¿Es medianoche en el siglo?
Luchador antifascista, resistente, miembro del PCF hasta su expulsión en 1952 – en una época en que el burocratismo no toleraba el pensamiento libre -, activista contra la guerra colonial en Argelia… Morin condensa en su biografía y su memoria las enseñanzas de un siglo tormentoso, que ha dado a conocer las peores abyecciones de la condición humana, pero que ha alumbrado también los mayores prodigios y las muestras más altas de abnegación y solidaridad de que es capaz nuestra especie. Edgar Nahoum – Morin fue su nombre de guerra en la resistencia – era hijo de padres judíos sefarditas, venidos a París desde Salónica.
La frase, acuñada en su día por el escritor y revolucionario ruso Víctor Serge, confrontado a la brutalidad del régimen estalinista, es hoy retomada por Edgar Morin, quien, a su longeva edad, aporta una de las miradas más lúcidas acerca de la actual deriva del mundo en que vivimos. Antropólogo, sociólogo, intelectual en el sentido más completo de esa palabra. Luchador antifascista, resistente, miembro del PCF hasta su expulsión en 1952 – en una época en que el burocratismo no toleraba el pensamiento libre -, activista contra la guerra colonial en Argelia… Morin condensa en su biografía y su memoria las enseñanzas de un siglo tormentoso, que ha dado a conocer las peores abyecciones de la condición humana, pero que ha alumbrado también los mayores prodigios y las muestras más altas de abnegación y solidaridad de que es capaz nuestra especie. Edgar Nahoum – Morin fue su nombre de guerra en la resistencia – era hijo de padres judíos sefarditas, venidos a París desde Salónica. Las tempestades del siglo XX hicieron desaparecer mundos y culturas. Y es que hubo un tiempo, que barrió a sangre y fuego la ocupación alemana de Grecia, en que la ciudad egea albergaba una importante comunidad judía expulsada de España y acogida en su día por el imperio otomano. Un tiempo en que se editaba allí un influyente periódico socialista bajo el título de “Solidaridad Obrera”: tal como suena… y cuyos artículos llamaban a la lucha de clases en un castellano que hubiese reconocido como propio el mismísimo Cervantes. Diríase que la historia ha querido certificar con su impronta la autoridad de un testigo y actor de su tiempo, llamado a ser también su consciencia moral.
“Le Monde” (11/04/2026) publica una extensa conversación con Edgar Morin en la que pasa en revista los temas más acuciantes de la actualidad, empezando por la guerra desencadenada por Trump y Netanyahu contra Irán, con unas consecuencias devastadoras para Oriente Medio y un alcance mundial no menos desestabilizador. Y ahí la reflexión de Morin merece ser leída en su aparente contradicción, porque es la discordancia de sus términos, expresados al mismo tiempo, lo que nos brinda una pista fecunda sobre qué hacer. “Un proceso catastrófico está en marcha, incluso si Trump y Netanyahu no van a ser eternos. Actualmente, no hay ninguna esperanza de salvación. Sólo podemos ser testigos en medio de la impotencia. La única esperanza reside en lo improbable. Resistamos.”
Lucidez. Acerca de Trump se han dicho y se dirán muchas cosas. Ayer mismo, Ramón Aymerich lo definía en las páginas de “La Vanguardia” como “un narcisista extremo rodeado de unos antisociales incapaces de detenerlo”. Un retrato tan lapidario como exacto. Pero lo que no puede decirse de Trump – ni, en otro terreno, de Netanyahu – es que sean un accidente de la historia, un desvarío, una suerte de lamentable paréntesis al que pondrá fin un pronto retorno a la cordura. Eso no ocurrirá. No deberíamos pensar, sin embargo, que no vaya a haber intentos en ese sentido. De hecho, alguno está ya en marcha en Estados Unidos. Pero, los movimientos que hoy se están fraguando en las altas esferas políticas norteamericanas – para plantear una incapacitación del presidente tras los temores desatados por su amenaza de “acabar en una noche con toda una civilización” -, han traído a la memoria de muchos el asalto al Capitolio por parte de las huestes de Trump, cuando perdió las elecciones frente a Biden. El emperador podría estar dispuesto a incendiar Roma antes que abandonar su palacio.
