martes, 22 de octubre de 2019

​Los chicos de Arran campan a sus anchas sin límites. ¿Por qué?

Carmen P. Flores

Dice el refrán que "A río revuelto, ganancias de pescadores". Eso deben pensar unos cuantos interesados no solo en mantener el conflicto en Catalunya, sino en que, progresivamente, vaya aumentando. "El que juega con fuego, al final acaba quemándose", se dice también. Se podría utilizar muchos otros refranes populares para explicar la situación que se está viviendo desde hace ya demasiado tiempo, con los consiguientes costes de fractura social, económicos y de imagen internacional. Pero eso parece no preocuparles a los que tienen la sarten por el mango.


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Los muchachos de Arran, una de las ramas violentas de la CUP, llevan una temporadita de actividad intensa de creación "cultural", pintando sedes de partidos políticos, ahora más fijados en los locales de los socialistas catalanes, mayoritariamente del Baix Llobregat. Las pintadas de marras dicen "el 21-D tumbemos el régimen" y "quien siembra la miseria, recoge la rabia". Toda una afirmación producto del marketing de una colla de jóvenes que cuando eran pequeños pensaban que la leche y los yogures salían directamente de la nevera y no costaba dinero. ¿Miseria han sufrido ellos? Es un insulto a todas esas generaciones pasadas que las han pasado canutas de verdad, que no tenían nevera y si algunos la habían comprado a "cómodos" plazos estaban casi vacías.   


"Quien siembra el odio, solo recoge división y enfrentamiento", también se dice.


Los jóvenes de la CUP versus Arran en sus actos "artísticos" llevan las caras tapadas, no porque sean los malos de la película, o los ladrones que van a robar en alguna joyería de lujo, o porque tienen acné juvenil, sino porque tienen miedo a actuar a cara destapada y a asumir las responsabilidades de sus actos. En casa se vive mejor, son unos briosos de narices. Son tan valientes porque se sienten inmunes, protegidos de unos cuantos políticos con mando y sin sentido de la responsabilidad que precisamente por su cargo deberían tener.


Lo preocupante del asunto es que los cachorros se les han escapado de las manos a los inductores que pensaban que se les podía controlar como marionetas, qué craso error, ahora ellos vuelan solos y nadie puede controlarlos en esa carrera hacia la destrucción que han iniciado. Es el precio que se paga cuando se juega con este tipo de personas. Lo malo de la situación es que los afectados por las actividades de Arran nada tienen que ver, como suele ocurrir casi siempre. ¿Hasta cuándo se van a permitir actuar libremente a los violentos, con cara tapada? O se pone límite o esto acabará como el rosario de la Aurora, no la crema de nuestras abuelas.

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