Hablar con el niño

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

La madre, algo extrañada por el silencio, abre la puerta del estudio. Su alarido retumba por toda la casa. El suelo está alfombrado de papeles. Facturas, recibos, contratos y cientos de documentos, que, tras meses de desidia, por fin ordenaron un tedioso fin de semana, yacen por tierra, algunos pintarrajeados de colores. La primera reacción del chiquillo es decir que él no ha sido, que lo ha hecho su hermano o el gato. La negación de la evidencia exaspera a la madre. Le exige que no diga mentiras ya gritos le intenta trasmitirle la magnitud de la catástrofe. No puede contener su caudal de quejas, reproches y amenazas: el esfuerzo realizado y ahora echado por tierra, la maldad ingrata del chico mentiroso y el “ya verás cuando llegue papá”. El niño aterrorizado se ahoga en sollozos. La madre le manda callar: es ella la que está muy triste y enfadada. El chico hace esfuerzos imposibles por aguantarse hasta que el llanto le desborda. Aúlla y las lágrimas inundan su cara. Por primera vez la madre le mira a los ojos, le invade una compasión inmensa, se agacha, le abraza y llora con él.


Estamos ante un conflicto cuya intensidad y dramatismo varía según el punto de vista en el que nos situemos. Para nosotros, espectadores de la escena, nos puede parecer un pequeño e intranscendente drama cotidiano mil veces visto. Si nos ponemos a la altura del niño sentiremos su miedo, su desconcierto para entender que ese juego desate tanta rabia en la madre, su tristeza al sentir la ira de madre a la que tanto ama, su indefensión bajo la sombra agrandada y terrible de ella. Podríamos criticar la conducta de la madre, su exceso o, según como, su crueldad, pero también empatizar con su desesperación y su enfado y entenderíamos la conveniencia de poner límites a las conductas infantiles.


Si nos fijamos más, la escena refleja la realidad de las relaciones padres e hijos o entre el adulto y el niño; las diferencias y semejanzas donde se juegan las posibilidades de diálogo, de entenderse y desentenderse, entre una generación que crece y otra que educa. Ambas tienen sus razones y sus verdades.


Se dice que los niños siempre dicen la verdad. La idea se apoya en el hecho de que, menos afectados por las limitaciones que impone la educación y las convenciones sociales, pueden expresar sus impulsos, amorosos u hostiles, sus deseos y necesidades,con menos disimulo y por ello son más veraces. En un extremo el niño viviría en un estado de santa inocencia, sin conciencia de las consecuencias peligrosas de la verdad. En el extremo opuesto se sitúan quienes creen que el decir del niño se autoinvalida por el hecho de su inmadurez. "Ya se sabe, son niños". No están sometidos a la realidad, la inventan, la fantasean, mienten o dicen no-verdades. No se les puede hacer mucho caso. ¿Pero se puede educar sin un lenguaje en el que confluyan el adulto y el niño? ¿Se puede hablar con alguien al que no se le reconoce veracidad?


La escucha de los niños tiene sus tiempos y sus lugares, no siempre se ha prestado atención al decir de los niños. Durante siglos los niños eran unos no- sujetos, sometidos a la autoridad paterna que los había de conducir a una adultez sensata y respetuosa con las normas. Los tiempos cambian, a veces con demasiada rapidez. En décadas hemos pasado de "los niños hablan cuando las gallinas mean" a la escucha reverencial del infante. Seguramente existen tantas maneras de escuchar a los niños como adultos con los que conviven.


¿Ese niño que ante la evidencia flagrante dice "no he sido yo" miente? Desde una escucha literal, sí. Desde su posición subjetiva dice una verdad: "te tengo miedo, no puedo decir la verdad porque te enfadarás tanto que no sé lo que puedes llegar a hacer conmigo". Los niños pueden llegar a ser muy hábiles para saber qué es lo que quieren los mayores que digan: "¿Verdad que es mono tu hermanito?" "Es muy mono". También para poder colar su verdad: "Mamá dice que mi hermanito es un mono".


