miércoles, 20 de enero de 2021

El turismo y los particulares

Petra López

Lo dice Platón, que se lo atribuye a Trasímaco: “Lo justo no es otra cosa que lo útil para el más fuerte”.


Parece perfectamente adecuado para lo que está sucediendo aquí con el trato dado al turismo: el Ayuntamiento ha hecho saber que multará a los particulares que alquilen sin licencia su piso a turistas y, una vez más, no han hecho en el consistorio la crucial distinción entre el que tiene un negocio de uno o muchos pisos en alquiler y aquellos que compartimos nuestra casa alquilando alguna habitación o el piso entero cuando no estamos.


Por otra parte --y en esto no soy parte implicada, no tengo ningún piso turístico-- está claro que no todos los particulares son iguales. A estas alturas es ya innegable que hay particulares y particulares, me di el otro día con un claro ejemplo del asunto. Este era el titular: “La familia Tous aterriza en el negocio de los pisos turísticos”, se publicó en el boletín de noticias de idealista.com. En la crónica se decía que familia Tous pondrá en alquiler turístico algunos pisos a partir de agosto del 2017. Se trata de trece apartamentos situados en Diagonal, en el mismo edificio donde tuvieron una joyería. Lo compraron según dice la noticia en el año 2012 por un precio de 10.000.000 de euros. No sé cuándo empezarían la rehabilitación, pero en fin… Al parecer ahora se han puesto las pilas y calculan ponerlo en funcionamiento en agosto del año que viene, dentro de trece meses. Que no les urge, vaya.


No vaya nadie a pensar mal, tienen licencia para todos y cada uno de ellos, la tienen porque la obtuvieron “antes de la moratoria”. La moratoria es del 2014, de cuando Trías quería “mejorar” la calidad de la acogida en los pisos turísticos porque, caramba, se trata de la imagen de Barcelona y eso se aseguraría haciendo que ocuparan bloques enteros dedicados específicamente a esa clase de alojamiento. Todo ese mambo por el sentido de la responsabilidad y las obligaciones de la “feina ben feta” del señor alcalde que solamente velaba por la calidad de la imagen de Barcelona, está bien claro, que parece que los ciudadanos y ciudadanos no nos enteremos del peso de la vara de mando. Total, que esos particulares compraron antes de la moratoria, pero no les corre prisa y habrán tenido otros negocios que cuidar.


Recuerdo la indignación ante la ocurrencia del alcalde de quienes habían invertido para adecuar sus pisos a la legislación implantada por el Ayuntamiento algún tiempo atrás, se leyó en la prensa, mucha gente se había endeudado para llevar a término las reformas necesarias y, de la noche a la mañana, zas, su inversión se haría humo. Los vecinos y vecinos estaban atónitos, se sentían burlados, en el ayuntamiento les habían tomado el pelo. Pasaba sobre todo en Ciutat Vella, era al inicio del cambio de era.


El turismo en Barcelona, como en tantos lugares del planeta, es una pesadilla para sus habitantes y no cabe duda de que debería regularse, el problema es que se confunden churras con merinas y se nos vende una “regulación” que no es más que una operación de imagen, una persecución de titulares demagógico y que es además inmoral porque se ceba en los más vulnerables.


Hablaba el otro día del efecto deletéreo --en todos los sentidos-- de los cruceros en Barna, ignorando entonces que es el puerto de Barcelona el que goza del honor de acoger al Harmony of the Seas --siniestro el nombre-- el monstruo mayor de todos los monstruos que enmierdan los mares, lo anuncian como “el más grande del mundo”. Pues sí, resulta que el monstruo recala en nuestro puerto y como es tan grande no pueden pararse nunca del todo los motores. ¿Se ve el horror que tal cosa supone? Significa que no para tampoco ni un instante de soltar mierda en las aguas de nuestro puerto. Si alguien sabe que en el consistorio se estén moviendo para terminar con eso, por favor que lo diga, por más que busco no he encontrado una sola noticia en tal sentido.


Al contrario Jaume Collboni --vaya un aliado, señora Colau-- se enorgullece en su cuenta de Twitter de que el monstruo tenga su guarida en Barcelona. Dicen que es bueno para el comercio y bien pensado eso es lo que mueve el mundo, se sabe de toda la vida. Los egipcios tenían a Troith, dios de la navegación y a Osiris, que enseñó a los hombres a comprar y a vender, los griegos a Hermes, los romanos a Mercurio. El dios de los comerciantes era uno de los más importantes en el Olimpo, era también el dios de los viajeros, de la elocuencia y de los ladrones, hasta aquí la mitología. A lo que iba, que me pierdo, decía que se entiende que un comercio que mueve muchísimos millones de euros y da lugar a más de seis mil puestos de trabajo --no se habla de en qué condiciones-- motive al teniente de alcalde de Empresa, Economía e Innovación. ¿Por qué no regulan las condiciones de los cruceros y nos dejan en paz con lo que hagamos en nuestra casa?


Es desolador además de indignante que un consistorio que se presenta como defensor de la gente común no distinga entre quien comparte su casa y quien alquila las suyas. La prepotencia de la portavoz municipal, la señora Gala Pin, de profesión sus activismos, resulta ofensiva por el atropello que resulta de negar una verdad evidente: la gente común mandamos en nuestra casa y tenemos derecho a hacer dentro de ella lo que nos convenga, siempre sin molestar al vecino. Y a muchísima de esta gente común sí que le va de un día, sí que le urgen los ingresos que pueda obtener usando civilizadamente de un bien que es suyo. Aquí y en Bogotá, París, Buenos Aires, Palma, Shangai, La Habana, Quimper, Oviedo, Alcalá de Henares, México D.F, Tokyo o Madrid. Otra cosa es que se haga verdad lo que decía Trasímaco y reportaba Platón: “Lo justo no es más que lo útil para el más fuerte”.


Y yo que iba a escribir de cómo se trata el home-sharing en otros lugares del planeta...



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