“Sí, Alteza: A su servicio”: el complejo mundo de cortesanos y servidores de la familia real británica

El periodista Tom Quinn, buen conocedor de las interioridades de la familia real británica, explica su complejo funcionamiento en el que intervienen miles de servidores de distintas categorías (más de 800 solo en Buckingham Palace en 2024)

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Libros.Sí, Alteza. A su servicio

 

“La vida de un miembro del personal de la familia real (británica) es por momentos estrafalaria, divertida, frívola, curiosa y abundante en chismorreos y murmuraciones”. Así la describe el periodista Tom Quinn, buen conocedor del paño, en su libro “Sí, Alteza. A su servicio. Los secretos de los royals británicos revelados por sus criados” (Esfera de los Libros)

Hay miles de servidores dedicados a dichos servicios (solo en Buckingham Palace más de 800 en 2024) y existe entre ellos una categorización a la que es difícil sustraerse. Desde secretarios privados, mayordomos, ayudas de cámara, damas de compañía, edecanes y toda suerte de lacayos, entre ellos lo “lacayos de carrera avanzada” o los que tuvieron que emplear peluca de crin de caballo hasta el siglo XX, a empleos menores como cocineras y doncellas y otros realmente estrambóticos cuales el “gentilhombre del retrete portátil” del duque de Gales o el halconero que la reina Victoria tenía en nómina sin poseer halcón alguno. Desde luego los empleos superiores están ligados a la alta aristocracia y, preferiblemente, a quienes además hayan estudiado en Eton, Cambridge o Sandhurst. Una pléyade de servidores a los que la realeza utiliza para hacer de todo (“Carlos le confesó a otro miembro de su personal… el terror permanente a que si tuviera que hacer las cosas por sí mismo estaría perdido”) pero al resto se les trata casi como muebles -antaño incluso groseramente, aunque a partir de Isabel II se impuso un trato más respetuoso-, con la peculiaridad de que a los más altos -aristócratas- les llama por su nombre y al resto, por el apellido y de que hasta hace poco más de medio siglo no podía emplearse ni a judíos, ni a católicos pero siempre, en cambio, fueron bien acogidos los homosexuales. Empleos todos ellos remunerados y en algunos casos con harta largueza. Pese a todo, “la fascinación de trabajar como sirvientes de la familia real sigue siendo tan fuerte como siempre”. Quizá por cuanto “estar al servicio de la corona, aunque solo fuera siendo una doncella o un caballerizo… solía acarrerar beneficios prácticos: regalos y promociones tanto para uno como para su familia”.

Teniendo en cuenta que “la familia real siempre ha estado más interesada en los animales que en las personas (porque) en los animales se puede confiar y en los humanos no”, las relaciones que se establecen con el personal son de distancia, salvo excepciones, como la complicidad que siempre tuvo Isabel II con quien fue su niñera y finalmente confidente y amiga, Bobo (Margaret) Mac Donald, hija de un ferroviario y la única que le siguió llamando Lilibet toda la vida.

Quinn describe con crudeza a los miembros de la realeza, citando a muchos de ellos por su nombre y sus peculiaridades y añade, incluyendo a la madre del actual rey, que “siempre han sido lo que, a falta de una palabra mejor, solo puede describirse como unos incultos” y eso porque el anti intelectualismo ha constituido “una característica de la familia real desde siempre”. En contraste, “parte del magnetismo que siente la realeza hacia los nobles tiene su razón de ser en que le gustan la excentricidades de los vástagos de alta cuna”.

Quinn finaliza explicando el revulsivo que supuso la llegada de Meghan Markle tras su matrimonio con el príncipe Guillermo y sus modos americanos poco acorde con las convenciones de la corte británica (como la manía de abrazar a la gente, algo absolutamente inconcebible en aquellos ambientes), lo que contribuyó al distanciamiento de los dos hermanos (que, por cierto, llamaban a su madrastra Camila “Cruela De Vil) y las dos cuñadas.


 

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