¿Me recomiendas un psicólogo?

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Han quedado para “hacer un café”. Se conocen desde el instituto. Compartieron confidencias de adolescentes. Después eligieron carreras y caminos diferentes, a una le tiraban mas las ciencias, estudió Físicas y durante años estuvo de becaria en la facultad – allí conoció a su actual marido con el que tuvo un hijo -, ahora parece que empieza a estabilizarse profesionalmente en una industria de componentes electrónicos; a su amiga siempre le costó decidir y después de diversos ensayos y errores acabó literatura inglesa, pasó algunos años en Londres y desde que volvió trabaja dando clases en una escuela de idiomas. Ha tenido diversas parejas, ninguna de ellas durante más de un año. Siempre han estado en contacto, al comienzo compartían confidencias de una manera más asidua e intensa, después los mails que se cruzaban informaban de las hechos y circunstancias de sus vidas respectivas, pero nunca perdieron ese lugar interior que cada una tenía para la otra. Poco a poco la conversación pasa de las informaciones de lo que hacen, de sus trabajos, del estado de sus familias y de los conocidos comunes, a retomar lo que fue su estilo de relación habitual concentrado en sus estados de ánimo, preocupaciones personales, dolores y quebrantos.


- La verdad es que no me siento bien.


- ¿Qué te pasa?


- Con exactitud no sabría decirte. No puedo quejarme: me siento querida por mi marido, tiene sus cosas, pero me va bien con él, mi hijo es un encanto. El trabajo no es una maravilla, pero ya no le pido demasiado. Nos ganamos bien la vida, viajamos, nos gusta salir. Sin embargo estoy intranquila, duermo mal, me da por llorar y no sé si porque estoy triste, o porque hacerlo me hace sentirme mejor. Tengo molestias, dolores, que los médicos no aciertan diagnosticar, pero me dan medicinas para esto o para aquello. A veces me asusto y pienso si tendré algo malo, otras creo que no tengo que hacer tanto caso a las molestias, aunque sigo sintiéndome mal. No tengo ganas de hacer nada y al mismo tiempo no puedo parar.


- ¿Has consultado con alguien?


- ¿Otro médico? ¡Como si no hubiera ido a ninguno!


- No, me refería a un psicólogo, a un terapeuta.


- Me enviaron a un psiquiatra, estuve tomando pastillas un año. Dormía mejor estaba menos inquieta, incluso a veces era como si las cosas me resbalaran, me fueran indiferentes, ni sentía ni padecía. Estaba un poco zombi. Mira, no se qué era mejor, no te rías, pero casi añoraba mis angustias. Yo siempre he sido un poco angustias. Puede que sea masoca, me preocupo por tonterías que me daría vergüenza contarte. Estoy cargada de puñetas. Mi marido me dice que no piense tanto, puede que tenga razón, pero no sé cómo se puede no pensar en las cosas que pienso y que me duelen. Creo que él comienza a mirarme como si estuviera loca y puede que sea así. Esto no es normal.


- No hablaba de medicación ni de psiquiatras. Pensaba en alguien con quien puedas hablar de todo eso que te preocupa.


- ¿Y qué puede solucionarme hablar? Los problemas no se solucionan hablando. Puede ser que sí, que necesite desahogarme, descargar, como estoy haciendo ahora. Me siento bien hablando contigo, porque eres mi amiga, te agradezco que me soportes ¡la paliza que te estoy dando! pero sé que cuando nos despidamos al cabo de unas horas volverá todo y volveré a sentirme fatal. Necesitaría que me dijeran qué tengo que hacer, que me dieran pautas de conducta para salir de esta situación aunque tampoco creo que los consejos sirvan para nada, todo el mundo me los da: “no pienses tanto”, “piensa más en ti”, “distráete”, “cuídate”, “tienes que descansar…”¿Y cómo se hace eso, si es justamente lo que no puedo?…


Creo que esta puede ser una conversación común en una situación frecuente: Alguien que sufre intensamente. Más, porque su propio dolor se le hace incomprensible, pero no encuentra ni en si mismo ni en su entorno natural nada que le permita salir de ese dolor que dura demasiado. Se plantea una ayuda profesional, pero, al no conocer la naturaleza de su malestar, tampoco puede visualizar como puede salir de él. Es difícil pensar en el dolor psíquico sin asimilarlo al dolor corporal. El modelo de la medicina clásica se ha impuesto a la hora de pensar en cualquier dolor. El modelo médico se basa en el origen orgánico del síntoma y aplica el remedio correspondiente actuando sobre el órgano enfermo con métodos generalmente químicos o quirúrgicos.


Pero es una tratamiento de difícil aplicación cuando no está claro qué órgano es el afectado. Y aquí es donde comienzan las disyuntivas. Para algunos profesionales el órgano afectado es el cerebro: la genética, lesiones o tóxicos, han alterado su fisiología o su funcionamiento de los que el dolor psíquico es su síntoma Para otros no existe órgano específico para el dolor psíquico, se trata más bien un padecimiento ligado a la manera de vivir, a la manera en que se ha conformado la subjetividad mediante las relaciones y de las experiencias de su historia personal. Son dos posiciones teóricas con frecuencia confrontadas, que crean dudas en la persona que se plantea consultar con un profesional de la salud mental y que se resume en: “¿Voy a dialogar sobre mis preocupaciones o voy a explicar mi dolor para que me receten medicamentos”.


