¿Humanidad o barbarie? Un dilema ético

Alex Fergusson
Ecólogo. Negociador. Profesor-Investigador. Universidad Central de Venezuela. Columnista del diario El Nacional.

Mientras estamos tratando de sobrevivir a los estragos de la pandemia de Covid-19, a los efectos terribles del cambio climático, y a las calamidades del país que el régimen venezolano ha creado, a la avanzada de gobiernos populistas y autoritarios, el mundo encuentra razones para profundizar el debate sobre el dilema: ¿Humanidad o barbarie?, en especial luego de esa acción inaceptable de la invasión rusa a Ucrania que amenaza al mundo entero, en un momento en el cual apenas somos capaces de prever la magnitud del reto de superar las dificultades y obstáculos que se opondrán a que la humanidad se constituya en humanidad.

 

En tal sentido, parece que la gran misión en este decenio, será concretar una unidad planetaria en la diversidad. 

 

En tal sentido, por primera vez en la historia, la posibilidad de lo “universal” ha comenzado a vislumbrase como consecuencia de diferentes eventos, como la consciencia de que la posibilidad de extinción de la humanidad dejó de ser una amenaza retórica.

 

A ello se agrega la consciencia de que la crisis socio-económica mundial, afecta, ahora y en el futuro próximo, el desempeño de nuestras economías personales y locales, y la dinámica de nuestras sociedades; la creciente consciencia de que somos una comunidad mundial que comparte un mismo origen y un mismo destino; la existencia de una extensa y diversa red de intercomunicaciones y difusión de información que nos da acceso, en tiempo real, a lo que ocurre en el planeta.

 

Nos referimos, especialmente al efecto de visualizar la barbarie expresada en las guerras mercenarias, la amenaza de terrorismo o la guerra nuclear, el narcotráfico, el tráfico de personas, las hambrunas, el desempleo, la pobreza y la violencia en todas sus formas.

 

Pero también, a visualizar la importancia del fortalecimiento de las redes de interacción social, ambientalistas y de defensa de los Derechos Humanos, ahora ampliadas por las organizaciones comunitarias de base que surgen como nuevos actores sociales.

 

Como sabemos, las situaciones de crisis son también favorables tanto a la toma de consciencia como a los procesos de transformación. 

 

Estos pueden favorecer la propagación rápida de las ideas transformadoras y pueden abrir formidables posibilidades al diseño y construcción de una comunidad humana planetaria, de una sociedad-mundo reformulada en términos sociales, económicos, culturales y éticos, que podría contribuir a hacer de nosotros, seres civiles, cívicos, civilizados.

 

También pueden suscitar una nueva mentalidad, nuevos modos de pensar y actuar, una corriente de tolerancia, solidaridad, comprensión y compasión en el mundo, y un nuevo aliento, no para un “progreso” prometido, sino para un progreso posible, sustentable y éticamente fundado. 

 

Ahora bien, para enfrentar el dilema entre humanidad y barbarie, estamos obligados a una reintegración entre ética y política y entre ética y ciencia, entre sociedad y medio ambiente, hasta ahora separadas; una conjunción que resulta imprescindible a los imperativos de una ética planetaria, la cual solo puede afirmarse y evolucionar a partir de tomas de consciencia capitales.

 

La toma de consciencia de la identidad humana común en el marco del reconocimiento de las diversidades individuales, culturales y lingüísticas, que en lo sucesivo enlace cada destino humano, nacional y regional, al del planeta.

 

La consciencia de que las relaciones entre personas, pueblos y naciones, hoy devastadas por la incomprensión y la intolerancia, requieren una reformulación. Pero, además, la toma de consciencia de la finitud humana y de su inseparabilidad con el planeta, con la comunidad de la vida que lo habita, y con el universo, para lo cual más que la acumulación de conocimientos, requerimos alcanzar sabiduría.

 

El abandono del sueño prometeico del dominio de la naturaleza y su sustitución por la aspiración a una relación conviviente, cariñosa <casi erótica> y pacífica con el planeta y la comunidad de la vida que lo puebla, lo cual pasa por la necesidad de articular armoniosamente la lógica consciente y reflexiva de la humanidad, con la lógica caótica y auto organizadora, inconsciente, de la naturaleza.

 

La toma de consciencia de que la solidaridad con las raíces nacionales, étnicas o comunitarias debe extenderse y fortalecerse con un enraizamiento más profundo con la comunidad planetaria, para superar el cosmopolitismo abstracto y mediático, que ignora las singularidades individuales, sociales y regionales, así como al internacionalismo miope que ignora la realidad de las patrias y los pueblos.

 

A partir de allí una ética planetaria tendría la finalidad de dotarnos de las guías de pensamiento, palabra y acción que nos permitan comprender y resistir las funciones de la naturaleza, con sus furias y sus fenómenos.

 

Comprender también, las lógicas del nacimiento, la enfermedad, el envejecimiento y la muerte; comprender y resistir la barbarie humana que nos es inherente, así como la ignorancia de la verdadera naturaleza de las cosas y los fenómenos de la vida, la ira y al apego a lo material. Enfrentar y transformar la crueldad del egoísmo-egocéntrico, de la intolerancia y la barbarie del modelo civilizatorio, con su sistema tecno-económico eco-depredador, alienante, explotador, excluyente, injusto y empobrecedor, que lo sacrifica todo en el altar de la rentabilidad, el confort y el beneficio, o en aras de los sueños de psicópatas empoderados. 

 

Esta visión de la ética hace una fervorosa convocatoria al reconocimiento del otro en su diversidad y en su unidad con nosotros; a la flexibilidad <para enfrentar la duda y la incertidumbre propias de la complejidad inherente a la vida>; a la solidaridad <que nos mueve a la cooperación y la convivencia>, y a la compasión <que se pone en el lugar del otro, lo comprende, lo respeta, lo acompaña y lo apoya>. 

 

Hay, pues, una apelación a despertar la bondad humana, que es también una con su capacidad de maldad, a través de la renovación y fortalecimiento de la Maestría Personal y del vínculo con su espiritualidad. 

 

En todo caso, la ruta será dura, aleatoria y probablemente larga, pero al mismo tiempo nos encontraremos en ella, ante la posibilidad esperanzadora de avanzar hacia una transformación beneficiosa que abarca todos los ámbitos de la vida humana. 

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