viernes, 22 de noviembre de 2019

La Junta Electoral ha acertado

Manuel Fernando González Iglesias

A Quim Torra le ha debido dar un pasmo cuando ha visto que la Junta Electoral Central ha modificado en un pispás el debate televisivo de los grandes partidos, tras la denuncia de los partidos independentistas que hicieron ver al máximo órgano electoral que Vox no tiene todavía los votos democráticos que le permitan competir con los que sí han concurrido en anteriores comicios y los ciudadanos sí les han votado.


Las reglas del juego, cuando se respetan, nos benefician a todos, y cuando uno o unos van por libre, el cantautor convierte la Democracia en un sucedáneo de Satrapía para que solo sus ideas sean hegemónicas y por lo tanto democráticamente juzgables ante un Alto Tribunal. Eso es Libertad de expresión y no una pancarta colocada por funcionarios públicos -que pagamos todos- en un balcón de la Generalitat.


Cuando además Junqueras y Sànchez pueden decir lo que se les antoje -incluso desde la cárcel, aunque sigan en prisión hasta que acabe el Juicio en el Supremo- eso es también flexibilidad y un entendimiento abierto de la ley por parte de los mismos señores contra los que el President ha mantenido una actitud indecente por lo mucho que tiene de supremacista e irracional.


Conviene ya que todos entremos en razón y demos marcha atrás y comencemos a reconstruir lo que hemos derribado irresponsablemente, para que no se nos utilice, Nunca máis, como arma electoral y podamos volver a recuperar la tranquilidad y el progreso que se nos ha ido por las alcantarillas de la política, de la mala política, dejándonos vacíos y cabreados.


Aquí, en esta sección del diario, nunca hemos perdido la esperanza de volver a ser lo que ya éramos, añadiéndole al paisaje social, por ejemplo, un marco constitucional en que todos estemos cómodos.

Pero para eso hace falta todavía que las elecciones que vienen y que vendrán limpien los futuros parlamentos de patriotas y patrioteros de diverso signo ideológico, que lo único que hacen es subirse al escaño e insultar al contrincante y de paso olvidarse de las verdaderas necesidades de sus votantes.


Para eso hay que ir a votar y echar a los intolerantes y, sobre todo, a los mentirosos de todos los sexos.

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