Así NO, señores

El edadismo imperante en nuestra sociedad se hace más cruel, si cabe, cuando se lleva a la esfera pública

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Archivo - El expresidente de la Junta y presidente de honor del PSOE-A, Rafael Escuredo, con la vicepresidenta y ministra de Hacienda y líder del PSOE andaluz, María Jesús Montero, en una imagen de
El ex presidente de Andalucía, Rafael Escuredo junto a Maria Jesús Montero/ Foto de Archivo

 

Hemos amanecido este miércoles con varias respuestas a las últimas declaraciones públicas de Felipe González en donde un ex presidente de Andalucía, Rafael Escuredo  atacaba con saña al ex presidente del Gobierno con un  contundente “¿por qué no te retiras y nos dejas en paz?”, en un debate que giraba exclusivamente en torno al voto en blanco en unas elecciones generales y que se ha desplazado hacia la legitimidad de quien opina. Y ahí es donde aparece la sospecha de edadismo.

 

 

No se trata de un insulto directo ni de una descalificación explícita por edad. Nadie dice “eres mayor” ni “ya no estás en condiciones”. Pero el verbo retirarse, en el contexto político y tratándose de un expresidente octogenario, no es inocente. Evoca una idea muy concreta: hay una etapa vital en la que se debería abandonar la esfera pública y dejar paso a otros.

La frontera entre crítica política y crítica biográfica

 

El edadismo imperante en nuestra sociedad se hace más cruel, si cabe, cuando se lleva a la esfera pública sobre cualquier persona, en el caso que nos ocupa un octogenario que exhibe un espíritu crítico "intacto". Frente a ello les invito a leer a los de los relatos un Glosario sobre edadismo escrito por la experta Montse Celdrán que quizás les haga ruborizarse si tienen valores y no han agotado su mirada social básica.

En democracia, las discrepancias son sanas. Felipe González anunció su intención de votar en blanco y eso abrió un debate legítimo dentro, en esta ocasión, del espacio socialista. Escuredo podía haber respondido —y tenía pleno derecho a hacerlo— cuestionando la oportunidad, la coherencia o las consecuencias políticas de esa decisión.

Sin embargo, al pedirle que se retire explicitamente, la crítica deja de centrarse en la idea y pasa a centrarse en la persona. No se rebate el argumento; se sugiere que quien lo formula debería dejar de intervenir. Ese matiz es clave. Porque el edadismo no siempre opera mediante el insulto frontal, sino mediante la insinuación de que la edad convierte a alguien en prescindible. Y en una sociedad sana, prescindir por edad, es discriminar sin paños calientes.

¿Es edadismo toda invitación a retirarse?

No necesariamente. A cualquier dirigente —joven o mayor— se le puede pedir que dé un paso atrás si su liderazgo genera división o desgaste. La cuestión es si esa invitación está motivada por razones políticas concretas o por la idea implícita de que “ya ha pasado su tiempo”.

En el caso de González, su larga trayectoria y su edad hacen que la apelación a la retirada tenga una resonancia particular. En nuestra cultura política, “retirarse” rara vez se le exige a quien está en la cuarentena. Se le exige, sobre todo, a quien ha superado cierto umbral generacional. Y ahí aflora un patrón: asociar vejez con silencio, con irrelevancia o con obstáculo.

El prejuicio silencioso

El edadismo es uno de los prejuicios más normalizados socialmente. A diferencia del racismo o el sexismo, suele expresarse en tono aparentemente razonable: “hay que dejar paso a los jóvenes”, “ya hizo su etapa”, “que disfrute de su retiro”. Son frases que pueden tener sentido en determinados contextos, pero que también pueden convertirse en mecanismos de exclusión.

La democracia, sin embargo, no tiene fecha de caducidad. El derecho a opinar y participar no depende del año de nacimiento. Si criticamos una postura, debemos hacerlo por su contenido. Si creemos que perjudica a un partido o a un proyecto, argumentemos por qué. Pero cuando el reproche se formula en términos de ciclo vital, se abre la puerta a una lógica peligrosa: la de que hay edades legítimas y edades ilegítimas para intervenir en el debate público. Y empiezan por los mayores, continúan por los jóvenes, siguen con las mujeres y los inmingrantes. Todas las razones que apelen a la edad, el género o la procedencia está más que superadas en nuestra democracia, aunque algunos quieran hacernos pensar lo contrario. 

Así que sí, la frase contiene elementos edadistas, aunque no sea un ataque grosero ni explícito. Al sugerir que Felipe González debería retirarse, desplaza la discusión desde las ideas hacia su etapa vital, reforzando un prejuicio extendido: que las personas mayores deben apartarse del espacio público. Y si tienen algo los seniors es sabiduría vital, que la interacción con lo intergeneracional es positivo si se lleva a lo transversal, en todas las capas sociales. 

El reto del debate político —hoy más que nunca— es elevar el nivel. Discrepar sin deslegitimar. Criticar sin excluir. Y recordar que en democracia las ideas se combaten con argumentos, no con exclusiones. Así no, señores. Así NO.

 

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