sábado, 17 de agosto de 2019

Cuéntame un cuento

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

"Cargan con nuestros dioses y nuestro idioma,

con nuestros rencores y nuestro porvenir.

Por eso nos parece que son de goma

y que les bastan nuestros cuentos para dormir.

Nos empeñamos en dirigir sus vidas

sin saber el oficio y sin vocación.

Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones

con la leche templada y en cada canción".


(Joan Manuel Serrat. Esos locos bajitos)


Leo en el diario que una comisión de padres de una escuela se proponen eliminar de la biblioteca aquellos cuentos infantiles que tengan un contenido sexista.


La noticia informa de que se han expurgado 200, el 30% de los cuentos de la biblioteca, el 60% contienen algún estereotipo de género, pero se han mantenido por no dejar la biblioteca sin libros.


Hay cosas de la noticia que me inquietan. No tengo un criterio tan definido para manifestarme a favor o en contra de la medida. Refleja una posición desde la perspectiva de género, pero existen otras. Solo puedo aportar mis dudas, otro punto de vista y algo de espíritu crítico.


Por una parte, la idea de una comisión censora de la literatura infantil, evoca imágenes de un pasado represor que me genera un cierto rechazo. En este país durante algunas décadas Caperucita dejó de ser roja para llamase encarnada. Hubo libros que tuvieron que ser expurgados de contenidos políticos o eróticos para poder pasar la censura; otros, ni siquiera los pudimos leer; películas a las que les retorcieron el argumento para que simples amantes se convirtieran en sospechosos hermanos; escotes pintados, faldas alargadas, besos prohibidos.


Por otra parte, sé que en el caso que nos ocupa los destinatarios son niños a los que se busca proteger y que han de ser protegidos. Yo mismo en estas páginas he criticado los efectos traumáticos que pueden ejercer sobre ellos el fácil acceso a través de los medios a representaciones pornográficas, de violencia extrema o gratuita. También leo que se trata de proteger de contenidos que perpetúan estereotipos de género a los niños mas pequeños y, según la noticia, los cuentos que leen los niños tienen gran impacto en la formación de la identidad de la persona ya que se naturalizan conceptos en una edad en que aún no se tiene capacidad crítica. Es verdad, pero esto ocurre con los cuentos, las conversaciones de los adultos, la publicidad, los dibujos animados y el propio lenguaje. Si la misma comisión censora ha decidido limitar su actividad para evitar dejar vacía su biblioteca es porque no se trata de unos pocos cuentos ni de algunos de sus contenidos. Tal vez se trate de la literatura misma como reflejo o representación de la cultura existente. Habría que empezar a retirar la Biblia, la Ilíada, la Odisea, las obras de Sócrates, Platón Aristóteles, la mayoría de las tragedias griegas, la Eneida, gran parte de la poesía romana, la épica y la lírica medieval, la Divina Comedia… En fin, dejaríamos sin libros la biblioteca universal. El texto de la noticia que comento, leído en la edición digital de un diario de gran tirada, aparece flanqueado por anuncios de cosméticos, tiendas de moda femenina, así como otras informaciones sobre el escandaloso vídeo de la novia de un futbolista o el último implante pectoral de no se cual famosa con fotos del antes y el después. No parece fácil escapar del las identidades que llevan siglos forjándose.


Es cierto que Blancanieves, Cenicienta o la Bella Durmiente muestran personajes femeninos pasivos, a la espera del amor del hombre salvador; que la rivalidad entre mujeres está asociada a la envidia por la belleza o la atención del varón; que los roles de género aparecen fuertemente diferenciados: los femeninos son secundarios y subordinados a los masculinos, así las mujeres son bellas, dulces, amorosas, y sometidas, mientras que los varones son valientes, decididos, ingeniosos y fuertes. Pero no es que los cuentos sean sexistas, lo es la cultura que los ha escrito. 


