Niños solos

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Escucho una noticia por la radio: un niño publicó en una red social el acoso al que le sometían sus compañeros de escuela y cómo gracias a la cadena de apoyo lograda ha podido resolver su problema. Acaba el chico diciendo “gracias Twitter”. Bien por el chico que ha sabido servir recursos a su alcance, bien por el resultado, pero se me abren algunos interrogantes: ¿no había nadie más por allí? ¿no lo supieron antes los padres? ¿y los maestros, no observaron nada? Se alaba la autonomía del chico y su capacidad para afrontar con sus propios medios la situación que le angustiaba, pero ¿no estaremos haciendo de la necesidad virtud?


Detrás de muchas de las cosas que preocupan de la infancia actual encontramos niños solos. La soledad no es única hay muchos tipos de soledades como de compañías y algunas compañías solo son el disfraz de la soledad.


Algunas soledades son más evidentes que otras, algunas ya han sido ampliamente difundidas. Las horas que muchos niños pasan con la única compañía del televisor, no por ser un tópico deja de ser la forma más común de tapar la soledad, sobre todo para el propio niño que se siente distraído, más o menos interesado por lo que ve y, conscientemente, no parece experimentar la soledad que sentiría si no hubiera nadie en casa o se hubiera perdido en un centro comercial. Digo televisor y tal vez habría de decir pantallas, no es lo mismo la televisión que el vídeo juego o internet; existen diferencias en el manejo y en los efectos de unos y otros pero por motivos de espacio me refiero a estos sistemas audio visuales de manera genérica. El chico ante la pantalla ve pasar de manera incesante imágenes que le crean un estado semihipnótico, le aíslan de lo que le rodea y pierde el control del tiempo,si nadie está presente para pararlo. Este estado, en ocasiones está al margen del contenido de esas imágenes. Pueden ser incluso incomprensibles para él. La imagen se consume por ella misma independientemente de su significación. La mayoría de las veces atraen por su espectacularidad, su magnetismo reside en su capacidad excitante. El niño recibe un bombardeo de estímulos que le es difícil digerir, más cuanto más pequeño, cuando menos capacidad tiene de dar significado a lo que ve. Es fácil que acabe inquieto física y psíquicamente. El problema no reside en la pantalla sino en su uso o, mejor, en su abuso. Ahí la presencia activa del adulto es completamente necesaria. Para limitar, también para orientar acerca de lo que conviene o no ver al hijo, pero sobre todo para dar sentido a lo que al chico le puede llegar de manera confusa e indiscriminada sobre todo en unos tiempos en los que internet permite el acceso a cualquier contenido. En el abuso del televisor está la necesidad de los padres de disponer de tiempo para otras tareas, o simplemente para echar una siesta después de una mañana de trabajo agotador, en el peor de los casos, para sacarse de encima la atención al hijo, que, en según qué condiciones, puede ser agotadora. El resultado es un niño acompañado de su soledad y tal vez de la de sus padres.


No siempre estamos ante padres negligentes. La mayoría han de hacer malabarismos para compaginar sus horarios ente y poder estar con los hijos. En esas condiciones se genera otro tipo de soledad en el chico: la de vivirse como un problema para sus padres: darse cuenta de que unas décimas de temperatura al despertar crean un trastorno familiar: “¿Puedes quedarte tú?” “Imposible, tengo una reunión y no puedo faltar” “Pues mi compañera está de baja y no queda nadie para atender al público” “Siempre estamos igual” “Es que la mayoría de las veces me quedo yo”“No es verdad, yo me he quedado muchísimas veces” “Bueno, no vamos a discutir ahora ¿Llamamos a tu madre?” “Ya sabes lo que pasó la última vez…"


En esta situación, vamos a llamarla de baja intensidad, el niño puede sentirse culpabilizado por haberles creado un conflicto a los padres, por haber provocado su mal humor, o incluso una disputa entre ellos. La escena se puede repetir para recogerlo a la salida del colegio, para acompañarlo al entreno, para ayudarlo con los deberes, o hacerle el bocadillo. Algunos padres califican esto como problemas de logística, de cruzar tareas prácticas con horarios incompatibles. 


En esas condiciones no es de extrañar distracciones más o menos importantes, olvidos, carreras y nervios. La imagen del niño esperando a uno u otro progenitor en el vestíbulo de la escuela ya se ha hecho un lugar común en el cine para reflejar el problema. Los hermanos mayores o los abuelos suelen ser un recurso que muchas veces carga con responsabilidades difíciles de asumir a personas demasiado jóvenes o demasiado mayores. Gran parte de lo que llamamos actividades extraescolares responde más a la necesidad de “colocar” al niño, que a una auténtica necesidad de éste, aunque se argumenten razones pedagógicas, o educativas. Actividades todas ellas convenientes que la escuela ya atiende o debería atender sin alargar innecesariamente el horario escolar. El chico ya sabe que no tiene alternativa, él está allí porque los padres están allá: en sus actividades laborales o profesionales, haciendo horas extras obligatorias.