La confrontación viene de que los partidarios de una y otra teoría se afanan en convencernos de que la suya es más evidente y verdadera o evidentemente verdadera. La duda se produce desde la ambivalencia del propio sujeto:“si me medican me consideran un enfermo mental, un loco.” “Si le doy vueltas a mis problemas me angustiaré más”. Me gustaría acudir al auxilio de sus dudas y decirles por cuál de las dos decisiones ha de optar. Yo como psicoanalista me adscribo a la segunda. Pero no puedo decir que aquellos que localizan el sufrimiento humano en el cerebro estén equivocados. Un tumor cerebral, un déficit circulatorio o alteraciones fisiológicas producen alteraciones del estado anímico, en la conducta o en la memoria. ¿Pero podemos reducir todo al funcionamiento neurológico? Forma parte de la experiencia común que situaciones o conflictos vitales producen dolores, que no por el hecho de ser emocionales, nos hacen sufrir menos que los que se producen en el cuerpo. El abandono o la pérdida de una persona que amamos, el fracaso de un proyecto en el que habíamos depositado ilusión y esfuerzo, la comparación de nuestras capacidades con las de otros, las diferencias entre el deseo propio y ajeno o el envejecer son causas frecuentes de malestar. A menudo no podemos reconocer en el dolor psíquico una causa precisa, incluso a veces, como ilustra la conversación de estas dos amigas, contrasta con la presencia de motivos para un razonable bienestar: las cosas le van bien, pero ella se siente desanimada e insatisfecha. Y es que no siempre se es consciente de la existencia del conflicto. El olvido afecta a muchas situaciones que, justamente por ser dolorosas, preferimos alejar de nuestra conciencia. Algunas impresiones producidas cuando la persona era un niño y no había adquirido el uso del lenguaje quedan opacas a recuerdo y a la conciencia. El hecho de no poderlas traer a la conciencia no implica que no pueda ejercer su influencia en el psiquismo y el la aparición de síntomas, casi siempre dolorosos, de los que no podemos racionalmente saber su origen.


Pueden que este sea el aspecto más controvertido de la teoría psicoanalítica, sin embargo las experiencia clínicas y los efectos de los tratamientos basados en dicha teoría corroboran una y otra vez la presencia y consecuencias de esta dimensión subjetiva. Como en el caso de la confrontación entre las teorías organicistas contra las subjetivistas, la persona que se plantea consultar a un psicoterapeuta vuelve a encontrarse ante otra disyuntiva, e igualmente me gustaría poder decir “elige esta que es la que yo practico”. En lugar de esto prefiero explicar que no todos los psicólogos trabajamos igual y que no todas las psicoterapias obran del mismo modo. La que yo y los psicoterapeutas de mi línea teórica hemos decidido ejercer es la que explico. El consultante tiene el derecho a conocer y elegir las opciones a su alcance.


Es propio de la ética y del obrar psicoanalíticos el respeto a la decisión del consultante, trata de no dar consejos, ni pautas que dirijan su vida, ya que ello supondría que el analista sabe cómo ha de ser esa persona y qué le conviene; se convertiría de esta manera en una especie de gurú con autoridad sobre otro, cuando precisamente lo que el psicoanálisis ofrece es un encuentro consigo mismo, el descubrimiento de la propia subjetividad, remover los obstáculos que impiden un pensamiento autónomo, descubrir las sometimientos a los otros y a los prejuicios propios.


Un psicoanalista no es un sacerdote o un confesor. La idea de un director espiritual que te aconseja “por tu bien” queda fuera de lugar, pues ese “bien” no lo posee nadie de antemano, es precisamente lo que se trata de encontrar, es personal e intransferible. Tampoco es el confesor que te descarga de tus pecados y te absuelve. El psicoanálisis no es una terapia del perdón sino de la responsabilidad. El sujeto se enfrenta a su desacuerdo consigo mismo y a sus faltas para tratar de saber qué quiere o qué puede hacer con ello. Tampoco la psicoterapia es un lugar para experimentar la descarga. Sabemos que el vivir y sus conflictos nos tensiona, acumula presiones interiores de los que deseamos liberarnos con frecuencia. En la conversación con la amiga aquella mujer siente el alivio de esa descarga, a veces se le llama vómito como si se tratara de una indigestión que exige la expulsión de los alimentos que nos han sentado mal. Pero si esa tensión subjetiva responde a la existencia de un conflicto la descarga solo proporciona un alivio pasajero si no resolvemos la causa de esa tensión.


Hacer un análisis o una terapia psicoanalítica consiste en confrontarse con aquello que a uno le cuesta ver y conocer, como única vía de salida del laberinto de los deseos contradictorios, de los compromisos alienantes, de las servidumbres que nos roban decisión, de los amores imposibles. Como se advierte no es una cura milagrosa ni un acto de magia. Si bien se enfrenta a lo oculto del sujeto, no es una práctica ocultista. Se trata de un ejercicio de la palabra libre para decir más de lo que conscientemente querríamos decir. Para ello el analista se ofrece a facilitar ese hablar. El analista debe conocer las dificultades a las que se enfrenta su paciente, saber que se le acerca desde la duda sobre la elección de su persona y de la teoría que le sustenta, desde el pudor a comunicarle su intimidad, o desde el miedo a ser considerado loco. Esto le exige al analista cuidado, respeto para generar una confianza que facilite el fluir de la palabra que es conocimiento de la propia persona y de las relaciones con los que la han hecho ser como es y le han proporcionado los patrones para relacionarse con los demás. 

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