Las deudas, ¿Se pagan...?

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

La respuesta sin paliativos es ‘sí’. Se trata de un axioma del que es arriesgado escabullirse sin cuestionar la convivencia cívica en las sociedades humanas. Empero, convendría indagar en las formas y los contenidos de las deudas porque, ¿son todas ellas asimilables a un único patrón de exigencia ética?


Dinero



Según Wolfgang Schäuble, exministro de finanzas (2009-17) en los gobiernos democristianos de Angela Merkel, y factótum en el Eurogrupo que impuso a Grecia la renegociación de su deuda en 2015, no hay distinciones que hacer. Lo que se debe se paga. Punto.


En la muy entretenida película del siempre combatiente Costa-Gravas, ‘Comportarse como adultos’, adaptación del libro con el mismo título escrito por Yanis Varoufakis, a la sazón ministro griego de finanzas, el asunto de la deuda es el motivo central de la trama cinematográfica. La posición del economista ‘maldito’ heleno es que sí: las deudas se pagan si se le permite al acreedor vivir para poder llevarlo a cabo. En palabras simples, si para pagar la deuda se obliga a endeudarse aún más, la posibilidad de ponerse al corriente de pago es remota. A no ser que, como sugiere en el filme algún miembro del Eurogrupo, se vendan los aeropuertos, puertos y otros bienes públicos griegos al capital privado. Y se reduzcan drásticamente, claro está, las prestaciones sociales de la seguridad social a los beneficiarios de las clases medias y subordinadas.


Los talibanes del neoliberalismo han rebautizado al economista griego como Varoufuck, en un juego de palabras en el que se inserta en su apellido el denostado ‘jodido’, imprecación por excelencia de la moderna lengua de Chaucer. El europeísta Varoufakis es odiado por especuladores, hombres de negro y troikas de ortodoxias financieras. Sus veleidades ‘marxistizantes’ inciden en su condición de peligroso enemigo para los masters of the universe del Wall St. neoyorquino y la City londinense.


El fondo de la cuestión incorpora, cuando menos, una doble perspectiva moral y sociopolítica. Si respecto a la primera, y por muy condicionados psicológicamente que los dirigentes alemanes estuviesen por el recuerdo del desastre inflacionario durante la República de Weimar tras la debacle de la I Guerra Mundial, no debe olvidarse la sinonimia en el credo cristiano entre ‘deuda’ y ‘pecado’ (Evangelio de san Mateo, 6: 12). De acuerdo a tal prescripción, la austeridad debe imponer su implacable lógica y los griegos y otros mediterráneos tienen que penar por sus pecados dispendiosos de manera impostergable. No valen absoluciones de confesionarios para recaer en el pecado una y otra vez. Tal visión ha provocado un resurgir de los estereotipos entre europeos septentrionales y meridionales altamente dañino para el proyecto europeizador.


Recuérdese que los propios alemanes occidentales no aplicaron el mismo Diktat a sus hermanos de la RDA cuando en 1990 decidieron comprar sus marcos sin valor y reconstruir prácticamente desde cero un país que había cometido el ‘pecado mortal’ del comunismo anticapitalista. El rescate pagado desde 1989 por integrar a la economía de un país de apenas 17 millones de habitantes costó a la nueva Alemania tres trillones de euros (millones de millones), una cantidad equivalente entonces a toda la suma de la deuda pública soberana de los países PIGS (España, Grecia, Italia y Portugal).


Los adalides de la Europa asocial favorecen una sociedad de mercado donde la independencia personal prevalezca sobre cualquier otra consideración. En vez de una militancia de hostilidad hacia el colectivo social, se prefiere una posición de autosuficiencia en clave personal con una evitación de obligaciones sociales. En tal marco asocial cuenta sobremanera la insaciable pulsión por el consumismo egoísta y la avaricia acaparadora, identificados ambos como inapelables motores de la existencia humana y principios guía de toda actividad económica. Según la seminal idea del consumismo conspicuo conceptualizada por el preclaro sociólogo Thorstein Veblen, se apuntaba que el capitalismo consumista en el que ahora nos vemos enfangados haría a los ciudadanos cautivos de la industria de la satisfacción individual inmediata. Con o sin dinero.


Para nuestro ministro de Universidades, Manuel Castells, uno de nuestros más reputados sociólogos internacionales de los últimos decenios, junto con los malogrados Juan Linz y Salvador Giner, asistimos al ocaso del consumismo de satisfacción individual desenfrenado provocado por una globalización anárquica y sin regulación que apunta un modelo económico destructivo con nuestra querida Gaia y a la prevalencia del autointerés en las relaciones humanas. El consumismo conspicuo se ha convertido en consumismo envidioso y las gentes se endeudan sin tegua para comprar un SUV más impactante que el de sus vecinos, o para vivir en casas suburbanas pagando hipotecas con principio pero con dudoso fin. Y es que el común mayoritario de los ciudadanos no dispone de una cantidad de dinero en efectivo para pagar de una sola vez sus adquisiciones patrimoniales y ver cumplidos sus sueños hollywoodienses de mansiones en el extrarradio de nuestras urbes.


No les desvelo a los lectores cómo acaba el pulso entre Varoufakis y el Eurogrupo en 2015 recreado en la película de Costa-Gravas. Pero es fácil de colegir. No sucede como con los happy end hollywoodienses, ahora reminiscencias de una ‘vieja normalidad’ en pugna por reubicarse tras la pandemia del Covid-19. En el entretiempo, recordemos que el propio Schäuble ha manifestado que en la crisis actual no deben dejarse que las decisiones sociopolíticas sean tomadas por los epidemiólogos. Paralizar la economía durante dos años tendría consecuencias terribles. Consecuencias devastadoras para lo que no tienen y ni siquiera pueden endeudarse, ¿verdad? 

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