Existen situaciones de intensidad más alta para ser soportada por el niño. O donde los que están encargados de cuidarlos no saben, no pueden o no quieren hacerlo. Me refiero a las situaciones de violencia o graves conflictos familiares donde el niño o queda relegado como un objeto inexistente o es directamente víctima de esa violencia. Sin llegar a la violencia que con demasiada frecuencia llena las páginas de sucesos de los diarios, casi todos hemos presenciado esos procesos de divorcio en los que los hijos son rehenes de los deseos de venganza de sus progenitores. En el intento de uno y otro de salir ganadores en el combate, tironean de los hijos para ganárselos para su causa. No vacilan en presentar al contrario con todos las lacras posibles; les comunican a los hijos los secretos conflictos de su intimidad; les niegan las aportaciones económicas necesarias para su sustento; desaparecen de las vidas de sus hijos, o niegan al otro ex cónyuge el derecho y el deber de visitarlos. Dejan a los hijos en una especie de orfandad subjetiva, ellos aman y desean ser amados por ambos padres pero se ven inmersos en un conflicto de lealtades que les exige tomar partido si desean conservar ese amor. Pero ninguno de los padres, inmerso en su propia batalla, está en condiciones de acompañar al niño en su doloroso conflicto.


Hay muchos estudios sobre los efectos de estas soledades sobre el psiquismo de los hijos. Los que trabajamos con ellos escuchamos sus estados de desánimo, el desapego triste de unos padres a los que ven sobre todo resolviendo problemas de logística cotidiana, asumiendo ellos también una perspectiva pragmática de las relaciones familiares. Pueden sentir el amor de los padres en esas actividades cuidadoras pero no les son fáciles confiar su intimidad, sus preocupaciones, dudas, inquietudes o temores como los del “niño Twitter”, que antes de hablar con sus padre y educadores eligió apañárselas él mismo a través de las redes sociales. Otros intentan sacar provecho de la ausencia de los padres saltándose los límites que estos les imponen. O simplemente se exponen a peligros porque no hay nadie que se lo advierta.


La soledad de los niños no solo se debe a la escasez de tiempo de los padres para estar con ellos. Se trata más bien de carencia de palabras. De palabras que acompañen, que expliquen, que den la seguridad de que junto al hijo o la hija hay un padre o una madre que acoge sus temores, que entiende algo mas que él la complejidad de la vida y la dimensión de una realidad que le viene excesivamente grande.


La vida infantil hace un largo recorrido desde la dependencia absoluta del recién nacido hasta la relativa autonomía del adulto. Una modalidad educativa hace de la autonomía un valor casi absoluto. Según aquella el niño ha de ser capaz de resolver por si mismo casi todos los problemas con los que le asalte la vida sin tener en cuenta si está en condiciones de poderlo hacer. Esto es lo que alaba el comentario del niño de Twitter. Se promueve una moral darwinista a base de pruebas de resistencia que le acostumbren y le enseñen a afrontar con éxito los avatares de la vida; los chicos han de seguir un manual de supervivencia que seleccione a los mas aptos para la vida. Desde edades tempranas han de practicar deportes, aprender idiomas, soportar alejamientos de sus padres, estudiar mucho mas allá de lo que le demanda su actividad escolar habitual. Es una educación endurecedora, que tiende a forjar individuos pragmáticos con grandes capacidades de adaptarse a los valores sociales dominantes y a su concepción del éxito. Pero que les deja solos a la hora de construirse como sujeto de una interioridad que necesita de los de más para sostenerse anímicamente.


Los niños en su crecimiento van estrenando la vida día a día. A cada momento se encuentran con realidades y situaciones nuevas que no entienden y necesitan entender para resolverlas. En este proceso van elaborando teorías más o menos fantasiosas que intentan dar sentido a lo que no comprenden. Los niños piensan, a veces mucho, casi siempre más de lo que creen los adultos. Son ideas que construyen en divagaciones necesariamente solitarias. Se trata esta de una soledad necesaria para la construcción del pensamiento creativo y de la intimidad subjetiva. Pero en algún momento la realidad se hace demasiado grande para que el chico la pueda abarcar con sus propios recursos físicos y mentales. Ahí surge la necesidad de un adulto que esté presente, que le conozca, que le escuche y que le eche una mano.

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