay que parar estas últimas pero también hacerse las preguntas que nos acerque a saber por qué están ocurriendo, cuáles son las causas.


Atender al niño víctima del abuso no es solo protegerle, y seguramente lo no es compadecerle en exceso. Muchas veces se le ha de proteger de él mismo, de su tendencia a instalarse en ese papel pasivo y sufriente. Él también necesita elaborar sus sentimientos violentos que no se atreve a ver en si mismo. No es que se merezca el mal trato, que se lo haya ganado, como a veces se dice. Es que está atrapado entre ser el buen niño que le piden que sea y la necesidad de defenderse o de atacar. Y ante esta disyuntiva prefiere el beneficio secundario de la compasión de sí mismo y de los demás. Algunas de estas problemáticas pueden hacerse mas complejas, desbordar los recursos naturales de la institución escolar o la familia y requerir la colaboración de profesionales que ayuden tanto a los niños que abusan como a sus víctimas, a los educadores y a las familias. 

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