Por la ciudadanía saharaui

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Pablo Ignacio de Dalmases con Hassan Ahmed Alí, 1975. Foto cedida
Pablo Ignacio de Dalmases con Hassan Ahmed Alí, 1975

 

Parece ser que, a finales de 1973 -dos años antes de la Marcha Verde y del fallecimiento de Franco-, el rey Hassan II de Marruecos le señaló a Henry Kissinger, secretario de Estado de los Estados Unidos, que el Sáhara era para él su Cuba, su 'patio trastero'. Y que, de ningún modo, permitiría un Sáhara independiente. Meses después, y según cuenta asimismo Charles Powell en su libro El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España, Kissinger le confesó al ministro español Cortina Mauri una conclusión a la que había llegado como 'politólogo': tanto el Alto Volta, como Guinea Bissau, como un Sáhara independiente no eran países de los que pudiera esperarse "una gran contribución" al mundo. Cortina no entró en esa disquisición y le contestó directamente que los saharauis no querían vivir bajo la autoridad marroquí y que, por tanto, el Gobierno español no podía dejarlos a su suerte como si fuesen "una piara de camellos". Estaba en sintonía con Carrero Blanco. En un discurso que éste pronunció en El Aaiún seis años antes, dijo a los saharauis: "Si vuestra voluntad es continuar vuestra secular unión con España, España no os abandonará nunca. Abandonaros sería un crimen que España no cometerá jamás". Pero esto fue lo que acabó ocurriendo, si bien dos años después que el almirante cántabro fuera asesinado por la banda ultranacionalista ETA.

En 1958, el Sáhara Occidental (donde España recaló en 1885; una presencia de algo menos de un siglo) fue declarada provincia de España y Carrero la declaró "tan española como Cuenca". En su libro Sáhara Occidental, la colonia que España nunca descolonizó (Almuzara), el historiador Pablo Ignacio de Dalmases destaca que los mandamases saharauis aceptaron su incorporación a la soberanía española "a cambio del respeto pleno por la potencia colonial de la totalidad de sus usos, costumbres, tradiciones, lengua y religión". Y así fue, el Régimen del 18 de julio no sólo les sufragó peregrinaciones a La Meca, sino que, olvidándose del nacionalcatolicismo, aceptó la poligamia y el divorcio, también la esclavitud. En el censo de 1974, y bajo el eufemismo de hijos adoptivos y parientes pobres, constaban 3.081 personas (1.441 hombres, 1.640 mujeres), un 4 por ciento de los 75.000 nómadas que vivían sobre una superficie de 280.000 kilómetros cuadrados.

Aquel cínico desprecio hacia la personalidad de los saharauis, por no esperar "una gran contribución" de ellos a la humanidad me lleva a mirar a Groenlandia (quizá felizmente incorporada al Reino de Dinamarca, cuando el prepotente y matón Trump advierte que será suya por las buenas o por las malas) y a fijarme en que tiene una superficie de más de dos millones de kilómetros cuadrados con casi 60.000 habitantes; menos todavía que el número de saharauis.

No voy a referirme aquí al Grito de Zemla, por la plena igualdad entre europeos y saharauis, ni a la fundación del Frente Polisario en 1973, ni a los diferentes episodios criminales de quienes acataban la ley, pero la vulneraban. Arias Navarro y Solís Ruiz resultaron nefastos y traicionaron el compromiso oficial de Carrero Blanco y Cortina Mauri (un compromiso convencido); los cuatro eran, no obstante, franquistas.

Con treinta años de edad, Pablo Dalmases fue al Sáhara con el encargo de dirigir Radio Sáhara y fundar el diario bilingüe La Realidad. El número 0 apareció el 15 de junio de 1975, justo dos años antes de las primeras elecciones democráticas en España en cuarenta años. Dalmases fue cesado como director el 24 de octubre, cuatro meses después, tras anunciar el inminente pacto hispano-marroquí que se saltaba a la torera el referéndum de autodeterminación prometido por el régimen de Franco. El búnquer de arena (rienda suelta a un lenguaje hueco, bruto y patriotero) le amenazó de muerte y le dio 48 horas para irse. Nuestro compañero recibió el apoyo rotundo del coronel Luis Rodríguez Viguri, secretario General del Gobierno del Sáhara, íntimo amigo suyo y "un militar con mentalidad civil".

Pablo Ignacio de Dalmases, que hoy sostiene la idea de que el Sáhara se convirtió en la Palestina del Magreb; y Marruecos, es el Israel del Magreb, capta entre sus amigos saharauis una fuerte añoranza de España: "Éramos como de su familia"; "seguimos considerándonos hermanos de los pueblos de España".

Si algún día se celebrase el referéndum que se prometió y se incumplió, muchos creen que debería haber tres opciones: independencia, incorporación a Marruecos, reincorporación a España; y que ésta ganaría con holgura. El sentimiento de adscripción a una entidad común se impondría al sentimiento de adhesión tribal, con escaso o nulo poder de resistencia ante la absorción marroquí.

No lo sé. Pero sí sé que el marco ideal es asumir la condición de ciudadanos libres e iguales y todo lo que ello implica.

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