Eppur si muove: las arenas de Mankell II

Edmundo Font
Diplomático

"Lo repugnante puede resultar atractivo a veces. Aterrador, amenazante, pero también tentador. Como cuando nos acercamos a algo que huele mal, pero no podemos dejar de aspirar el hedor."


Del capítulo 63 de las "Arenas Movedizas" de Henning Mankell.


Estas memorias del notable escritor sueco Henning Mankell han calan hondo, porque sin pretender erigir lo que pudo ser en su texto final un ensayo aleccionador y moralista, las páginas de las "Arenas Movedizas" tienen el peso y la densidad de un testamento de extremada pertinencia en los tiempos críticos que corren.


Este hombre de letras que dividió su espacio vital en los extremos geográficos de un estado de bienestar nórdico de los más altos del mundo y la miseria neocolonial de algunos países de África, sobre todo en Mozambique, ha muerto poniendo al día en su escritura preocupaciones de extremada vigencia, como el tema de los desechos tóxicos provenientes de la energía nuclear.


El ejemplo que nos deja este autor visionario es de un rigor intelectual al servicio de causas sociales enunciadas con la empatía humanísticas de quién cultivó una conciencia ética, a partir del dolor que le causaba el sufrimiento ajeno y las injusticias de todo tipo; Mankell deja plasmadas sus huellas de fiel testigo de su tiempo en vitales propuestas literarias reflejadas en su fascinación por la dramaturgia, su aportación singular al género de la novela policíaca y la reflexión filosófica, poética, y sociológica de su último libro que tituló "Arenas Movedizas".


Algunos de los 67 capítulos en que dividió su obra final son joyas de relatos breves que nos conmueven de manera profunda, como el número 57, donde la naturaleza tan brutal de un grave acontecimiento que atestigua se antoja simplemente inverosímil y con ribetes de una crueldad enorme por parte de la sinrazón que se oculta detrás de todo accidente mortal. "Catástrofe en una autopista alemana" es una muestra de la suprema capacidad de observación de un escritor que extrae de la realidad más cruda la materia "artística" de su escritura y nos conmueve de arriba a abajo con un estilo sin concesiones sentimentaloides.


Mankell fue un escritor que no dejó nunca de observar seres y acontecimientos a su alrededor y de mirarse a sí mismo con una severidad poco frecuente en escritores que abordan géneros aparentemente superficiales como los de la llamada novela negra. De allí que su libro definitivo sea también una suerte de ejercicio para poner acentos en su trabajo literario y librarse de caer en maniqueísmo del bien y del mal; pareciera que más allá de exponer crímenes y enjuiciarlos, su finalidad haya sido tratar de entender las pulsiones que motivan a algunos seres humanos a cebarse con el dolor ajeno.


Con todas las proporciones guardadas, la visión de Mankell me recuerda algunos de los instantes reveladores de la obra de Albert Camus en lo que ésta tuvo de obsesión por ahondar en los mecanismos más complejos y absurdos de la naturaleza humana.


El sentimiento de la muerte sobrevuela todo el libro. No era para menos. Mankell sabía que el cáncer que le habían descubierto por acaso, tardíamente, era una amenaza indeterminada pero ineluctable. A través de sus 374 páginas el fantasma negro con la guadaña planea con referencias a otras muertes accidentales o causadas por malignidad extrema, pero en ningún momento vemos flaquear la voluntad del autor de seguir viviendo, y asistimos a pormenorizadas reflexiones sobre el suicidio, del cual el propio Mankell se aleja cuando medita sobre el castigo que representaría para sus seres queridos el complejo de culpa que ellos podrían experimentar al sentir no haber hecho todo lo necesario para evitarlo.


Y en medio de la gravedad de algunos temas tratados en las "Arenas Movedizas" nuestro admirado escritor plasma también un guiño de exacerbado humor negro: en el memorable capítulo 63 titulado "El Cadavérico en el banquillo del acusado" Mankell traza un argumento surrealista portentoso al hablar de una obra pictórica célebre de Jean-Paul Laurens que rememora un hecho esperpéntico en la lucha extrema por el poder de algunos Papas. Y no cuento más, pero se trata de un episodio que pensaríamos improbable por sus refinados niveles de crueldad y de maldad, disfrazadas de juicio sumario, después mismo de la muerte, de un supuesto réprobo jefe de la iglesia católica.


Terminaré contando que Mankell habla del "Concilio Cadavérico" que se celebró en la basílica de San Juan de Letrán, en Roma, en el año 897. El extraño episodio histórico que Mankell califica como un espectáculo tan horrendo como absurdo se convierte en un recurso más de este gran escritor contemporáneo para dejarnos un mensaje de legítima denuncia de las miserias humanas que no han conocido tregua desde que tenemos el famoso y olvidadizo uso de razón, el que supuestamente caracterizaría una de nuestras principales diferencias con el reino animal.

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