También es cierto, aunque no sea el motivo principal de la purga de la escuela en cuestión, que la mayoría de los cuentos tradicionales contradicen la corrección de otras muchas ideas éticas contemporáneas: los estereotipos de maldad asociados a la vejez y a la fealdad; la crueldad de los castigos, o la representación de animales como ejemplos de maldad contrarios a las propuestas conservacionistas. Por los cuentos infantiles transitan el asesinato, la venganza, el canibalismo, la mutilación ola pena de muerte muchas veces justificados por una moral maniquea que permite cualquier maldad de los buenos contra los malos. Nada que no encontremos en la mitología, en las leyendas medievales y en la literatura de todos los tiempos, aunque la mayoría de los cuentos tradicionales han sido ya dulcificados en las versiones actuales y seguramente los cuentos censurados por esa escuela no contienen las truculencias que traían sus versiones originales. Evidentemente nadie en la actualidad puede defender esos contenidos, yo tampoco. Por tanto la condena es obvia y fácil. Sin embargo podríamos ir un poco más allá para preguntarnos por las razones de su popularidad. Algo deben querer decir para que, antes de la invasión publicitaria y de las plataformas digitales, cuando las noticias circulaban en carro, hubiera historias que se difundieron por medio mundo durante siglos, poblaran el imaginario infantil y constituyeran una cultura propia.


Tal vez si pensamos en los cuentos y en los niños que los leen o los escuchan con interés podríamos entender mejor el mundo infantil. No porque estos cuentos hayan sido escritos por ellos, ni posiblemente para ellos, sino por ese interés que ha llegado a hacer de sus protagonistas, para bien o para mal, representantes o representaciones de un mundo interno.


La mayoría de estos cuentos tal como los conocemos en la actualidad tienen orígenes mucho más antiguos, proceden de mitos o leyendas trasmitidas oralmente y que a partir de los siglos XVII y XVIII autores como Perrault, los hermanos Grimm o Andersen les dan una forma literaria generalmente eliminando los aspectos más crudos o eróticos. Es paradójico que esos cuentos, ahora anatemizados, se escribieron con una finalidad moralizante. Los valores evolucionan y cambian. Los escritores de hace dos siglos no podían moralizar sobre el lugar asignado a la mujer, pero sí sobre la envidia que despertaba en unas la belleza de otras.No sabemos qué censurarán las comisiones de padres del siglo XXIII.


¿De qué hablan los cuentos tradicionales y por qué atraen el interés de los niños? Blancanieves, de la envidia de los padres por la belleza y la juventud de los hijos; Cenicienta, de la envidia, los celos y la rivalidad entre las hermanas, de la crueldad, la humillación, la venganza y el castigo; Caperucita, de los peligros que acechan a las niñas por parte de adultos seductores que engañan con su astucia y el tamaño de sus órganos; la Bella Durmiente, del proteccionismo celoso de los adultos,de la detención de la vida infantil para que la niña no llegue a la pubertad (le salga sangre), del renacimiento a la sexualidad adulta dirigida al objeto de amor; Piel de Asno, del amor incestuoso de un padre viudo por su hija y su resolución en la exogamia de ambos; Hansel, Grettel, Peter Pan y Pulgarcito, de padres que abandonan a sus hijos y la capacidad de ellos para sobrevivir sin los progenitores (resiliencia, se dice ahora). En resumen, hablan de pasiones y de conflictos. El amor, el odio, la venganza, el castigo, la muerte, los celos, la envidia, el sexo. Se mueven en los límites del bien y del mal, se castigan y se ejercen transgresiones. Rompen tabúes: los padres no siempre son buenos. Pueden ser ogros caníbales, magos oscuros, reyes injustos, crueles, incluso incestuosos. Las madres, pueden ser madrastras envidiosamente asesinas, o brujas con poderes sobrenaturales para ejercer el mal. Los hermanos no siempre son fraternales. Es decir, temas y situaciones que de manera real o simbólica forman parte de la vida.


