lunes, 11 de noviembre de 2019

Andrea Camilleri: “Desde que no veo, miro mejor”

Edmundo Font
Diplomático

"Estar ciego es una fortuna. Es un bien no ver ciertos rostros que siembran el odio”, decía Camilleri, uno de los escritores de mayor calado humanista en una época sembrada de políticas insolidarias con los semejantes y con el mismo planeta, que perfilan criminales involuciones sociales con precedentes claros en conflictos mundiales que ahora pasan por la desmemoria y la manipulación informativa, léase: el despliegue racista de la extrema derecha y los fascismos encubiertos en muchas democracias del mundo.


Andrea camilleri luca zingarettiAndrea Camilleri y Luca Zingaretti, intérprete del comisario Montalbano


Y esa frase lapidaria del gran escritor italiano muerto el miércoles 17 en Roma la inspiró su vice premier, en relación a una política sobre la migración que deja a la deriva, sin el asilo debido, a cientos de niños, mujeres y hombres que intentan llegar a las playas italianas en busca de cobijo desde las costas africanas, huyendo de los genocidios y del hambre.


Camilleri en este contexto agregaba: “No quiero morir mal. Con el humor negro de la sombra en la puesta de sol. Quiero morir con la esperanza de que mis nietos y bisnietos vivan en un mundo de paz. Es necesario que los jóvenes se comprometan porque el futuro son ellos y está en sus manos. Espero mucho de las nuevas generaciones, muchísimo. No me desilusionen...”; y agregó: rebélense.


El director de teatro, guionista, autor dramático, novelista, escritor de más de cien volúmenes con 25 millones de libros vendidos, era un personaje entrañable, de voz muy grave, acavernada por miles de cigarros y litros de whisky, de ademanes parcos pero severos, y una capacidad luminosa para indignarse e interpretar el alma italiana contemporánea, en su grandeza y en sus miserias. Un hombre sabio sin concesiones a la rampante mediocridad de quienes procuran banalidad y lucro, corrompiendo y falseando valores. Este íntegro ser humano que vivió y murió entre el silencio con luz de la palabra escrita apeló siempre a la obligación de las justas responsabilidades sociales.


Como su personaje más emblemático, el Comisario Montalbano, bautizado así en honor de su talentoso par escritor gastrónomo Manolo Vázquez Montalban, Camilleri fue un hombre amante de los buenos platos y vinos. Un homenaje suculento a su memoria sería preparar una fiel receta de sus Arancini (cuya traducción pasa por naranjitas) que le dieron nombre a una de las novelas de su serie y que son una suerte de croquetas de arroz perfumadas de azafrán, rellenas de salsa boloñesa, parmigiano, mozzarela -mejor de bufala- chícharos y aceite extra virgen de oliva. Esta delicia mediterránea es también motivo de riña regional con los calabreses, aunque la versión siciliana es la que más se ajusta a la provocación literaria que el Comisario Montalbano degusta en un escenario de excelsa belleza reducida a una terraza a los pies de una pequeña cala, a lado de un faro, frente a uno de los más mares más hondos en belleza mitológica del mundo. El propio Camilleri ya refería que la felicidad está hecha de cosas ridículas, que yo traduzco en las simples y supuestamente intrascendentes.


Con la partida de este ejemplar hombre de letras comparto con muchos un sentimiento de orfandad. No lo conocí en mi época de varios años romanos, pero la coincidencia de propósitos en su visión del mundo y de la vida con la aspiración hacia los valores límpidos que él ha representado en su trayectoria personal insobornable y en su obra, me provocan la sensación que da la pérdida de un padre.


Así fue también cuando murió Derek Walcott, el Nobel de Literatura caribeño que nos acogió a mi mujer y a mi en Santa Lucía con una dimensión más filial que fraterna. Traigo a colación a esa otra gran figura de la alta creación poliédrica -teatro, poesía, ensayo, dirección, pintura- porque el talante en extremo sensible hacia los pobres de la tierra y a quienes sufren lo emparenta, en carácter y postura moral, a quien apenas nos ha dejado, y con una sentencia de reflexión fundamental: “No le tengo miedo a morir, si no a dejar a quienes amo...”

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