Hoy como ayer

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Bundesarchiv Bild 102 11543, Madrid, Ausrufung der Zweiten Spanischen Republik
Celebraciones de la proclamación de la Segunda República Española en Barcelona, 1931, extraído de los archivos federales de Alemania

 

En estos días se cumplen noventa y cinco años de la proclamación de la Segunda República española. Aquel 14 de abril resulta muy difícil entender si no se conoce el contexto socio político que hizo posible el advenimiento.

La República fue precedida de una dictadura que arrancó en 1921 y duró hasta 1930 y que, como todos los sistemas autocráticos, acabó en fracaso. Ante esa situación, Alfonso XIII intentó devolver el país a un sistema más o menos democrático. En un primer momento confió en el general Dámaso Berenguer para recuperar la "normalidad" constitucional, pero no lo consiguió. Finalmente, el almirante, Juan Bautista Aznar, intentó salvar los muebles con un gobierno de concentración; sin embargo, la suerte estaba echada.

Aquella situación había deteriorado gravemente a la monarquía, generando una larga crisis política. La conjunción de los problemas económicos internos con los de la depresión mundial y un renacimiento intelectual muy potente gestaron la tormenta perfecta para que se produjese el cambio de régimen. Semejante eclosión no hubiera sido posible si en agosto de 1930 no se hubiera firmado el Pacto de San Sebastián. Los dirigentes políticos que se pusieron al frente de aquella iniciativa eran hombres que, procediendo de posiciones ideológicas muy distintas, en algunos casos antagónicas, supieron priorizar lo importante, lo que les unía por encima de lo que les separaba y les apartaba del objetivo final: la proclamación de la República.

Personajes de talante político tan diverso como Niceto Alcalá Zamora, Manuel Azaña, Álvaro de Albornoz, Casares Quiroga, Marcelino Domingo, Alejandro Lerroux o Ángel Galarza renunciaron a muchas cosas para lograr un bien superior.  A título personal asistió a las conversaciones el dirigente socialista Indalecio Prieto y tanto el PSOE como la UGT acabaron uniéndose al pacto unos meses más tarde.

El cambio de régimen tuvo enormes consecuencias. Para Manuel Azaña, el político que mejor la encarnó el espíritu republicano, “la República devolvía las libertades a los españoles y devolvería al país la dignidad nacional. “La República venía realmente […] a satisfacer las exigencias más urgentes del pueblo”. Esperanza, ilusiones, entusiasmo y grandes expectativas vieron nacer la experiencia democrática más avanzada que había vivido España.

La Segunda República abrió una etapa llena de ilusión y esperanza para modernizar a la España que estaba atrapada en el siglo XIX. El régimen republicano impulsó la libertad, la justicia, la igualdad, la educación y el laicismo, en definitiva, la auténtica democracia.

El nuevo sistema político se propuso la tarea de modernizar España en cuestiones cruciales, pero no logró establecer un consenso básico sobre el propio régimen político ni satisfizo las expectativas generadas por el cambio. En sus dificultades influyó la debilidad de la clase media en un país de fuertes contrastes, con ciudades que se modernizaban y un atrasado mundo rural. La inestabilidad agudizó los problemas económicos, por el impacto de la crisis del 29 La fuga de capitales y la rigidez de la patronal, con el beneplácito de la Iglesia, agravaron la conflictividad social, sobre todo en el campo. 

En aquellos años, la vida cotidiana ganó en dinamismo por el clima de liberalización y la mayor politización, aunque tuvo algunas salidas de tono tan innecesarias como contraproducentes. Diversas medidas atenuaron la discriminación femenina y hubo mayor presencia de las mujeres en la escena pública.

La enseñanza y la cultura se extendieron a todos los rincones de la población con los principios de la pedagogía activa y los valores laicos e igualitarios, fomentando la coeducación y poniendo en marcha las escuelas mixtas.  Se construyeron unas 10.000 escuelas y se contrataron miles de maestros. El Gobierno puso especial interés en alfabetizar a la ciudadanía de las zonas rurales, para ello se pusieron en marcha las Misiones Pedagógicas encargadas de la edificación de bibliotecas, centros culturales y teatros. Y con la Constitución aprobada en diciembre de 1931 se otorgó el sufragio a las mujeres, algo nada habitual en la Europa de los años treinta del siglo XX.

En muy poco tiempo, España dejó de ser un país subdesarrollado para ser una de las puntas de lanza de la modernidad y el progreso cultural en Europa. Sin embargo, buena parte de los elementos que fueron determinantes para proclamar la República acabaron siendo decisivos para derrocarla: La inestabilidad internacional, la crisis económica, una izquierda con mucho empeño, pero, en ocasiones, con poco acierto y, sobre todo, el auge de movimientos autoritarios como el fascismo y el nazismo convirtieron a nuestro país en un banco de pruebas de lo que aplicarían, poco tiempo después, en toda Europa.

A pesar de todos los avances, la Segunda República no llegó a estabilizarse políticamente. Con un sistema de partidos muy fragmentado, y frágiles coaliciones. Entre el 14 de abril de 1931 y el 18 de julio de 1936 hubo diecinueve gobiernos distintos, dificultando así una labor política sostenida.

Según el filósofo George Santayana "Aquellos que no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo". Pues bien, han pasado más de noventa años y la historia se repite de forma casi mimética: la inestabilidad internacional va in crescendo, la recesión económica se deja ver en el horizonte, la desafección de la ciudadanía con sus dirigentes es cada vez es mayor y, mientras, la extrema derecha está eufórica, desatada y sin complejos porque crece de manera continuada.   

En definitiva, los factores de nuestro contexto sociopolítico son, prácticamente, los mismos hoy como ayer, pero no aprendemos o peor: no lo queremos ver. 


 

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