No obstante, la cuestión no está ahí. Es inútil especular al respecto. Trump y su personal político, con su arrogante ignorancia, su fanatismo y sus fantasmagorías, personifican poderosas pulsiones sistémicas que surgen de la angustiosa toma de consciencia por parte del imperio americano de su propio declive, y del miedo existencial que va apoderándose de sus élites. Es necesario dimensionar el alcance de cuanto está ocurriendo ante nuestros ojos. La globalización neoliberal, que hizo de Estados Unidos la indiscutible potencia hegemónica tras el colapso de la URSS, potenció la eclosión de otros actores, empezando por China, cuyo crecimiento en todos los ámbitos se ha tornado una amenaza claramente identificada. No es frecuente que un imperio abandone pacíficamente la escena de la historia. El americano, desde luego, no parece dispuesto a hacerlo. Una consecuencia inmediata del conflicto en curso ayuda a entender la magnitud de su onda expansiva. El corazón de los años de la llamada “globalización feliz” fue el crecimiento sin precedentes del comercio marítimo. “El tráfico se expandió. Las amenazas en el mar habían desaparecido – explica Arnaud Orain, director de estudios en la Escuela de altos estudios en ciencias sociales de París –. Fue un período único en la historia. Sólo hay uno comparable, y es el transcurrido entre 1850 y 1880, durante la primera globalización.” Después, con la configuración de los imperios que acabaron enfrentándose en la Primera Guerra mundial, vino la territorialización de las aguas marítimas. Algo a lo que está abocando de nuevo la aventura de Trump en el golfo pérsico. (Poniendo en cuestión el derecho marítimo, para el cual las aguas de un estrecho se consideran internacionales). Si el régimen de los ayatolás acaba imponiendo a las navieras un peaje en el estrecho de Ormuz, ¿por qué no ocurriría lo mismo un día en el Mar Rojo? ¿Por qué China, a través de sus terminales en la zona, no se aventuraría a hacerlo a su vez, en un momento dado, en el transitado estrecho de Malaca? (Tras el fracaso del encuentro en Islamabad, es el propio Trump quien blande la amenaza de un bloqueo del tráfico mercantil… ¡por parte de la marina de guerra americana!).
Reaparecen así lógicas imperiales decimonónicas, hace bien poco impensables. “Si las amenazas continúan creciendo, lo que es probable, se podría acabar autorizando a las marinas mercantes a defenderse por sí mismas. Algunos organismos occidentales, como el Instituto naval de Estados Unidos, sugiere equipar ya los barcos mercantes con drones y misiles. (…) Eso no sería un acontecimiento extraordinario a escala histórica. La desmilitarización completa de las flotas mercantes es reciente”. Efectivamente, a finales del siglo XIX y a principios del XX, ciertos cargueros estaban concebidos para poder transportar también tropas y armas con destino a las expediciones coloniales o durante la guerra de 1914-1918.
El fondo de la cuestión es que las élites americanas están librando una batalla angustiosa por su hegemonía. Tratan de asfixiar a China, recurriendo a la fuerza para hacerse con el control de materias primas y rutas estratégicas. Y lo hacen de la mano de unos multimillonarios iluminados y de un personal político cuya sociopatía refleja plenamente los rasgos decadentes de la clase dominante. Pero el factor humano siempre juega su papel. Hitler era, a ojos de buena parte de la gran burguesía alemana, un personaje extravagante, un loco útil que creó un movimiento capaz de aplastar a la clase obrera y sus poderosas organizaciones, conjurando el fantasma de aquella revolución que había enseñado los dientes en 1919 y alumbrado la República de Weimar. Finalmente, los delirios y obsesiones del hombre al que había entregado el poder condujeron Alemania al desastre. Morin atesora la memoria que muchos dirigentes actuales prefieren ignorar. Considera la profundidad e inminencia de una calamidad a la que tan sólo estamos asomándonos. Y su mirada se torna pesimista… en el tiempo corto de la historia. Entiende que el orden de posguerra ha saltado irremisiblemente por los aires. El derecho internacional ha dejado de prevalecer. La guerra se afirma como la gramática con que irán redefiniéndose las relaciones entre las potencias, mundiales y regionales. La crisis es de tal calado, está removiendo con tal fuerza las placas tectónicas de las naciones, que la democracia puede sucumbir ante el ímpetu del nacionalismo y del populismo de extrema derecha. Edgar Morin ya ha vivido todo eso. (La derrota de Orban es sin duda una buena noticia y brinda un respiro a la Unión Europea. Pero dista mucho de marcar un cambio general de tendencia).
