​Voceros

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Psicologo



El campo de la psicología clínica y la psicoterapia es un terreno propicio para los voceros. Cada tendencia o escuela psicológica tiene los suyos. Repiten incansablemente lo que dijo el profeta que dijo Dios, o sea, la verdad única e incuestionable. Como ocurre en las religiones monoteístas, cada vocero defiende que su verdad es la buena y que los que sostienen lo contrario deberían arder en el infierno. En definitiva, son fanáticos creyentes que vienen a decirnos quiénes debemos ser y cómo debemos actuar. Otro día les cuento lo que predican los voceros psicoanalistas, hoy les hablo de los conductistas.


Hace poco cayó en mis manos una entrevista a un vocero conductista que explica, sin pelos en la lengua y en plan coleguita, de qué va el rollo de la psicología y tal. Es un joven enérgico, atrevido y fresco, un tipo simpático y magnético que suelta tacos y calcula bien su espontaneidad. Como buen vocero, parte de su trabajo consiste en reñir a los infieles y atraer a los ignorantes hacia la luz que, en este caso, es la llamada “psicología basada en la evidencia”.


Solo recojo tres de los versículos que predica este vocero y que vengo escuchando como un mantra desde que, hace tres décadas, puse un pie en la facultad de psicología, templo de la autodenominada psicología científica. No merece la pena entretenerse en responder con detalle, sólo plantearé algunas ideas que pueden resumirse en la pregunta que le haría a cualquier creyente de cualquier religión cuando dice que las cosas son así y punto: Y usted, ¿cómo lo sabe?


1. “Sólo hay una psicología, que es la que usa el método científico. Si no usa el método científico, no es psicología, del mismo modo que si no sigue el método científico no es química, sino alquimia”. El eterno anhelo de la psicología clínica es que se le reconozca como una de las ciencias naturales. Éstas, como la química, pueden seguir el método científico porque tratan con la materia cuyo comportamiento es observable, medible y predecible. Pero, ¿puede usted predecir, como si fuera una máquina, cómo reaccionará mañana ante cualquier circunstancia imprevista de su vida? ¿Puede medir con exactitud matemática su alegría o su tristeza? ¿Puede explicarlas mecánicamente? ¿Puede vivir sin contradicciones cada segundo de su existencia? ¿Puede usted afirmar que es exactamente igual que el resto de sus congéneres? Una molécula o un conjunto de moléculas (como, por ejemplo, un hígado o una impresora) puede responder afirmativamente pero, para su desgracia, usted no. ¿Sabe por qué? Porque sus pensamientos y emociones, su forma de ser y sentir, no son moléculas sino lenguaje. Por eso, mal que le pese, la psicología nunca será científica en el sentido natural del término. Entonces, siguiendo su razonamiento, la psicología que pretende seguir el método científico no es psicología, sino impostura cientificista. Pregúntese, además, por qué no existe la química crítica y sí la psiquiatría y psicología críticas. O sea, por qué ningún químico se cuestiona los fundamentos científicos de su disciplina y tantos psiquiatras y psicólogos sí lo hacen. De hecho, ¿cree que dos químicos discutirían como usted y yo lo estamos haciendo?


2. “Una terapia tiene que acabar, y tiene que acabar en un punto previsible: esto va a acabar en diez sesiones, y luego podrán ser ocho sesiones o doce, pero ha de tener un final previsible”. Este versículo es corolario del anterior. Sería estupendo que se confirmaran este tipo de previsiones, pero todo psicólogo experimentado sabe que no son sino falacias contradichas por la realidad de la experiencia clínica. Resulta complicado hacer estadísticas sobre el modo de pensar y sentir de cada una de las personas. Si usted supiera algo de psicología clínica o psiquiatría, sabría que cualquier previsión de este tipo está condenada al fracaso de entrada y que si ocasionalmente se cumpliera se debería a la sugestión o a la mera casualidad. No, compañero, la verdad no está en los manuales sino en cada una de las personas que se sientan delante de usted. O sea, no existe una verdad generalizable sino verdades particulares. Una terapia tiene que acabar, sí, cuando tenga que acabar y eso ni usted ni nadie lo sabe de antemano.


3. “A veces me viene gente a la consulta y me dicen: ‘Tengo un trastorno de ansiedad’. Y le contesto: ‘No, lo que tienes es un jefe que es un hijo de puta. Yo lo que tengo que tener es un horario razonable y un sueldo digno. Ya verás como cuando tengas un horario y un sueldo en condiciones se te pasa la ansiedad’”. Este modo de plantear las cosas es resultado del reduccionismo que hemos visto en los versículos 1 y 2 y no pasa de ser un consejo epatante de barra de bar. No sé qué gente va a su consulta, pero la que viene a la mía ya sabe eso, ya se lo han dicho sus familiares y amigos, incluso ya se lo han dicho a sí mismos, pero eso no les vale. No crea que porque usted se lo diga parapetado tras su título de psicólogo le van a hacer caso. Ese papel le autoriza a ejercer un trabajo pero no le garantiza que sepa hacerlo. Sea más sensato, empiece a pensar que no hay nada que funcione a priori y tenga en cuenta que sus palabras no valen más que las de otros pero pueden hacer más daño. Sea prudente y no cree falsas expectativas. No sea un charlatán, espere un poco a conocer a quien tiene delante, déjele hablar y no se ponga nervioso.


Si usted se atreviera a pensar un poco y a cuestionar alguna de sus creencias, le recomendaría que leyera, entre otros muchos autores, lo que dice de su amada “psicología basada en la evidencia” Germán Berrios, neuropsiquiatra, psicólogo, filósofo y catedrático de psiquiatría en la Universidad de Cambridge. Este, como el resto de los psiquiatras y psicólogos críticos, no predican una verdad ni se casan con nadie. Únicamente se dedican a cuestionar y derribar mitos cientificistas con el rigor que da la investigación seria y la experiencia directa con los pacientes.


Un buen clínico se distingue, entre otras cosas, por tener un discurso propio. Nadie lo tiene de entrada y, en nuestros inicios, todos hemos necesitado comulgar con tal o cual creencia. Se necesitan muchos años y mucha experiencia para darse cuenta de que esas verdades no lo eran, que la psicoterapia no es un oficio técnico sino, más bien, artesanal y que, en definitiva, uno hace lo que buenamente puede para ayudar a los pacientes a vivir mejor. Usted, señor vocero, no tiene aún un discurso propio y, si tuviera la humildad que dan o deberían dar los años, no se permitiría el lujo de repartir lecciones a diestro y siniestro y admitiría que no tiene ni pajolera idea de lo que habla.

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