“El corral” de la Carrera de San Jerónimo
No obstante, ha dado la cara y ha prometido corregir los errores de la red ferroviaria, que necesita una intervención urgente.Si las cosas no se arreglan, la tensión en la vida política va subiendo, lo mismo que las intervenciones en el Congreso, que puede pasar a llamarse “el Corral de la Carrera de San Jerónimo”.
Algunas personas recuerdan los “corrales de vecinos”; aún quedan unos pocos, algunos de ellos que se guardan por su arquitectura, su simbolismo. Otros fueron derruidos para ser reemplazados por pisos. Nada tiene que ver los corrales que algunos idealizan con las viviendas construidas en su lugar. Los corrales de vecinos eran un tipo de vivienda especialmente en la zona de Andalucía. Sus orígenes son del siglo XIV, aunque su auge tuvo lugar en los siglos XIX y XX. Los corrales eran viviendas comunales. Se utilizaban construcciones de conventos, casas señoriales. Se aprovechaba la arquitectura de ellas (construidas en torno a un gran patio o corral) para que se alojaran allí varias familias, todas ellas pobres, que cada día luchaban para salir de esa situación, donde las viviendas eran pequeñas.
En el patio había siempre un pozo o fuente que servía para abastecer de agua a sus habitantes y además era el punto de encuentro de los vecinos, muy animado siempre. Pobres, pero solidarios, eran sus habitantes, quienes se ayudaban pese a los pocos recursos que tenían todos ellos. La buena sintonía tenía también sus momentos de crispación, de disputas, como en cualquier familia. Las galerías de paso eran el escenario donde salían los vecinos no solo para hablar, sino para gritarle a algún vecino por algún tipo de disputa. Se decían de todo, con un lenguaje “popular” de la época. No obstante, pese a esos enganchones, se seguían ayudando, como buenos vecinos.
El Congreso de los Diputados cada día más se parece a un patio de vecinos mal avenidos, que en poquísimas ocasiones se ayudan para sacar adelante propuestas que pueden beneficiar al “pueblo”. Lo preocupante es que las disputas van subiendo de tono: insultos callejeros, mentiras, generación de odio y nada de autocrítica. Esta actitud es de casi todos los partidos, pero hasta en eso hay categorías: el líder popular, Alberto Núñez Feijóo, se ha desmelenado; en su etapa de presidente de Galicia era un político moderado, se podría decir de centro. Su llegada a Madrid y las presiones de algunos personajes le han hecho cambiar la moderación por la voracidad dialéctica llena de insultos que pocas veces se han oído en el Congreso. Que se lo haga ver, porque cada vez va perdiendo credibilidad. Su aspiración a ocupar la Moncloa está estrechamente ligada a su pacto con la ultraderecha de Vox, que con un mini programa propio de siglos pasados cada vez tiene más votos. Abascal ya no se conforma con un pacto con el PP y entrar en el Gobierno: Abascal quiere ser presidente del Gobierno, así de sencillo; por eso cada vez que pasan unas elecciones y mejora sus resultados, sus aspiraciones también aumentan.
Abascal, hijo político de Aznar, no va con papeles escritos; son pequeñas notas las que lleva cuando se sube al hemiciclo. Escucha a sus antecesores, más las cuatro cosas que representan su programa, más una buena ristra de insultos, y ya tiene su intervención hecha. Choca el cambio de actitud que se ha producido respecto a la Iglesia: no acuden a determinados oficios religiosos y parece que no quiere saber nada de ella. Choca porque Abascal es defensor de la familia tradicional, de la unidad de España, de valores rancios y, en su día, de acudir a misa. Hasta se ha vuelto antimonárquico. ¿Curioso, no?
La portavoz de Junts, Míriam Nogueras, como antes había intervenido el portavoz de ERC, Gabriel Rufián —y como su intervención había sido muy buena (nada que ver con el Rufián de sus inicios: de la máquina de escribir, de las camisetas con mensajes o de sus insultos)—, ha querido marcar territorio con insultos también, sus frases populistas dirigidas a sus votantes (cada vez menos) y además con poca gracia, y menos ironía. La sonrisa no es precisamente una de sus expresiones.
Podemos, en su línea de querer mostrarse que vuelve a sus orígenes (si de seguir manteniendo ellas el sillón y lo que ello representa), pidiéndole al presidente del Gobierno autocrítica —cosa que ellas nunca han hecho cuando formaban parte del Gobierno—. No la vemos pronunciarse sobre la situación de las mujeres en Irán, que están siendo detenidas y han perdido su libertad y sus derechos. Tampoco hablan de la guerra de Ucrania. ¿Por qué será? Se lo pueden imaginar.
El resto de partidos, aunque duros con el Gobierno, no han perdido la compostura y el respeto que se merece el Congreso y el presidente del Gobierno. Decir las cosas con las que no se está de acuerdo se debe hacer, claro, pero con respeto y educación. Mientras que Pedro Sánchez, presidente del Gobierno, ha explicado todo lo sucedido con los accidentes de trenes que aún resuenan. Quizás le ha faltado algo de autocrítica; hubiera estado bien. No obstante, ha dado la cara y ha prometido corregir los errores de la red ferroviaria, que necesita una intervención urgente.
Si las cosas no se arreglan, la tensión en la vida política va subiendo, lo mismo que las intervenciones en el Congreso, que puede pasar a llamarse “el Corral de la Carrera de San Jerónimo”. La diferencia de los anteriores corrales era que allí estaba gente pobre, sin estudios y con muchas necesidades, pero solidaria. Mientras que en el Congreso hay abogados, diputados con formación universitaria, que cuentan con viviendas dignas, lo mismo que sus sueldos, y dicen representar a la ciudadanía. Decía Miguel de Cervantes que “La ingratitud es la hija de la soberbia”.
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