Marc Cistaré recupera el folletín con la novela “Rojo”

La resurrección de un género desaparecido hace un siglo en el que los malos son malísimos y los buenos, buenísimos (aunque con sus defectos, claro)
 

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Hace un siglo los gustos literarios, sobre todo de los lectores populares, eran harto diferentes de los actuales. Triunfaba entonces el género conocido como folletín, de profundo carácter dramático y configurado por personajes unívocos: los unos, malos, malísimos, para provocar la animosidad inmediata del lector; los otros, buenos, sin mácula o casi, capaces de suscitar la identificación de aquél con ellos. Muchos folletines aparecían inicialmente seriados en publicaciones periódicas para consagrarse luego en forma de libro. Inundaban también los teatros y en Barcelona hicieron furor en el Paralelo, sobre todo en el Apolo, los de un autor castellonense llamado Fola Igúrbide. 

Pues bien, el guionista Marc Cistaré ha debutado en la novela con un folletín titulado “Rojo” (Grijalbo) que responde exactamente a estos parámetros. Fabula el autor en torno a la improbable peripecia de un soldado accidental con dicho apellido por partida doble -se llama Rojo y Rojo- que es destinado como guardián a un campo de prisioneros políticos sometido a la vesania de cierto comandante capaz de cometer las mayores atrocidades. Su negativa a secundar las mentiras de su jefe produce su degradación de custodio a prisionero y en su nueva condición acaba identificándose ideológicamente con el resto de los internados, lo que le lleva a la evasión que había planificado un grupo de ellos. Pero en una curiosa quiebra del destino, acaba asumiendo la equívoca función de reconducirlos a su cautiverio con lo que aparece ante los ojos de la autoridad como un héroe que, arrepentido de sus pecados, regresa al redil. Es ascendido meteóricamente a oficial sin perder por ello su nueva, pero oculta, identidad revolucionaria y se confabula con sus antiguos amigos que trabajan como esclavos en la construcción de una presa para realizar un atentado contra el capitoste que la va a inaugurar.

Dicho todo lo cual, Cistaré podía haber situado esta trama narrativa en cualquier lugar y momento histórico, porque es fácilmente trasladable. Desde los gulags estalinianos y los campos de concentración nazis a los pagos de Macías Nguema o Kim Jon Il. Pero, tributario de los aires que corren, ha considerado más oportuno situarla en el entorno de la posguerra española cuando abundaron los campos de prisioneros en los que estuvieron recluidos numerosos opositores del nuevo régimen. Claro que para ello tiene que extremar las tintas de tal modo que el contexto narrativo resulta plenamente discorde con la realidad histórica. En “Rojo”, folletín al fin, los malos son mucho peores que los de las SS, que teóricamente mataban por una idea por muy absurda y diabólica que fuera. En este caso, matan y torturan por pura maldad, tales el avieso jefe del campo de concentración, los vigilantes, el médico -apellidado Nájera ¿una curiosa alusión a cierto siquiatra del franquismo?-; aunque los peores son los curas, verdaderamente satánicos, detalle que les asocia a cierta novelística anticlerical decimonónica, años ha olvidada. Todo ello aleja dicho texto de una presumible narrativa histórica porque en ella el autor puede dar rienda suelta a su imaginación sin traicionar mínimamente la verosimilitud. Por el contrario y en el caso que nos ocupa, ¿quién puede imaginar que un soldado acabe desertando para ser luego redimido y ascendido a alférez por lucrarse de un simple coronel? ¿o que un mero alférez sea capaz de matar a Franco -¡porque el capitoste en cuestión es el caudillo que va a inaugurar cierto nuevo pantano!- mientras alférez y generalísimo comparten amigablemente un urinario?

Un curioso ejemplo de narrativa cuyas hipérboles son tan desmesuradas que tal parece que hayan sido escritas no para debelar aquella etapa histórica, como aparentemente invita a pensar, sino más bien para ridiculizar la narrativa existente sobre aquel período.


 

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