La nueva clase social inútil

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Poco a poco la idea de que la robotización de nuestras democracias hará innecesarios muchos empleos remunerados se abre paso en el imaginario colectivo de las gentes. Ya no se rechaza desdeñosamente. Ni se la considera como una fantasía futurística. Al límite, los miembros de las ‘clases trabajadoras’ del presente piensan que a ellos no les afectará. Craso error. La crisis de la pandemia del Covid 19 ha puesto de relieve la emergencia de una nueva clase social en las afueras del mercado laboral formal. Y no se trata simplemente de un precariado coyuntural atento a volver a la ‘vieja normalidad’ del puesto de trabajo, como interpretan algunos tradicionales sindicatos de clase (trabajadora formal). Es una nueva clase calificada de ‘inútil’ por el chispeante pensador israelí, Yuval Noah Harari, y que está compuesta de superfluos laborales. Veamos.


Robots de Boston Dynamics apila cajas



En 2013, un estudio de Carl Benedikt Frey y Michael A. Osborne examinaba, mediante métodos de investigación innovadores, las características de más de 700 empleos en EE UU en el año 2010, los cuales eran susceptibles de ser automatizados y robotizados en los próximos decenios. Sus cálculos y estimaciones hablaban de que hasta un 47% de puestos de trabajos serían potencialmente sustituibles por los robots o las aplicaciones digitales, de Inteligencia Artificial (IA) o de Big Data. Y es que la IA provee de algoritmos sin consciencia pero que pueden hacer casi de todo mejor (más productivo) que los humanos.


Naturalmente los puestos de trabajo ‘superfluos’ susceptibles de desaparición más acelerada se identificaban como los de baja cualificación y los rutinarios. Solo aquellos basados en el ‘pensamiento experto’ orientado a resolver problemas para los cuales no hay soluciones regladas o predeterminadas se salvarían e incluso serían más demandados. Pero también serían palmariamente insuficientes para sustituir a aquellos excedentes. ¿Condenaríamos a esa nueva clase inútil al ostracismo, la pobreza extrema e incluso a su desaparición física como penosamente nos ha mostrado le eugenesia inducida por el Coronavirus en nuestras residencias de mayores? Ya se sabe que el sistema económico local y global sigue conformado por unas relaciones diádicas que establecen que lo productivo es bueno y lo inútil malo.


Los programas de rentas mínimas garantizadas (para sobrevivir, si acaso) se han implementado precisamente para evitar los procesos descritos. No se trata de políticas públicas que respondan sensu strictu al derecho básico a la vida como algunos ‘idealistas’ venimos proclamando desde hace años en asociaciones como BIEN. Pero ayudan a resolver situaciones de vulnerabilidad social y van en la buena dirección hacía nuestra ulterior aspiración de dignidad humana.


¿Qué le restaría por hacer a la nueva clase inútil? Nada impediría a sus miembros su desarrollo existencial sin la exigencia del trabajo asalariado. Los críticos dirán que su génesis sería resultado de una solidaridad tramposa que solo favorecería a haraganes que quieren vivir de la ‘sopa boba’ y a costa de los demás. Sin embargo, nadie podría negarles su condición de ciudadanos de pleno derecho. Aquellos que apoyan a las dictaduras de los súbditos, y a las que ahora se rebautizan eufemísticamente como democracias iliberales, así como los talibanes del neoliberalismo depredador, pugnarían por la eliminación del propio concepto de ciudadanía. Para aquellos de orientación más fundamentalista, los nuevos ‘inútiles’ hasta niegan la máxima bíblica de que “te ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Génesis 3:19).


Pero los datos son tozudos y, pese a los adalides de la ética del trabajo remunerado, no deberían ignorarse: cada vez habrá menos trabajo asalariado para aquellos que quieran tomar autónomamente esa ruta en sus proyectos vitales profesionales. Además, la mayor parte de nuestro planeta ya está patrimonializada por entidades intersubjetivas no-humanas como son los estados y, en creciente medida, las corporaciones. En realidad la utilización de los eficientes algoritmos para incrementar productividad y consumo avanza de modo instrumental en el control de sociedades y economías. Ese es el caso del neofeudalismo que se expande globalmente en modo imparable.


En el escenario de neofeudalismo al que asistimos, unos pocos se empeñan en controlar los recursos de los nuevos “siervos de la gleba” y de la nueva clase social inútil. Las tendencias en sociedades como la estadounidense, con la ubicua presencia e influencia de los cuatro grandes señores feudales (Amazon, Apple, Facebook, Google), apuntan a un nuevo orden social. Con la irrupción de la inteligencia artificial, los algoritmos y la robotización, considerado el cambio tecnológico en su conjunto, los nuevos señores feudales corporativos maximizan su maniobrabilidad operativa. No solo pueden hacer análisis de mercadotecnia y estrategias mercantiles. Sus sofisticados estudios de investigación social superan la capacidad de los que pueden llevar a cabo los organismos públicos. Por eso las grandes corporaciones devienen cada vez más poderosas y, por ende, intocables. Jeff Bezos y Mark Zuckeberg ya le hablan de “tu a tu a Trump” (imagínense sus relaciones con mindundis de todo pelaje al frente de pequeños gobiernos nacionales). Ante tal estado de cosas, poco pueden hacer individualmente los estados ‘soberanos e independientes’.


Sólo un escenario como el que ofrecen los derechos sociales de los Estados del Bienestar y el Modelo Social Europeo, en su conjunto, pueden amparar el derecho a la vida de subordinados e inútiles. La alternativa bien podría ser, en un futuro no muy lejano, su sujeción a los intereses creados por los grandes señores feudales. A la postre, de lo que estamos hablando es simple y llanamente de ciudadanía. Es precisamente la condición de ciudadanos la que confiere identidad y libertad a las gentes en el Viejo Continente. Frente a ellos el neoliberalismo anglo-norteamericano no ceja en procurarse un futuro neofeudal de control manteniendo plusvalías y desigualdad. Hay alternativas que pueden auspiciar que los robots paguen sus correspondientes impuestos y que se implanten tasas impositivas a todas las transacciones financieras posibilitadoras de una sana utilidad ciudadana y, por ende, de la sociedad compasiva. “Cuán largo me lo fiais”, asevera el fiel escudero. Posible es; probable, no tanto; ¿deseable? Juzguen ustedes mismos…

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