En realidad la escucha reverencial al niño responde mas a un deseo de que nos satisfaga con su satisfacción que a un auténtico diálogo. Lo necesitamos contento para contentarnos nosotros. Y para ello atendemos mas a sus peticiones que a sus necesidades como persona. Nos pide, nos exige: "Cómprame esto, dame aquello, llévame allí" y no puede parar de hacerlo. ¿Qué pide que nada le sacia? Pide atención y le compramos una consola, un consolador, un sucedáneo que no consigue calmar su necesidad de ser tenido en cuenta.


En este diálogo padres y hijos se equivocan: piden lo que no necesitan y necesitan lo que no piden. Ahí los dos se confunden, se intercambian objetos cuando en el fondo se piden amor. De esta manera los padres se van convirtiendo en saciadores imposibles de hijos insaciables. El exceso oculta la carencia. Llamar la atención se ha convertido en la interpretación universal para muchas conductas indeseables, como si llamar la atención fuera un deseo espurio:"Siempre está llamando la atención, lo hace para llamar la atención" ¡Claro que llama la atención! ¡quiere que le atiendan!


Escuchar el malestar del niño es la destrucción del mito del niño feliz. ¿De qué sufre el niño? El niño se sabe pequeño e indefenso. Necesita del adulto para casi todo. Sin él no podría existir, ni física ni psíquicamente, y teme perderlo, quedarse solo. Teme perder a quien le cuida, le alimenta, le viste, le defiende, le cura, pero, sobre todo, le ama. El bienestar del niño es sentirse amado. El cariño de los padres le protege y le da la seguridad de ser valorado. Por tanto teme perder todo eso que posee: Que los padres puedan desaparecer: morir o dejarle; que no puedan cuidarle; que se enfaden y dejen de quererle, que quieran a otro más que a él, que se vuelvan malos y le aniquilen; que el mismo poder que le cuida le destruya. También tiene miedo a su propio enfado, a odiarlos y, por eso, perderlos. La imaginación infantil sitúa ese miedo en los lugares ocultos o desconocidos. En la oscuridad de la noche, la ropa colgada puede ser un fantasma o el armario la cueva de todos los monstruos.


El pensamiento racionalista adulto intenta negarlos: "No existen los monstruos, ni el lobo, ni la bruja" ¿Pero, de verdad no existen madrastras (malas madres,) o padrastros (malos padres)? ¿No existen los lobos callejeros que comen caperucitas, los monstruos de tentáculos amenazantes, las magias negras? El adulto lucha denodadamente por su mito de una infancia feliz donde no existe la maldad ni la muerte, donde los lobos son vegetarianos, los médicos tienen pastillas milagrosas y si el abuelito no está es porque se ha ido al cielo. Es duro escuchar el sufrimiento de un hijo, pero no oírlo es dejarlo solo.


Educar es también hacerse escuchar por el niño. El niño juega a emborronar el tesoro que ha encontrado en el armario de los padres. Lo que para él es un maravilloso mundo de papeles de colores para rasgar y pintar, para la madre son sus cuentas, sus seguros de vida, los justificantes de pago de la hipoteca, con los que juega a construir su vida. Tiene sus razones para impedirle a su hijo que juegue con ellos y para sentirse dañada cuando el trabajo invertido corre por el suelo. Cuando la madre ve las lágrimas de su hijo y le abraza llorando siente la diferencia entre su verdad de adulta y la del niño, al tiempo que experimenta lo que les une, la verdad compartida: el amor que se tienen.


Durante muchos años ese será la tarea de la familia. La del niño que en su juego desarrollará su imaginación, su pensamiento, sus deseos de ser y de tener así como sus temores a dejar de ser y de tener; la de los padres dejándole hacer para que crezca y no permitiendo aquello que sea un peligro para él o para los demás.


Este será un trabajo largo, arduo y difícil; una confrontación muchas veces dolorosa. Una lucha en la que se medirán las fuerzas entre unos adultos que desean protegerle y un hijo que ama a sus padres y pero necesita pelear con ellos y eso hace sufrir. Una lucha que no es simétrica: los padres pueden escuchar al hijo, pero son ellos los que deciden, aún a riesgo de equivocarse. 

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