Y sin embargo el filósofo mantiene viva la llama de la esperanza. Quizás, como dice, sea demasiado tarde. Tal vez no podamos impedir que caiga sobre los pueblos una noche de sufrimientos, violencia y autoritarismo que las nuevas generaciones, crecidas en un tiempo sin guerras, no llegan siquiera a concebir. Pero, hay que mantenerse firmes, nos dice Morin. No hay que perder la esperanza en medio de la oscuridad. ¿La esperanza en qué? “En lo impredecible”. En más de una ocasión, la época de reacción ha desembocado en un período convulso, un tiempo agitado e incierto en el que la quiebra del poder de los poseedores ha abierto un escenario de redefinición de las relaciones entre las clases sociales. En ese sentido, resulta esclarecedor el apunte que hace Thomas Piketty sobre tres grandes crisis de la deuda pública francesa: las de 1789, 1945 y 2026. “Incapaz de hacer que las clases privilegiadas pagasen impuestos, el Ancien Régime acumula una deuda considerable. (…) Finalmente, para salir del impasse, Luis XVI termina convocando los Estados Generales. Ya sabemos lo que vino después.” De entrada, el fin de los privilegios y la introducción de una fiscalidad universal. Tras las dos guerras mundiales, en 1920 y en 1945, la deuda superaba en Francia el 200% del PIB. Y en ambos casos se reabsorbió merced a la adopción de fuertes cargas impositivas sobre las grandes fortunas. En el primer caso, cabe señalar que esas políticas – que hoy algunos tildarían, horrorizados, de “confiscatorias”-, fueron implementadas por una de las coaliciones más conservadoras de cuantas gobernaron la República. “El Bloque Nacional votó una tipo impositivo del 72% sobre los más ricos. Esa alianza procedía de las mismas familias políticas que, hasta 1914, rechazaban un impuesto sobre la renta del 2%”. En otoño de 2025, también fue rechazada por la Asamblea Nacional la modesta proposición de establecer un tributo del 2% sobre los ultrarricos. “Desplegando tanta energía en la defensa de los intereses de los poderosos, esa gente contribuye a orientar la cólera social hacia conflictos identitarios y discursos contra la inmigración y contra los pobres. Pero eso no resolverá nada. Los miles de millones que se necesitan no están ahí. A lo sumo, conseguirán dilatar los plazos. Sin embargo, en ese intervalo los estragos serán considerables. (…) La entente de nacionalistas y liberales nos conduce a lo peor”.
Ahí reside toda la cuestión. Hay una salida progresista posible al desorden global, a la tormenta económica y social que se avecina. Y lo impredecible se producirá, porque las condiciones objetivas para que así sea no dejarán de acumularse. Evocando la llegada sorpresiva de la revolución – que concebía, más que como un acelerador de la historia, como un freno a la barbarie -, Walter Benjamin recurría a la cultura talmúdica: lejos de anunciarse con gran pompa “el Mesías entrará en Jerusalén por la puerta más recóndita y estrecha de la ciudad”. Pero, ¿al precio de cuánto sufrimiento humano se abrirá ante nosotros un nuevo horizonte civilizatorio? La esperanza a la que nos convoca Morin no es un estado pasivo, sino todo lo contrario. Es un llamamiento a la acción, sabedor de las potencialidades de fraternidad y creatividad que la humanidad ha exhibido en los momentos de mayor inspiración de la historia. “A Dios rogando y con el mazo dando”. Hasta el viejo refranero se antoja luminoso al filo de medianoche.
Nos vemos este miércoles, en el Centro Cívico Golferichs de Barcelona, para hablar de todo ello en la presentación del libro “De la distopía a la esperanza. El socialismo democrático frente al mundo de los depredadores”. Y el fin de semana, la izquierda mundial tiene cita en la cumbre convocada por Pedro Sánchez.
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