¿Por qué no podemos salir?

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

La inexperiencia en la experiencia que estamos viviendo me hace difícil un análisis global, una línea conceptual que sintetice el acontecimiento. Es todo muy fragmentario y confuso: las explicaciones que recibimos hoy se ven modificadas mañana y rectificadas pasado mañana. Más allá de declaraciones o propuestas derivadas de intereses políticos; de las explicaciones y soluciones mágicas que se difundieron al comienzo de la pandemia, o de los augurios retrospectivos de los profetas del pasado que proliferan en el momento presente. Más allá de todo esto, la humilde verdad es que el desconocimiento y la incertidumbre nos ha inundado a todos. Desde los científicos que poco a poco han tenido que ir definiendo el agente causante, su comportamiento, los medios de transmisión, los efectos sobre el organismo humano y las terapias, hasta los políticos que han tenido que elaborar estrategias de respuesta en base a esos conocimientos construidos sobre la marcha, pasando por la ciudadanía de la que en esta situación no puede extrañar su desorientación o su confusión.


Para muchos esta siendo una experiencia en solitario o con el acompañamiento que proporcionan los medios tecnológicos. Para una gran mayoría el confinamiento es en familia. No sé como vivirán los niños confinados lo que se dice de ellos. Si uno entra en los comentarios de los medios o las bromas trasmitidas por Internet, los “memes” (¡vaya palabra!), saldría con la idea de que son bichos molestos, irritantes, a los que lo mejor que se les puede hacer el rociarlos de insecticida. La mayoría de estos comentarios son exageraciones irónicas, pero en un mundo en que cualquier cosa puede ser reivindicada como un derecho, algunos de estos comentarios parecen apuntar a que los padres tendrían el derecho a que les saquen de encima tan insoportables huéspedes. Posiblemente yo también exagere, pero me sigue picando la historia. 


La del niño escuchando el desespero de los padres por su presencia. Razones deben de tener: no es lo mismo convivir en el tiempo que deja libre el cruce entre los horarios laborales de los padres y los escolares de los hijos, que compartir con ellos “full time” los confines de un piso de más o menos metros cuadrados, pero siempre limitados en relación con las necesidades de movimiento de los chicos y chicas. Proliferaron las quejas sobre los deberes, los ruidos, la dificultad de tenerlos quietos, de compartir el trabajo “on line” con la atención a ellos, de mantener algunas costumbres, etc.


Pareciera como si lo más importante de lo que esta ocurriendo son las molestias derivadas del confinamiento, la actividades que ya no podemos hacer, las inquietudes de la obligada quietud, la logística de la organización doméstica, las salidas a comprar, la búsqueda de ocupaciones para organizar o llenar los tiempos “libres”.


Un niño con una mascarilla se asoma a la ventana de su casa durante el confinamiento por el coronavirus, en Valdemoro/Madrid (España) a 20 de abril de 2020.


Enredados en esta molestias olvidamos cuál el motivo del encierro; cómo lo están viviendo los más jóvenes, y qué se les dice o qué se les puede decir de lo que ocurre. Nadie puede negar las molestias como consecuencia del confinamiento pero parece que hablamos del confinamiento para no hablar de la epidemia. Transformamos en incomodidad de lo cotidiano el dolor y la angustia de lo excepcional. La angustia de enfrentarnos a un peligro desconocido. Un peligro que amenaza la salud y la vida de todos. Virus es una palabra, pero cuál es su contenido. Es mucho mas lo que se desconoce que lo que se sabe de él. El conocimiento se ha ido produciendo en gran medida a medida que se ha ido extendiendo la pandemia. Casi no ha podido ser de otra manera, pero ha producido inseguridad, desconcierto, decisiones aventuradas y rectificaciones obligadas. También ha ido creciendo la noción de peligro. Las alarmas iniciales de lo que estaba pasando en China se contrarrestaron con mensajes tranquilizadores que calificaban la epidemia como una gripe, semejante a las que cada año nos afectan y que también causan muertos entre poblaciones fragilizadas. La suspensión del Mobile World Congres se calificó como “histeria colectiva” o “psicosis de pánico”. Nuestros dirigentes la aceptaron, pero no entendieron. No solo dirigentes, una gran parte de la población así lo percibió. Quienes lo calificaron como una alarma exagerada semanas más tarde exigían medidas mas contundentes, confinamientos mas estrictos. 


Actualmente contamos más de dos decenas de miles de muertos. Fallecidos de los que oímos su número pero que no vemos. No estamos en la Edad Media, no vemos las escenas apocalípticas que nos han dejado los cronistas de las pestes, no vemos los carros de la muerte por las calles, ni olemos el humo de las piras crematorias, solo la contabilidad aséptica de las cifras. De vez en cuando alguno de estos números tiene nombre, cara y corazón: un músico, un escritor, el padre de una amiga o el vecino. Esta cercanía rompe la barrera defensiva que ponía lejos el peligro: ya no son personas de lejanos países, ni siquiera ancianos, ni han de tener una salud frágil. Ni tan solo esta claro si habrá una barrera temporal: las semanas de confinamiento se han ido sumando y las salidas están siendo prudente y obligadamente escalonadas, pero ¿y después? ¿Como prevenir rebrotes? ¿Habrá algún día que todo volverá a ser como antes: la escuela, el trabajo, el ocio, las vacaciones, el deporte, la sanidad?