¿De verdad que no existen madres y padres que se miran en el espejo para ver si pueden mantener la juventud que hijos e hijas les disputan? ¿No existe en el pensamiento infantil el anhelo de vivir en un mundo exótico sin los padres? ¿No hay niñas y niños a los que una excitante curiosidad les lleva a meterse en bosque oscuros, habitados por lobos violentos o seductores? ¿No necesitan a ciertas edades construir ideas mágicas que les tranquilicen, momentáneamente, ante la amenaza de la muerte? ¿O familiarizarse con ella a través de su constante presencia en los cuentos?


Los cuentos no son catecismos. Los cuentos tradicionales ofrecen unas posibilidades al pensamiento que muchas veces no proporcionan alguna bienintencionada literatura infantil. Creemos que protegemos cuando ocultamos al niño algunas difíciles situaciones vitales. La idealización del niño nos lleva a imaginárnoslo lejos de sentimientos violentos, de miedos o angustias sin nombre. Pero no es así. El niño se siente frágil, inerme ante un mundo que le excede y unos adultos de los que depende para casi todo. Por eso teme perderlos y al poder que ejercen sobre él. Para compensar sus temores necesita soñar con niños grandiosos, capaces de sobrevivir sin los padres: pulgarcitos, sastrecillos valientes o peterpans. Necesita hermanastras celosas o padrastros odiosos que acompañen los celos al hermano recién nacido o el odio a los padres que se lo han traído. Experimenta vivencias corporales, excitaciones y sensaciones que no comprende, le inquietan y vinculan oscuramente con las caricias que intercambian los padres o con su propia atracción por el cuerpo de ellos o de otros niños. Los cuentos infantiles proporcionan imágenes, a veces románticas a veces brutales, al deseo, al amor o al sexo. 


Volviendo a la formación de la identidad y a los estereotipos de género. Desde que nacen, a los niños, consciente o inconscientemente, les vamos colando identidad. La de género y otras miles. Y por supuesto lo hacemos en una edad en la que aún no tienen capacidad crítica. “Cargan con nuestros dioses (aunque seamos ateos) y nuestro idioma, con nuestro rencores y nuestro porvenir”. “Les vamos trasmitiendo nuestras frustraciones con la leche templada y en cada canción”. La capacidad crítica viene después cuando comienzan a decir “no” a los adultos, cuando comienzan a ser incorrectos; a decir cosas no inculcadas por los padres; a hablar de pedos y culos, a jugar a matar y a morir; a afirmarse en la diferencia y reafirmarse en la terquedad; probarse una identidad propia; a disfrazarse de todo.


Existen edades en las que la necesidad de afirmarse en el propio sexo les lleva a exagerar hasta la caricatura los rasgos y maneras que ellos creen masculinos o femeninos. Así los chicos exhiben músculos, presumen de duros y se muestran despreciativos con la niñas. Ellas se mimetizan con modelos que consideran femeninos, afectados y también despreciativos con la “brutalidad” de ellos. Es una manera de consolidar una identidad, la mayoría de las veces transitoria, evolutiva que no tiene por qué perdurar ni mucho menos contribuir a actitudes machistas o de violencia de género, como afirma la nota sobre el colegio donde se realiza esta “experiencia pionera”.


Mucho me temo que con esos intentos de sanear los cuentos tradicionales de contenidos incorrectos estemos lanzando el agua de la bañera con el niño dentro. Como he repetido la incorrección no esta en los cuentos, sino en la vida, y la vida se cuela por cualquier resquicio que los educadores no pueden tapar. Hay otra manera entender la educación que trata no de ocultar lo considerado incorrecto, sino de explicar y acompañar. De hecho, los cuentos no comienzan leyéndolos los niños. Son los adultos quienes se los leen y quienes van respondiendo a las, a veces, infinitas preguntas que a los niños les suscitan la lectura. En ese juego de preguntas y respuestas puede surgir también el acuerdo y el desacuerdo, el intercambio de opiniones y contrates, en definitiva la construcción de un pensamiento crítico no basado el moralismo maniqueo de bueno o malo sino en la diferencia y el debate.

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