Niño, ¿a dónde me bajo?

José Leal

Trenes


"Vuelvo del Sur. El trayecto que ahora recorro en apenas cinco horas, hace ya algunos años, cuando yo aún era joven, duraba entre veinte y veintiséis horas. Viajábamos en trenes cansinos con parada en todas las estaciones y apeaderos. También en autocares llamados 'piratas' por carreteras lo más secretas posibles que atravesaban pueblos en los que bajaban o subían un viajero o grupo de viajeros. Daba tiempo a todo; a saber a dónde iba cada cual, a qué, quién te esperaba, dónde vivías, dónde trabajabas, cuándo habías venido y de qué tierra. Incluso, a veces, a compartir comida, la fiambrera sobre las piernas cuando aún el bocadillo no reinaba. Se hablaba, se expresaban carencias, se celebraban éxitos, se mostraban solidaridades, se entretejían las vidas. El viaje era largo e incómodo pero íbamos juntos y nos sabíamos obligados a ayudarnos en tanta dificultad. Hacer esfuerzo en protección del otro era un acto compartido y recíproco porque sabíamos que el camino era largo y azaroso y que todos podíamos necesitar. Algunos eran del mismo pueblo pero otros no nos conocíamos de nada", me cuenta con nostalgia y con el asombro de tanto adelanto en las comunicaciones.


Cuando hoy yo también vuelvo del Sur la situación es otra. El AVE cruza poderoso territorios heridos y en breve pasa de las sierras andaluzas a las llanuras manchegas, deja a un lado las duras periferias madrileñas, los Monegros sedientos y se adentra en la inmensa ciudad de Catalunya en la que habito.


Cambiaron también los pasajeros. Ya no comparten experiencia, territorios, fatigas ni, a veces, solidaridades. Recién pasado Zaragoza oigo desde mi asiento:


⁃ Niño, ¿a dónde voy?

Sentada algo más adelante de donde estoy una mujer se dirige a alguien cercano a ella separados solo por el pasillo. Le muestra un sobre del que asoma un billete de tren. Yo estoy detrás y observo la escena. Alguien, displicente, lee el billete y le dice:
⁃ Camp de Tarragona.

La señora retira el billete, lo guarda en el sobre y éste en un bolso. Resuelto.
Pasado un rato vuelvo a oír:
⁃ Niño, ¿eso está muy lejos?

Repite la pregunta. Pasado un rato el preguntado se quita los cascos y responde:
⁃No sé. Yo voy a Barcelona.

Y se vuelve a colocar los cascos. Yo siento que me invade una gran inquietud.
Observo a la señora. Me llaman la atención sus ojos y su mirada absorta, de quien busca sin saber qué. Quizás mayor de 70 años, de piel clara y cabello ralo, con cierta obesidad y, al parecer, perdida sin saberlo y entregada a lo que pueda darle aquel a quien pide ayuda, enteramente confiada.


Me acerco a ella con cuidado y le preguntó:
⁃¿Quiere que le ayude?
⁃ No sé a dónde voy, me dice, ni donde bajarme. Me dice algo que pareciera ser el nombre de algún pueblo o una urbanización. Se expresa con dificultad pero no muestra inquietud, ansiedad ni temor alguno. Pienso que piensa como quienes iban en los antiguos autocares, que todos se conocían o eran del pueblo.
⁃He oído que Vd. va a Tarragona, le digo.
⁃Sí. ¿Queda mucho?
⁃Ya queda poco. ¿La espera alguien?
⁃ Sí, me esperan con un coche.
⁃ Esté tranquila. Cuando vayamos a llegar yo la aviso.


Me conmueve su indefensión, la soledad de este viaje entregada a aquel que buenamente pueda ayudarle. Tiemblo al pensar que podía haberse bajado en Zaragoza y hallarse perdida en la estación mientras alguien la espera en Tarragona. O que acabe en Barcelona, donde duerme el tren.


Y me pregunto: ¿Qué ha pasado para que alguien, el joven de su lado no perciba la situación de una mujer tan sola, tan en manos del otro y no darle respuesta cuidadosa y protección? ¿Dónde queda ese registro humano que nos lleva a la percepción y al sostén de aquel que es frágil y necesita ayuda? ¿Qué grito hay que sentir para reconocer en el otro su carencia, que está necesitado y que ayudarle es solo dar un paso, abrir un sobre, tocar el hombro, mirar un billete, quitarse los cascos y sentir curiosidad?


La falla de la empatía es una falla en la constitución precoz de la ternura que es la primera de las vivencias, aquella que hace sentir al sujeto que cuando invade el hambre hay un pecho que nutre, que cuando se siente frio hay un brazo que arropa, un cuerpo que calienta y que cuando aparece el miedo hay alguien que protege. Para sentir al otro, conmoverse con sus carencias y prestarse al cuidado hay que poder conectar, en algún modo, con esa experiencia de soledad, de dolor y de vacío que habita en cada ser y lo remueve. Es precisa también la experiencia de haber sido contenido, es decir, arropado, abrazado y mirado con arte, es decir, singularmente.


La solidaridad no se construye por la conciencia de disponer de recursos sobrantes y ofrecerlos al otro como un don. La solidaridad y la generosidad surge como respuesta a la resonancia íntima que mueve en cada uno de nosotros nuestra propia indefensión y nos lleva hacia el otro buscándole cobijo con nuestro acto de acercarnos y ofrecer algo que le contenga, lo preserve, le de aliento y aminore su indefensión y su carencia.


Por la megafonía del tren oigo: "próxima parada Camp de Tarragona". Me acerco a la mujer que viaja sola y le digo que su parada está próxima. Se incorpora con cierta dificultad aunque con suficiente autonomía, pasa junto a mí, me mira y le digo, que tenga buen viaje. Me toca el hombro y me dice, y Vd. también a donde quiera que vaya. Sus palabras me suenan a gratitud y bendición. Cuando da unos pasos y creo que no me observa miro por si tuviera alguna necesidad de apoyo. Se acerca a recoger una bolsa de considerable tamaño, demasiado pesada para ella. Un hombre joven se le acerca con cuidado y le dice:

⁃¿Quiere que le ayude?
⁃ Sí, haz el favor que me pesa mucho.


Me gustaría saber qué habrá sido de ella, de dónde venía, quién la esperaba y con cuántas ganas. Sí sé que entre varios tejimos una red que le ha permitido hacer este viaje y llegar bien. Quizás viajar juntos, vivir juntos, solo sea posible creando una red espontánea de soportes recíprocos porque nadie pude decir que nunca va estar en un tren o en una calle desorientado y necesitando ayuda para llegar al destino donde, ojalá, alguien le espere.

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