viernes, 6 de diciembre de 2019

Hacer Régimen

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Antes de que la palabra adicto se le aplicara a la persona dependiente de una droga, su uso más corriente en este país fue para denominar a un tipo de individuos: el “adicto al Régimen” . En los diccionarios un régimen es el sistema político por el que se rige una nación. Pero en nuestra memoria social “el Régimen” era otra cosa, era “la cosa”. Ser del Régimen, incluso ser “muy del Régimen”, además de calificar a alguien que participaba de la ideología de los vencedores, era una posición social, una imagen de la proximidad al poder, un lugar de privilegio en la realidad y en el imaginario colectivo.


Ser adicto al Régimen era una fuente de beneficios de la que se nutrían casi todos los estamentos sociales de aquellos que habían ganado la guerra. Según categorías se obtenían más o menos prebendas. Las más altas ocuparon la plutocracia económica y política del estado, las más bajas lugares más humildes, pero de una manera o de otra en el Régimen había para todos, para todos los vencedores, desde una Dirección General de algo, a una sencilla portería. Había viudas y huérfanos a los que se les concedió un estanco o una plaza de ordenanza en un ministerio, hijos de militares con facilidades para acceder a la universidad, sobrinos de sacerdotes o monjas con acceso a la administración publica o a la enfermería de un hospital. Casi todos con el correspondiente carnet que les acreditaba como adictos al Régimen: excombatientes, falangistas, miembros del sindicato vertical, huérfanos, viudas de guerra, divisionarios azules, hasta caballeros mutilados con derecho a asiento reservado en el metro. Ni que decir tiene que los perdedores no disponían de ninguno de estos avales documentados. No existían los huérfanos, ni las viudas, ni los mutilados de la República, ni siquiera caballeros. Todos eran , literalmente, unos indocumentados.


Franquistas El Pardo Mingorrubio antes de la inhumación de los restos de Franco



De la mesa de los capitostes caían migajas de los que se aprovechaban una amplia población. Los despachos de los organismos públicos se llenaban de postulantes en pos de un puesto de camarero en la cantina de un ministerio, un enchufe para librarse de un destino en la mili, aprobar una oposición o entrar como tornero en una fábrica del INI, que es como se llamaba el conglomerado de empresas controladas por el Régimen. Así se fue tramando una amplia red clientelar, de complicidades, adhesiones y de adictos, de personas que vivían de esa adicción.


Así se fue construyendo un franquismo sociológico formado por una amplia población que, sin adherirse a los postulados ideológicos del franquismo, “chuparon” del “Régimen”, dependieron tanto económica como mentalmente de él durante los larguísimos años que se mantuvo en el poder. El franquismo se impuso por la violencia de una guerra civil y por la instalación de un régimen represivo que se mantuvo hasta el final de la vida dictador. Todo ello reforzado por una omnipresente e insistente propaganda emitida por los medios de comunicación, los únicos autorizados para difundir noticias; por los informativos cinematográficos que obligatoriamente se proyectaban al comienzo de cualquier sesión de cine; por las arengas militares; por la enseñanza completamente orientada a la glorificación del Régimen y su mística nacional católica; por las organizaciones juveniles dirigidas por la Falange, su Sección Femenina y por el Auxilio Social, e incluso por los sermones de los domingos en las iglesias.


Se trataba de hacernos vivir en un Régimen como si fuera el medio natural, su origen entroncaba con el principio de los tiempos; sus idea se presentaban como indiscutibles por evidentes; los valores morales eran verdades eternas; su caudillo lo era “por la gracia de Dios” y, como el mismo Dios, velaba por la paz y el bienestar de todos nosotros. Pensar de otra manera no era posible, era anti natural. Si el pensamiento te llevaba por otro camino no podía ser sino por maldad. Cualquier crítica era la acción disolvente de la anti España, la conjura de sus enemigos, la leyenda negra, el empeño de acabar con nuestra patria y nuestras tradiciones, etc.


El pensamiento podía retorcerse para presentar cualquier realidad con arreglo a la ideología única: los republicanos pasaron a ser rebeldes y los que se rebelaron, si es que lo hicieron, fue para salvarnos del caos de una República injusta y defender los más altos ideales de la religión católica y de España.


El Régimen para serlo tuvo que totalizar todos los aspectos de la realidad , imponer su cultura; tuvo que construir un relato que diera argumentos a su existencia: una historia y unos mitos fundacionales; tuvo que tener sus monumentos, sus banderas, sus músicas, sus fiestas nacionales, su arte, sus poetas, los retratos de sus jefe, de sus héroes y sus mártires. Necesitó construir un lenguaje donde las palabras significaran lo que el régimen quería que significaran; el cuerpo, la vestimenta, los gestos cotidianos, acabaron regimentados.


Poco a poco y de manera no del todo consciente el Régimen se infiltraba en la vida, se acababa viviendo en él. Caminábamos por la Avenida de José Antonio, por la del Generalísimo, por la del General Mola, o por las de decenas de “héroes” y “mártires” de los que acabamos por olvidar cual había sido su heroicidad o su martirio. Oíamos como música de fondo himnos nacionales, o la sintonía del “parte”. Nos acostumbramos a “los gritos de rigor”, a la prosodia de las voces de su jerarcas, al tono displicente de sus funcionarios, a la profusión de imágenes del Jefe en todos los organismos, negociados, aulas, tiendas, comedores de empresas, cuarteles o clubes deportivos, a la omnipresencia de sus símbolos en los espacios institucionales, en el dintel de las puertas de las viviendas, en los sellos de correos o en los membretes de las cartas.


