miércoles, 23 de octubre de 2019

Ángeles con sexo

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Posiblemente de entre las aportaciones del psicoanálisis a la cultura contemporánea la más escandalosa, la más controvertida, la más ridiculizada,y también la más importante, ha sido el reconocimiento de que los niños no solo tienen sexo sino también sexualidad; quiero decir que no solo poseen órganos sexuales, sino capacidad para usarlos y para obtener sensaciones placenteras. Fue escandalosa porque contradecía una idea de sexualidad domesticada al servicio exclusivo de la procreación y no como fuente de placer al alcance de todas las edades. Alteraba el mito de una infancia angélica libre de deseos libidinosos. Las observaciones que contradecían esta visión puritana eran consideradas como aberraciones que solo practicaban niños tarados, enfermos, desnaturalizados o viciosos que necesitaban tratamientos especiales como era el encierro en asilos o crueles terapias que llegaron, hasta no hace demasiado tiempo, a proponer la castración real de estos chicos considerados depravados.


La misma represión que caía en el uso no normativo de la sexualidad, es decir, procreativo, coital, heterosexual y genital atacaba a los niños que mostraban prácticas que no entraban en este patrón. Progresivamente el acercamiento más objetivo y desprejuiciado al mundo de la infancia y, en general, a conocimiento de la sexualidad humana, fueron permitiendo el reconocimiento de que los niños no eran sujetos a la espera de una adultez que les abriera las puertas al placer sexual.


Afirmar que los niños están dotados de su sexualidad no quiere decir que ésta sea igual que la de los adultos. La de éstos está referida al uso prioritario de los órganos genitales (pene o vagina) y deja otras partes de cuerpo como acompañantes periféricos a la actividad genital, mientras que la de los niños se muestra como repartida por toda la superficie corporal o centrada en algunas regiones no habitualmente reconocidas como sexuales, como pueden ser la boca o el ano.


No solo las conductas diferencian la sexualidad infantil de la adulta. El niño experimenta en su cuerpo sensaciones que le excitan y le intrigan. Por ello inicia una actividad intelectual de búsqueda y comprensión de los modos por los que le llegan esas excitaciones. En ese momento saber y placer van de la mano. La curiosidad le lleva a investigar en su propio cuerpo y en el de los demás, especialmente de los que tiene más próximos: los miembros de su familia, padres y hermanos. En su investigación el niño se transforma en un pequeño detective a la caza de los gestos con los que esas personas expresan su amor, su atracción o su deseo. Juegan a mirar y a tocar esos lugares especialmente interesantes de los cuerpos. Penes, vulvas, culos o pechos son objetos confusamente emocionantes. Los chicos entre ellos secretean alborozadamente con palabras o chistes que muchas veces no entienden del todo, pero de los que intuyen significaciones picantes. Necesitan entender las diferencias que les hacen ser niños y niñas. Las atracciones que experimentan por estas diferencias o por sus semejanzas. Con sus muñecos reproducen actos o escenas que les excitan y les acercan a la posibilidad de saber. Se trata de un saber muy particular, a medio camino entre el pensamiento y la experiencia, entre el placer y el descubrimiento. En su parcial desconocimiento buscan explicaciones y teorías que, si bien desde la perspectiva del adulto pueden parecer absurdas, fantásticas o alejadas de la realidad, contienen la verdad de responder a la necesidad de saber. Con su imaginación intentan hilvanar retazos de conversaciones oídas, imágenes tomadas al vuelo, sensaciones propias para dar coherencia a un relato sobre eso que se les presenta como misterioso. La tentación pedagógica considera que ese desconocimiento puede y debe ser resuelto mediante una información "verdadera", adecuada a la realidad. De esta manera los educadores creen que les proporcionan a los niños un atajo que les ahorrará ese tortuoso camino de idas, vueltas y revueltas por experiencias, dudas, preguntas, respuestas, "errores" y aciertos. Y no piensan que es justamente ese el camino el que les permite encontrar su propia sexualidad, no a la manera informativa del manual de educación sexual, sino a través de sus propias vivencias y de las preguntas que estas les planteen. A menudo los manuales o las clases de educación sexual o explicaciones de los adultos muy completas y bien formuladas responden a preguntas que el niño no se ha planteado en ese momento y para él no tienen ningún tipo de interés. Es común en estas explicaciones que se confunda información reproductiva con educación sexual. Claro que los niños están vivamente interesados en saber como nacen, pero sobre todo como se hacen y qué tiene todo eso que ver con las sensaciones emocionante y más o menos placenteras que ellos experimentan en su propio cuerpo.


