domingo, 15 de diciembre de 2019

El negocio de la adicción

Carlos García-García
Doctor en psicología y psicólogo clínico

Las noticias dicen: “electrodos para frenar el deseo de consumir cocaína” o “varias clínicas utilizan descargas en el cerebro contra la adicción a la cocaína”. La foto que ilustra la primera es de anuncio: El paciente yace recostado en la camilla y, a su lado, dos psiquiatras lo miran. Uno de ellos aplica en la cabeza del sujeto un artilugio conectado a una máquina. El otro maneja los conmutadores del ingenio. Los tres sonríen, parecen estar pasándolo bien. Me parece oír al fotógrafo diciendo: “miren al pajarito y digan soy feliiiiiiiiz”. 


La segunda noticia es de la tele y la acompaña un vídeo en el que se afirma que el invento actúa, de forma indolora y muy precisa, sobre el área del cerebro que controla el deseo de consumir. Entrevistan a un tal Daniel que afirma que tras la primera sesión “algo en mí cambia” y que el tratamiento le ha dado la capacidad de decir “no” a la cocaína. En el reportaje también aparece uno de los médicos de la foto anterior afirmando que “lo que cuentan [los pacientes] es que recuperan un poco la serenidad, la capacidad de control sobre sí mismos”.


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El vídeo termina con las declaraciones de otro psiquiatra que asegura que los datos y resultados de esta terapia no han sido convenientemente (es decir, rigurosamente) contrastados ni evaluados. Por su parte, una psicóloga se muestra escéptica con la idea de que simplemente tocando una parte del cerebro se solucione el problema sin tener en cuenta los aspectos educativos y experienciales del individuo, o sea, la historia particular que le llevó a la adicción.


Ya he criticado en anteriores artículos los engaños de la psiquiatría biologicista y las imposturas de ciertos psiquiatras que utilizan inventos para hacerse pasar lo que no son. Estas noticias son más de lo mismo: un cuento interminable. ¿Se imaginan a un verdadero médico argumentando como éxito que “lo que cuentan es que recuperan un poco la serenidad, la capacidad de control sobre sí mismos”? ¿Son dichos testimonios, en caso de que sean ciertos, prueba objetiva de algo? Además, ¿son la serenidad y el autocontrol asuntos médicos? Y, por favor, ¿puede creerse (creer, sí, ya que no hay pruebas científicas) que estemos biológicamente obligados a decir “sí” a la droga y que una máquina reprogramará no sé qué lugar de nuestro cerebro para que podamos decir “no”? No veo en toda esta milonga ninguna diferencia con las de los charlatanes que venden remedios milagrosos a los incautos.


Daniel dice que algo cambia en él después de la primera sesión (¡tachán!) y que el tratamiento le ha dado la capacidad de decir “no”. Dicha capacidad, Daniel, la tiene todo el mundo y es la base de la educación cívica. A base de muchos “noes” aprendemos a decir “no” a nuestras pulsiones agresivas y egoístas para poder vivir en sociedad. 


El “no” también es la base de nuestra autonomía y nuestra libertad.


En cualquier circunstancia, excepto si se nos somete por la fuerza,somos libres de elegir. Por tanto, las consecuencias que deriven de dicha elección serán responsabilidad nuestra como seres morales, no como animales biológicos cuya conducta está determinada por los instintos.


Por ejemplo: Un mal día te viste ante una raya de cocaína que, probablemente, te preparó algún colega. Este no te obligó a hacer nada y fuiste tú, no tu cerebro, quien cogió el canutillo que te ofreció, te inclinaste sobre el polvo y, torpemente, te lo metiste por la nariz. También fuiste tú, no tu cerebro, quien repitió esto varias veces; también el que, más adelante, le dio pasta a tu amigo para que comprara más coca y, finalmente, el que acudió la primera de mil veces siguientes a pillar por tu cuenta. No fue el cerebro el responsable de tu adicción. Fuiste tú, como ser autónomo y responsable (no como un robot),quien lo decidió del mismo modo que ahora decides intentar parar.


Sé que es tranquilizador que unos señores con bata te digan que estás enfermo, que tu adicción no es culpa tuya y que existe un invento que puede curarte actuando de forma indolora y muy precisa en un área cerebral que está mal diseñada. ¡Y sin necesidad de hablar!, ¡blancura al instante!, ¡un chollo, oiga!, ¡me lo quitan de las manos! Como resulta difícil resistirse a semejante ganga, has decidido ponerte en sus manos. Y claro, cómo no, algo en ti cambia. 


Lo que ha cambiado, en primer lugar, es que has tomado la decisión de dar 300 euros por sesión a estos señores en vez de al camello. 


Lo demás es sugestión y parafernalia disfrazada de ciencia para que salgas de allí creyendo que eres un tipo distinto. Si la sugestión te ayuda definitivamente a salir de las drogas, bienvenida sea. Pero, por desgracia, creo que te van a sacar la pasta y, si no funciona, te dirán que eres del 40% de casos que fracasan (no dirás que no te han avisado). Nuevamente tú, y no tu cerebro, eliges si apuestas por ello o no.


Yo, en tus circunstancias, buscaría un centro de rehabilitación honesto (que también los hay sacacuartos), preferentemente dirigido por exadictos, y no tanto por licenciados, que saben bien lo que estás pasando. Ellos, desde su propia experiencia, te ayudarán a apretar los puños, aguantar el tipo y tener un futuro. Te demostrarán, día a día, que tu cerebro manda de ti muy poco en cuestiones morales (lo de decir “no”) y que, por tanto, ninguna máquina con lucecitas te va a ayudara salir del pozo como lo harás por ti mismo si tienes la valentía de comprometerte. Comprobarás, al fin, que tu libertad no te la ha dado o quitado el cerebro, sino que te la has ganado a pulso. Valor y al toro.

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