Pero el Régimen que se impuso por la fuerza de las armas, en el fondo era un sentimental y necesitaba del afecto. Sus jerarcas promovían actos públicos, viajes, inauguraciones, concentraciones, fiestas nacionales, manifestaciones deportivas o folclóricas a las que las masas eran invitadas a bañarlos. Para dar la oportunidad a los súbditos de mostrar su cariño a sus dirigentes se les daban días de vacaciones pagadas en las empresas o en las universidades. Al tiempo que se pasaba lista de quienes asistían, no fuera que algunos se quedaran sin la posibilidad de expresar su afecto y se transformaran en desafectos. Pues el Certificado de penales, buena conducta y afecto al Régimen era imprescindible para optar a cualquier oposición o puesto en la Administración del Estado, para obtener el pasaporte u otras muchas gestiones.


También el Régimen necesitó legitimarse. La fuerza de las armas con el tiempo no quedaba bien y el afecto había de ser corroborado con leyes que dieran fundamento al estado. Porque ¿quién podía decir que no era democrático?


Para ello periódicamente el régimen se auto – autorizaba mediante la celebración de referendos de dudoso valor democrático. Siempre se ha dicho que había pucherazo, que votaban muertos, es posible: la supuesta bondad del Régimen lo justificaba todo, pero tampoco era necesario. La masa acrítica con respecto al sistema, el miedo a la guerra civil bien administrado, la red de beneficiarios adictos, la propaganda masiva, el silencio de la prensa oficial o no, la persecución de los desafectos eran suficientes para obtener resultados que lavaran la cara y que pudieran justificar la pervivencia del Régimen.


El Régimen creó una normalidad rara. Se institucionalizó un relato que era “el relato”, la imagen verdadera de la realidad presentada como única posible en la que muchos creían y les hacía sentirse normales. Aunque hubiera incrédulos, ellos también estaban atrapados en esa red de complicidades, en esa cadena de favores que recibían con una mano, mientras resignadamente decían “bueno, ya se sabe, así son las cosas en este país… “ Muchos decían “si no haces nada malo no te puede pasar nada” Algo malo podía ser firmar un manifiesto, representar una obra de teatro o bañarse en bikini.


Sé que el Régimen al que me refiero no es todos los regímenes, que muchos son, simplemente como dice el diccionario, el sistema político que rige una nación. Pero para nosotros los de mi generación el Régimen por antonomasia era el régimen autoritario que nos gobernó durante casi cuatro décadas. La institucionalización del franquismo.


¿Por qué hoy escribo sobre esto? Porque en los tiempos que corren franquista, fascista o nazi se han transformado en un epítetos o insultos, que aplicados indiscriminadamente, suponen su banalización y una falta de respeto a los millones de personas que sufrieron la crueldad de estos regímenes. Disentir de resoluciones judiciales, de la dureza de algunas sentencias o de actuaciones policiales no autoriza a tachar a estas de fascistas ni a equipararlas con el franquismo. Transmitir estas ideas a una población, sobre todo juvenil, es un ejercicio de demagogia e incultura política, en el menos grave de los casos. En el más grave se trata de una manipulación para deslegitimar las posiciones del adversario político contra el que todo está permitido. Paras quienes aplican y difunden esta terminología ya no se trata de un conflicto entre posiciones políticas encontradas, sino la lucha por la libertad, los derechos humanos o la democracia. El uso sistemático de la exageración y de la mentira es justamente lo que han hecho los sistemas autoritarios. En los tiempos que corren el cruce de acusaciones en estos términos se hace tan profuso, que supone su frivolización. Tras esta cortina los auténticos fascistas, franquistas declarados, van aumentando adhesiones y ocupando posiciones. No le hace ningún bien a la critica antifranquista presentar al régimen de Franco como una película de terror de serie B. El horror tiene su atractivo y estos días viendo jóvenes quemando contenedores algunos tapados con pañuelos que reproducían calaveras no he podido evitar pensar en ese aspecto de glorificación del fuego y de la muerte de los movimientos fascistas.


Mi experiencia personal, compartida con las de otros de mis coetáneos, me hace especialmente sensible a comportamientos o funcionamientos que sin ser en absoluto franquistas, constituyen aspectos de la construcción de un régimen en el sentido de la creación de un orden político o social imbuido por una posición ideológica parcial que no representa al conjunto de la población. El uso por parte de las instituciones, comunes a todos los ciudadanos, de eslóganes o símbolos que solo representa a una corriente, por muy numerosa que sea, no deja de ser un vicio de régimen. Las huelgas de país, las facilidades académicas a los estudiantes que se manifiesten en una línea política, las denuncias de miembros de la cultura a otros por no ser representativos del país, son indicios inquietantes del intento de crear un pensamiento oficial y único. Son modos de hacer Régimen.


Escribo esto porque como psicoanalista me parece necesario entender el aspecto subjetivo de algunos movimientos socio políticos. Cómo se constituyen las masas, cómo los individuos son conformados por ellas y qué hace que estos se les adhieran.

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