Bolivia: vivencias de un asilo asediado

Edmundo Font
Diplomático

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Luz de emergencia / Edmundo Font

“Edmundo Font se ha adentrado en lo más profundo de la Bolivianidad. Sus Illimanis lo dicen... su obra pictórica demuestra que Edmundo pintor está inmerso en las aguas de ese arte, a veces en sus profundidades, misteriosas, otras diáfanas, luminosas. No deja de ser un documento de vida, esta obra realizada en el transcurso de su casi breve estancia en Bolivia; pero un documento de arte depurado, descubrimientos asombrosos de la belleza del coloso Illimani, adentrándose en la obra de aquellos extraordinarios exponentes de la pintura y la poesía: Guzmán de Rojas y Jaime Saenz. Excelente idea la de editar este catálogo riquísimo en belleza plástica”.

 

Matilde Casazola Mendoza

 

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Privilegio no es la palabra adecuada, pero entre sus significados podría desprenderse un sentido excepcional para mí; el de haber tenido la oportunidad de aportar un grano de arena a la histórica política del derecho de asilo que México ha honrado en momentos críticos de embates contra la institucionalidad democrática, frente a los fascismos europeos y a los golpes de estado latinoamericanos. 

 

Fui indicado por mi cancillería para ser el encargado de negocios a.i. en Bolivia e instruido a viajar con urgencia  —en menos de 24 horas— para hacer frente a la emergencia que representó declarar “persona non grata” a nuestra embajadora, a fines de diciembre de 2019. Las autoridades de facto armaron un falso cuadro de pretendida evasión de los altos personeros que habían encontrado refugio diplomático en nuestra Residencia oficial en La Paz, creando una situación que ponía en grave peligro la integridad de parte fundamental del gabinete de Evo Morales. Conviví, durante el 2020, con los ex-ministros de la Presidencia, Defensa, Justicia, Cultura, Interior, Minas, y otros altos funcionarios. A dos de ellos, de los que obtuve el debido salvoconducto, me los arrebataron a golpes antes de entrar al aeropuerto de El Alto (y tras duras negociaciones logramos rescatarles y ponerles en el último vuelo de esa aciaga jornada). 

 

Asilados y funcionarios mexicanos nos vimos sometidos a presiones indebidas, y a un acoso permanente. Las autoridades dirigieron potentes haces de luz hacia nuestras habitaciones, propios de los campos de concentración, apostando en los cerros aledaños decenas de policías, y de soldados que nos vigilaban las 24 horas. Todo ello quedó registrado en videos y fotografías.

 

De allí que mi libro-catálogo, publicado por PLURAL, que narra en imágenes y en textos de destacados intelectuales bolivianos una faceta aislada de mi trabajo personal, se haya llamado, con ironía, “LUZ DE EMERGENCIA”; las memorias, propiamente, de los acontecimientos de ese difícil año en Bolivia están siendo redactadas aún, por quienes las vivimos en sus otros ángulos, en los humanos y en los políticos.

       

“…Font recrea las fuerzas más profundas de una identidad común profanada y de mitos contemporáneos”.

 

Julio Barriga

 

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GRANDES CIMAS LATINOAMERICANAS: GUZMAN DE ROJAS, SAENZ Y EL ILLIMANI

 

—Presencia de la montaña:

 

El Illimani se está —es algo que no se mira.

En el Illimani, el cielo es lo que se mira; el espacio de la montaña. No la montaña.

En el cielo de la montaña, por la tarde, se acumula el crepúsculo; por la noche, se cierne la Cruz del Sur. Ya el morador de las alturas lo sabe; no es la montaña lo que se mira.

Es la presencia de la montaña.

 

Jaime Saenz—

 

A la Sirena que un KALLAWAYA vislumbró conmigo en Titicaca.

 

Una serie pictórica no requiere explicaciones, pero conocer un proceso de creación puede ofrecer elementos a quienes se interesan en conocer aquellas motivaciones, que tras bambalinas, incitan a plasmar un tema; en mi caso, éstas pasan por la fascinación y la poderosa atracción de la obra de dos grandes creadores, Cecilio Guzmán de Rojas y Jaime Saenz. Y a la pasión que despierta el poderoso mundo visual y poético de esos dos autores geniales, se suma una inmanencia vivida también en Bolivia, como extraordinario punto de apoyo: el majestuoso macizo nevado de la Cordillera Real, el Illimani.

 

Cuestión fundamental, inspiradora de una obra nacida en momentos de extrema complejidad, ha sido también la invocación de la Achachila de la singular montaña — el espíritu protector que desciende a la Hoyada— y mi respeto a las tradiciones del pueblo Aymara.

 

En su génesis, mi tarea atravesó las vicisitudes del encierro, y de un clima de acoso que trataré brevemente más adelante; mi faena representó una travesía de 40 días, inclinado sobre cartulinas trabajadas con lavandina (cloro); harina amalgamada con huevo y “Resistol”; tablas contrachapadas; y, cuando ya pude conseguir, pintura acrílica, con más lavandina en polvo.

 

La serie es un homenaje iconográfico a Guzmán de Rojas, Saenz y al Illimani, como un todo, tomando en cuenta el vigor de la obra y el dramatismo de la vida de esas dos figuras que vivieron al borde de sus abismos existenciales y nos legaron una de las obras más vigorosas de la mejor tradición en las artes plásticas y poéticas del continente.