Parecería que estoy descalificando el papel de los adultos y de la educación sexual que tanto ha costado introducir en la vida de las familias y en las escuelas. No es eso. Trato de transmitir que la educación sexual no puede reducirse a una asignatura con un temario, una nomenclatura técnica y una evaluación final. No digo que esto no sirva o que no sea necesario, lo que afirmo es que eso no es suficiente para que el niño vaya reconociéndose en su sexualidad.


¿Entonces, cuál puede ser el lugar de los adultos y de los padres en la sexualidad de los chicos? En primer lugar entenderla, saber que existe y que se manifiesta, aunque de manera diferente que en los mayores; que está dentro del cuerpo y de la mente de cada uno de ellos; que no es una experiencia racional y completamente consciente, porque nace del interior de su cuerpo y de la percepción del cuerpo de los demás, especialmente de sus padres por los que sienten interés, curiosidad, atracción y amor, siempre de una manera confusa y difícil de ordenar con el pensamiento; que cada momento y cada experiencia le crea preguntas a las que busca, como ya he dicho, respuestas. Para todo ello se requiere paciencia, espera y unos padres cercanos y dispuestos a responder a las cuestiones que verdaderamente les preocupen a sus hijos. Esto no se inventa, se va creando en la relación familiar, construyéndose poco a poco un ambiente de confianza. Los niños desde muy temprano van creando el recinto de su personalidad, de un si mismos que necesita de la intimidad. El pudor, la vergüenza en lo que se refiere a su sexualidad no es un defecto, forma parte de esa construcción de intimidad que el niño necesita que se le respete. A veces los padres en su intento de conocer a su hijo, con la mejor intención, le atosigan a preguntas y pueden hacerle sentir invadida su intimidad en construcción.


El exceso de restricciones que la sociedad ha puesto al ejercicio de la sexualidad ha generado un ideal opuesto de una sexualidad libre “natural” “sin tapujos”. Muchos padres han considerado que educar a sus hijos en la sexualidad era mostrarla abiertamente y sin tabúes, pero éstos existen: la cultura y la sociedad necesitan poner algunas restricciones al uso de la sexualidad. Una es ética: nadie se la puede imponer a otro contra su voluntad; otra es cultural: no se puede dar entre los miembros de la familia. Los padres han de saber que los chicos no son indiferentes a sus cuerpos; que su desnudez, compartir prolongadamente la cama o una presencia física excesivamente cercana pueden ser perturbadores para sus hijos. Si las caricias buscadas se hacen demasiado intensas, demasiado íntimas, la excitación puede llegar a ser insoportable para su subjetividad en construcción. Ver según qué escenas o imágenes pueden herir su sensibilidad y ante ellas el pretendido placer se puede transformar en angustia. En la actualidad los medios de comunicación de la red permiten que cualquier menor tenga acceso a cualquier contenido sexual explícito. Es trabajo de los padres cuidar el riesgo de esa sobreexposición. Lo que el niño necesita de los padres son palabras que le ayuden a entender, más que experiencias directas provenientes de los adultos. Los límites también existen para los padres. El niño puede sentirse más tranquilo si sabe que sus padres le protegen de sus propios impulsos.

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