“Europa ha sido capaz de lo mejor y de lo peor” (Mercedes Monmany, “Algo quedará de mí”)
La autora recupera la peripecia de una decena de mujeres, opositoras políticas al nazismo y resistentes de países ocupados, que estuvieron internadas en el campo de concentración nazi de Ravensbrück
En la amplia panoplia de campos de concentración construidos por el régimen nazi el situado en Ravensbrück, al norte de Alemania y a unos noventa kilómetros de Berlín, estuvo dedicado al internamiento de mujeres, la mayor parte de ellas opositoras políticas al régimen o resistentes procedentes de los países ocupados. Me explica la escritora Mercedes Monmany, que reparó en esta inicua institución como por casualidad, cuando encontró en cierta fundación un libro de la etnóloga francesa Germaine Tillion en el que relataba la impresión que le había causado oír en la primavera de 1940 el discurso del mariscal Petain en el que reconocía la derrota de su país e invitaba a los franceses a colaborar con los ocupantes. Su reacción fue tal que llegó incluso a vomitar y a partir de ese momento tomó una decisión que habría de cambiar su vida: unirse a la resistencia contra Alemania, lo que le valió ser denunciada por un sacerdote colaboracionista que actuaba como chivato infiltrado y por cuya culpa fue deportada a Rabensbrück.
Tal fue el hilo que le permitió a Monmany, quien ya había publicado un libro sobre Auschwitz, descubrir la existencia de este otro campo de concentración. Y detectó, por lo que explicaba Tillion, la presencia entre las internadas de muchas singularidades importantes, por lo que seleccionó una decena que consideró particularmente representativas y las biografió en “Algo quedará de mí” (Galaxia Gutemberg) Así, además de la ya citada, aparecen la dramaturga Charlotte Delbo, la espía Violette Szabo, la aristócrata Anne de Bauffremont, la monja Marie Skobtsova, la brigadista Lise London, la testigo Margaret Buber-Neuman, la periodista Milena Jesenská, la poeta Grazyna Chrostowska y la resistente Geneviève de Gaille, por cierto sobrina del general del mismo apellido, el líder de la resistencia francesa al nazismo.
“Me interesaron -explica- sus cualidades humanas y me llamó la atención el hecho de que todas ellas acabaron presas precisamente por haber asumido una decisión ética: su negativa a aceptar la sumisión al nazismo y su decisión de luchar activamente contra él. Hubo, además, muchas jóvenes, como fue el caso de de Grazyna, que escribió un poema antes de morir fusilada con 20 años”. Monmany ha utilizado los materiales disponibles al efecto, memorias de las propias interesadas, biografías y documentación diversa y pudo comprobar que entre ellas las hubo de toda condición e ideología, “algo que quise resaltar adecuadamente, así como la constatación de un hecho que fue el común denominador entre todas ellas: su sentido del deber y del honor”.
Como cada una de dichas historias no constituían algo aislado, sino que se imbricaban con la acción desplegada por otros resistentes y opositores, en cada uno de los capítulos a ellas dedicados su actuación se pone en relación con la de estos últimos. “En definitiva -concluye- recordé lo que dijo Malraux ante la tumba de Jean Moulin -víctima del torturador Klaus Barbie- que ellas también formaron parte de un “ejército de sombras” pero que además no obtuvieron el mismo reconocimiento que sus homólogos masculinos. Cuando se reconoció el heroísmo de los resistentes, Francia condecoró a 1.038 hombres, pero tan solo a seis mujeres entre las cuales hubo heroínas como una madre de nueve hijos. Detenida y procesada, fue interrogada por la razón de su actuación pese a estar de nuevo embarazada, y se limitó a responder impertérrita «Por qué tenía que hacerlo».
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