 

El Illimani también estuvo siempre presente en esos dos intelectuales, quienes enfrentaron demonios similares a los que sufrió el cónsul Geoffrey Firmin, el personaje de Lowry, en Bajo el volcán. Es como si la dimensión dramática de su iniciación esotérica nos vinculara al destino malhadado del propio Lowry en la Cuernavaca dominada por el Popocatépetl. De allí también la fascinación que me llevó a buscar la inspiración tutelar que guio mis manos en una terraza sometida a las inclemencias de la “Rinconada”, en La Paz.

 

El oficio de la poesía, la pintura y la diplomacia pueden caminar de la mano —en paralelo siempre, con asomos, pero sin mezclarse—. Es el caso de grandes autores latinoamericanos como los mexicanos Amado Nervo, Alfonso Reyes, Carlos Fuentes, Octavio Paz; los brasileños Guimarães Rosa, João Cabral do Melo Neto, Raul Boop, Vinicius de Moraes; los chilenos José Maria Errázuris, Ramón Subercaseaux Vicuña, Pablo Neruda, José Venturelli; los bolivianos Franz Tamayo, Oscar Cerruto; los argentinos Miguel Ocampo y Alberto María Candioti; los venezolanos Pedro Centeno Vallenilla, Hernani Escobar, Leandro Area y el salvadoreño Toño Salazar. Por citar tan solo a unos cuantos creadores que se desempeñaron también como diplomáticos.

 

La experiencia privilegiada de haber sido enviado como representante de mi país para cumplir una misión delicada, como fue el complicado caso de los trece meses que serví en Bolivia, me deparó con vivencias andinas formidables, pese a vicisitudes mayúsculas de asedio (aunque en mayor o en menor medida ya había experimentado ese tipo de alta tensión en El Salvador de la guerra civil, o enuna Colombia asolada por el narcotráfico de Escobar y de Rodríguez Gacha).

 

Por muchos es conocida la situación prevaleciente a mi llegada a La Paz, en enero de 2020, después de la interrupción abrupta del gobierno legítimo, a finales del 2019. La administración de facto incumplió sus obligaciones sobre el Derecho de Asilo, pero se logró salvaguardar la integridad física de una parte del gabinete presidencial anterior, del ex fiscal general, de un gobernador y de otros funcionarios con los que conviví cerca de un año.

 

No es éste el lugar para abundar en cuestiones que aguardan mayor dilucidación y análisis político. Y, sin embargo, no me sustraigo de comentar algunos detalles que pudieron haber gravitado en el contenido de la labor creativa. En estas páginas solo se podrá observar el lado luminoso de las dificultades. El material gráfico no contiene una pizca de intención panfletaria. La densidad intelectual, múltiple, plural, de Bolivia está por encima de episodios de grave encono como los que provocaron situaciones críticas en el 2020.

Al hostigamiento que significó el seguimiento de autos con torvos individuos de la “inteligencia” policial, de manera ininterrumpida las 24 horas del día, registrando mis movimientos con tomas fotográficas, se sumaron amagos violentos, con el despliegue de contingentes con perros, armados hasta los dientes; además de haber soportado el disturbio de potentes proyectores de luz que eran dirigidos hacia las recámaras de la Residencia oficial de la embajada.

 

A esa situación, en extremo anómala, y que merece la condena internacional, se agregó un estricto confinamiento obligado por la pandemia de COVID-19. Viví más de medio año con limitación de movimientos, en una residencia de proporciones limitadas, la misma que albergaba a un grupo considerable de personas que temían por su vida. Debí observar también estrictas medidas de seguridad sanitaria, y no ponerles en peligro. Con la infame persecución en su contra hubieran salido mal librados, en caso de haber requerido atención hospitalaria.

 

Una historia personal que no se cierra:

 

En resumen, con materiales simples a la mano, plasmé una lectura en homenaje a un estamento intelectual y paisajista que me permitió expresar sentimientos macerados en una suerte de admiración por valores intrínsecos de la cultura boliviana y mostré a algunas personas amigas el resultado alcanzado en algo más de tres docenas de pinturas. El portentoso artista que es Gastón Ugalde vino a saber de ello y me habló del interés que podría suscitar exponerlas. Le respondí que no deseaba involucrar ninguna gestión de lo personal con lo oficial. Gastón, con su talante generoso, respondió que sería él, junto a su hija Canela, quienes curarían la exposición. Y así fue que las imágenes terminaron siendo alojadas en un recinto primordial, la “Casa del Poeta”, donde había vivido y muerto, precisamente, ese pilar de la poesía boliviana que fue Jaime Saenz.

 

Ya la valiosa idea de publicar un libro con mis imágenes y textos cortos de algunos poetas sobresalientes fue de Marisabel Villagómez —quien lo ha prologado—. Le pareció oportuno, a la acuciosa historiadora, que se ampliara el radio de la exposición, y la generosidad de un equipo de artistas de la talla de Ivan Cáceres y Mónica Navia; de la pluma del formidable arquitecto Carlos Villagómez, y de la generosidad de José Antonio Quiroga, en su bella editorial, “Plural”, han hecho el resto fundamental. Gratitud profunda debo a todas ellas y a todos ellos.

 

Finalmente, dejé Bolivia con cierto pesar. El de quien aprende a amar lo que admira: un país de valores multiculturales de raigambre prodigiosa, y de gente de calidez muy honda. Pero ahora la partida quedará marcada por esa admiración que se materializa en bellos ejemplares, proyectando instantes de una suerte de MEMORIAS “en tiempos de crisis sociopolítica y de pandemia”, mal parodiando quizá al título de la afortunada novela que hablaba del amor y de otro tipo de cólera…

 

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