miércoles, 8 de julio de 2020

Sin manual de instrucciones

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Tal vez tendría que titular mi artículo “en busca del manual de instrucciones” porque en realidad es lo que hacemos: buscar normas de uso, explicaciones del funcionamiento de cualquier objeto que aparezca por casa, sea una cafetera, una plataforma digital o un gato. Tiene su lógica, la lógica de que todo tiene su “cómo hacerlo” que nos permitirá saber hacer cualquier cosa o resolver cualquier dificultad.  Esto que vale para un gran número de objetos, cuando se trata de objetos tan complejos como el ser humano, pierde su validez, pero esto no impide que sigamos buscando ese libro de instrucciones. Corresponde con la inercia de un pensamiento pragmático que cree encontrar respuestas ad hoc a cualquier pregunta. Soluciones  prefabricadas ante cualquier problema. Esta tendencia que puede ser fácilmente criticada, no lo debe de ser tanto a la vista de los centenares de libros que llenan las estanterías de la sección de auto ayuda de cualquier librería. Fenómeno que se ha multiplicado de manera exponencial con el uso de Internet y sus tutoriales que nos muestran soluciones para todo, desde cómo abrir una botella sin que se rompa el corcho, hasta cómo encontrar sentido a la vida. De hacerles caso la infelicidad se debería a ceguera o a puro analfabetismo. Mas allá de la ingenuidad de sus propósitos, el fenómeno nos muestra la enorme perplejidad del ser humano ante su propia vida y los conflictos del vivir, pero sobre todo la esperanza, la ilusión de que otro -un profesional, un libro- tiene la respuesta a sus incertidumbres.


El mayor número de manuales responden a temas relacionados con la educación de los niños y los conflictos que ellos plantean. Hay consejos para todo: sobre el comer, el dormir, la lactancia, el biberón, el uso del chupete, las dietas, los juguetes, la edad de socialización, el ejercicio físico, la sexualidad, la adolescencia, etc. Desde los mas diversos puntos de vista, mas permisivos o mas autoritarios esotéricos, cientificistas, conductistas, psicoanalíticos, moralistas, religiosos,  individualistas, comunitaristas, naturistas, etc.


Por lo que respecta a los niños y su educación la mayoría de los padres actuales creen que de ellos depende el futuro de sus hijos. En otros tiempos predominaba una idea mas azarosa: los hijos, como algunas frutas, podían salir buenos o malos dependiendo de su naturaleza de disposiciones internas desconocidas y poco accesibles. Pero en la actualidad la mayoría de los padres y madres consideran que dependiendo de lo que ellos decidan, indiquen, permitan o prohíban el chico saldrá de una manera o de otra. Que ante los situaciones o problemas que los hijos les planteen existen respuestas buena o malas adecuadas o inconvenientes. Por tanto se trata de encontrarlas, pero dónde. En otros tiempos una cultura más tradicional proveía de fórmulas que orientaban a las nuevas generaciones en la educación y crianza de los hijos. Generalmente eran normas de sometimiento a los mayores,  formuladas como refranes “la letra con la sangre entra”, “de tal palo tal astilla” o metáforas como la necesidad de enderezar el árbol cuando es joven. Algunas eran consejos tópicos o incluso transmisión de supersticiones.


Una mayor distancia entre las generaciones, la prevalencia del racionalismo y el pragmatismo configuran este pensamiento educativo que considera la posibilidad de aplicar pautas, normas, recetas para tratar todo tipo de conflictos, dificultades o dilemas educativos. Si estos recursos considerados correctos se aplican se obtendrán los resultados buscados. De esta manera se multiplican los libros que los proponen o los profesionales que saben lo que se ha de hacer en cada situación concreta: el método x para que los chicos duerman como han de dormir; las pautas y para que coman como han de comer,  y otras para que se concentren, para estudiar como deben, desarrollen su inteligencia, matemática, musical o emocional. Con cierta frecuencia desarrollan un tipo de pensamiento dual que considera que existen indicaciones correctas frente a otras incorrectas, actitudes o posiciones positivas y negativas. Así pues la cosa es fácil  se trata de potenciar unas y evitar las otras. ¿Cómo es entonces que muchas veces las cosas no salen como habría de ser si se aplican las pautas correctas? Es más ¿cómo es que sabiendo cuáles son las correctas existen dificultades para aplicarlas?


Y es que educar no es seguir un camino preestablecido que va dando respuestas, aplicando un protocolo a cada una de las incidencias que la vida presenta. Ser padres y ser hijos son funciones que preexisten: aquellos cuidan, alimentan física y psíquicamente, permiten o prohíben según qué cosas,  a estos durante su largo periodo de dependencia. Sin embargo ser este padre o esta madre de este hijo o de esta hija es algo único que se va construyendo a través del tiempo y de la relación entre seres que son distintos de cualquier otro. Desde el nacimiento de un niño los padres van construyendo un diálogo que es único. El bebé no tiene un lenguaje. Cuando siente algo en su cuerpo llora pero inicialmente no sabe por qué llora. La madre, los padres, han de interpretar ese llanto, le atribuyen un motivo: hambre, sueño, frío, dolor y le ponen alguna de esas palabras para saber algo ellos mismos de su hijo. Hacen lo que pueden, lo arropan, le dan de comer, le acunan y el bebé se calma y los papás se calman: sienten haberle entendido. Si no, si el bebé se agita, inquieto, llora, grita y da patadas, los padres se inquietan, se angustian porque no encuentran una palabra que defina lo que agita a su hijo y no pueden darle respuesta. No hay diálogo, solo el griterío de un chico que tampoco tiene una palabra para definir lo que le pasa. Poco a poco los padres van atribuyendo esas palabras a las expresiones del niño y este las va haciendo servir para expresar sus necesidades. Pero también los padres van a responder de manera afectivamente diferente a los reclamos del niño. Unos se alarman, se mueven inquietos, hablan fuerte; otros se compadecen, le hablan con ternura o con bromas; estos, cansados, se desesperan y se quejan; algunos le enchufan el biberón mientras hacen otras cosas; aquellos le hablan, le cantan le acarician…


Todo ello va construyendo un estilo propio para su diálogo que lo hace diferente a cualquier otro. Si bien las palabras que usan son las del lenguaje común con otros muchos humanos, su sentido es en gran medida propio de cada uno de ellos. La letra puede ser la misma, pero la música es diferente. Padres e hijos se entienden a su manera, ellos saben cuándo van en serio y cuándo en broma, qué cosas se pueden decir y cuáles no, en qué lugar les es fácil encontrarse, cómo pueden expresarse su amor o su hostilidad, qué pueden soportar del otro y qué no. A veces ese entendimiento es mayor otras menor. En ocasiones el diálogo es imposible o casi. Como si los lenguajes no pudieran encontrarse. La chica dice que ha conocido a un chico y el padre le pregunta por los exámenes. Visto desde fuera el diálogo podría ser otro: ella le dice que alguien le ama pero al padre le preocupa si eso le puede alejar de su interés por los estudios. Pero esto no se lo pueden decir ni oír.


Muchas veces esa sordera proviene de utilizar palabras que no surgen de ese diálogo. Pueden ser palabras racionalmente correctas pero prefabricadas por  teorías o desde recetas genéricas, tópicas, consejos bienintencionados pero al margen de esa relación única que incluye la escucha de la diferencia, la posibilidad de ponerse en el lugar del otro sin perder el lugar propio. Son atajos para evitar la dificultad de convivir con los demás y con uno mismo. 

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