Y si todo eso cambia será con el trasfondo de una amenaza, y para mantener nuestra salud, la nuestra vida y la de los demás. Paralela a la pandemia vírica corre la epidemia del miedo ante un peligro no previsto hace pocos meses. No puedo prever cuales serán las consecuencias psíquicas de la epidemia. En qué lugar de nuestra subjetividad se situará este miedo del que nos llegan “flashes”, a la vez que nos negamos a ver el fondo oscuro que lo provoca. ¿Cómo soportaremos los cambios en las costumbres, en las relaciones y en la manera de pensar? ¿Qué duelos tendremos que hacer de las pérdidas de personas y de cosas, y cuáles no podremos o no sabremos hacer?


Y vuelvo a los niños y a las niñas. ¿Qué les llega a ellos, de nuestros temores, de nuestras ansiedades y angustias ante el dolor presente y las incertidumbres del futuro. Mientras en discursos mediáticos se bromea sobre las jaulas de grillos en que se han trasformado las casas con niños, Júlia (4 años) se ha construido una jaula de cartón con barrotes de cinta transparente que le defiende de los virus; Lluís (6 años) se “ha ido a vivir con todos sus hijos a un país sin virus”, Berta (3 años) queda triste y perpleja cuando su abuela no puede tomar en sus manos el dibujo que le regala. Debe de haber otros muchos que vieron a su abuelo, a su tía, a su padre salir de casa para ir a un hospital donde le iban a curar esa tos tan fea y dejaron de verlos para siempre.


Plaza de España del Parque de Maria Luisa en el primer día donde los niños han podido salir acompañado de un adulto. Sevilla a 26 de abril del 2020


¿Cómo estar con ellos en esa verdad de fondo? ¿Cómo verlos diferentes de esos locos bajitos que no paran de joder con la pelota? ¿Cómo incorporar a nuestro pensamiento y a nuestra emoción la enorme seriedad de ser niña o niño? Y en la situación que nos ocupa ¿cómo darles voz a las inquietudes, angustias y miedos de los niños que son las mismas de los adultos expresadas tal vez de manera diferente? Semejantes y diferentes. Semejantes porque en estos momentos compartimos la fragilidad y el miedo a la enfermedad y la muerte. No podemos ofrecerles sin mentiras esa seguridad que nosotros no tenemos, no podemos quitarles el miedo que todos sentimos. Pero diferentes porque nuestro conocimiento de la realidad nos permite traducírsela de manera veraz y hacernos fiables, hablarles no solo de los peligros, sino también de los medios para evitarlos o disminuirlos. Escuchar sus temores, por muy fantasiosos que sean, es crear confianza. La confianza es saber que los padres tienen sus limitaciones, pero su cariño es garantía de que harán lo que esté a su alcance para protegerlos y cuidarlos. En otras ocasiones ya he hablado de esa función de filtro que pueden hacer los padres, tanto en cuanto a las informaciones como a las emociones. Vivimos momentos en los que algunos medios de comunicación abusan de la emotividad de las personas a través de las falsas noticias y del sensacionalismo. Niños y niñas pueden verse sofocados por estos excesos, si los padres no filtran. Para ello es necesario que los adultos que los acompañan sean también filtros de si mismos, sepan usar su racionalidad y su capacidad de autocontención y no dejarse llevar por esa tendencia a dar por válido sin mas lo más espectacular y no hacernos transmisores de esa infección psíquica.


Esto no va acabar. Acabará el confinamiento estricto, saldremos a la calle, a la playa, al restaurante, al cine, al fútbol, pero no de la misma manera, no con la misma tranquilidad, no sin precauciones. La noción de fragilidad ya nos ha infectado y nos ha hecho perder esta seguridad moderna y científica de que todo se podía prever y prevenir. Ya el terrorismo nos dijo que nadie estaba seguro contra el coche bomba, el conductor suicida o el iluminado con chaleco explosivo e introdujo en nuestra cotidianidad los arcos magnéticos o el control de equipajes.


Cuando vayamos al cine o al restaurante o al fútbol pensaremos que volvemos a la normalidad y no pensaremos que la persona que nos corta las entradas o nos sirve el lenguado, nos trasmitirá este u otro virus, porque descubrieron una vacuna o estamos inmunizados. Al mismo tiempo sabremos que es mentira, que no existe la inmunización perpetua ni la vacuna contra todos los males. Es que el ser humano tiene la capacidad de pensar y no pensar a la vez, de pensar en lo que no piensa y de no pensar en lo que está pensando.


De cara a los niños los padres tienen la difícil tarea de acompañarlos sin mentiras entre los males existentes sin que la amargura les amargue la existencia.

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