Jueces y política: Seamos realistas

Antonio Carlos Pereira Menaut
Prof. de Derecho Constitucional, USC

No es la primera vez que menciono por escrito las citas que siguen, pero como creo que vienen muy al caso, no me resisto a incluirlas otra vez más. En la novela 'Secuestrado', de R.L. Stevenson, en plenas guerras escocesas del siglo XVIII, el 'Lord Advocate' (cargo más alto en su categoría en Escocia), dice abiertamente al protagonista, el jacobita David Balfour: "Éste es un caso político, sí, señor Balfour". Y un poco más adelante, continúa: un caso político "debe tratarse de una manera muy distinta a un caso meramente criminal", así que, en este caso, "atiendo primero a mi deber político, y sólo después a mi deber judicial". Y en 'Catriona', también de Stevenson y ambientada en las mismas guerras, el fiscal general dice con no menos claridad al rebelde jacobita Stewart: "Si en esta rebelión hubierais ganado vosotros, podríais estar dictando la ley donde ahora recibís su sentencia".


Juicio del procés TS


Sin meternos ahora en mayores profundidades, es claro que no hace falta una tesis doctoral para constatar que la vida política muchas veces ha sido así.


Con la perspectiva que nos da el tiempo, ¿verdad que a nadie se le ocurre hoy que la independencia de México o Argentina debió haber sido sometida, en su día, a la judicatura de la época, para juzgar a Bolívar y demás independentistas según la legislación española vigente, que por supuesto no contemplaba la autodeterminación? Los famosos libertadores hispanoamericanos, que hoy tienen estatuas en sus países, con la ley entonces vigente en la mano, podrían tranquilamente ser enviados a la cárcel o a la ejecución. Y lo que ellos hicieron sí que fue rebelión, sedición y guerra, pero... no perdieron la guerra.


Como muchos juristas, estoy viendo en directo estos días algunas sesiones del "juicio del procés". Y debo decir que el Tribunal Supremo tiene todo el respeto y la estimación de este humilde jurista, que no pretende darle clases de nada, y que incluso -cabe añadir-, si se viera forzado a elegir, posiblemente salvase al Supremo antes que al Constitucional, que es menos imprescindible. Así que no parto de ninguna postura contraria al judicialismo ni a ese alto Tribunal; todo lo contrario. Pero en mi humildísima opinión, ante un caso así, lo mejor que puede hacer un órgano dedicado a la "iurisdictio" y la "adiudicatio" -o sea, un órgano no dedicado al “policy implementing”- es... quitarse de en medio, por activa o por pasiva, directa o indirectamente, dilatando las cosas, haciendo con el caso un arabesco lateral percutiente o como dé lugar. Problemas políticos reclaman remedios políticos, y todos los jueces harían un favor a toda la sociedad si se auto-despolitizasen en lo posible y si devolviesen la pelota (en este caso, más bien patata ardiente) al campo de los generadores del problema, los políticos.


El positivismo jurídico español actual, al presentar el problema como una cuestión legal, con su revestimiento de leyes y procedimientos judiciales, tiende a confundirnos, como si las etiquetas y ropajes cambiaran la naturaleza de las cosas. Aun siendo jurista, y nada desavisado, así pretendió enfocarlo Mariano Rajoy: más o menos como un conflicto contencioso-administrativo. Los resultados -cargas policiales, jueces belgas y demás- son de todos conocidos; "res ipsaloquitur".


Con la perspectiva de más de un año, consideremos otro ejemplo; éste tomado del también inacabable Brexit. ¿De qué sirvió -salvo para complicar las cosas aun más- que aquél juez inglés, en 2016, abandonando el planteamiento tradicional en los jueces ingleses, se metiera a decir si además del referéndum debía pronunciarse el Parlamento, como si la gente hubiera votado contra la voluntad del Parlamento (casoR (Miller) v Secretary of State for Exiting the European Union, 2016)? Supongamos que ahora se hace un segundo referéndum sobre el Brexit, ¿tendrían, de nuevo, que entrar los jueces ingleses en el asunto después de la votación?


Estamos ante un problema complejo, en el que cabría mucha más discusión trayendo a colación otros aspectos, desde la división de poderes hasta los derechos humanos. Por el momento, y con el apoyo del más elemental y realista sentido común, saque cada uno sus conclusiones. El sentido común es la verdadera filosofía del jurista, decía Álvaro d’Ors.

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