Son como niños

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Discusiu00f3n


Cuántas veces hemos oído la expresión: “son como niños”. Tiene un tono peyorativo. Se atribuye a las personas adultas cuando no responden al modelo que tenemos de adultez. De esta se espera un determinado comportamiento, meditado, responsable, equilibrado, estable, consecuente, previsor, etc. Se supone que a una determinada edad la persona ha llegado a madurar y ello implica que domina sus impulsos, que no confunde el sentimiento agresivo con la violencia, ni el amor con la pasión ciega; que posee la ecuanimidad para poder objetivar las situaciones y no dejarse llevar por el subjetivismo; que considera al otro como un ser distinto con sus propias razones, de las que se puede discrepar, pero a la vez escuchar la posible verdad de sus argumentos. Por ello evita precipitarse en la descalificación o en el insulto. Ejerce la urbanidad, es decir la capacidad de convivir con los otros en el espacio común que representa la urbe,de limitarse para permitir el espacio de los demás.


Usamos la expresión cuando observamos parejas en conflicto tironeando cada uno por su lado de los hijos comunes, claustros académicos enfrentados por las rencillas de la envidia, profesores que pierden los nervios y castigan vengativamente a sus alumnos, serios y trajeados conductores que se lían a puñetazos por rasguño en su carrocería. Pero sobre todo, y últimamente mas, lo decimos del comportamiento de un gran número de políticos. No todos.


Quisiera evitar el tópico populista que iguala por abajo a todos los que se dedican a legislar y gestionar lo público.


Hablo de aquellos que patean o abuchean al contrario sin el más atisbo de vergüenza; que no dudan en el improperio contra el oponente, y si son recriminados se defienden con el argumento del que el otro empezó y la dijo más gorda: “Seño, yo no he sido, ha sido él”. Vemos próceres que comparten actitudes con los hooligans deportivos, defendiendo su equipo con una pasión ciega como si fuera un ídolo incuestionable, atribuyendo sus errores al contrario o a la parcialidad del árbitro. Escuchamos individuos que mienten flagrantemente y sin rubor; que contradicen lo que dijeron hace cuatro días sin rectificación o reconocimiento de error; que cambian las palabras para que signifique lo que ellos quieren que signifiquen. Muchos utilizan el diccionario de sinónimos para encubrir lo evidente. Retuercen las palabras: “yo no le dije puta, le dije pata”. Cogidos con las manos en la masa o con los billetes saliéndosele de los bolsillos, pueden decir: “no es lo que parece, os lo puedo explicar”. No dudan en enredar con justificaciones increíbles o desviando el tema hacia vías muertas legalistas, para confundir al ciudadano: “yo no estaba allí”, “estaba pero no vi nada”, “no me acuerdo”, “eso lo lleva mi secretario, el tesorero o mi marido”. A veces se enredan ellos mismos con titubeos, frases confusas, o lapsus que los delatan: “yo puedo haber metido la mano, pero no la pata”. Copian en los exámenes, hacen campana, fuman en los patios, hacen pintadas en los váteres para insultar al compañero o al profe de “mates”. Senadores (del latín senatus: anciano, cuando a los ancianos se les suponía experiencia y seny) insensatos; parlamentarios que no parlan, o si lo hacen no es para dialogar, es para liarla; diputados (del latín putare: pensar) que piensan poco. Es verdad, es fácil comparar conductas y actitudes con aquellas que vemos en los niños y en los adolescentes. “Parece que están en el patio del colegio”.


Suponemos a los adultos una manera de ser que llamamos madura, de la que carecen los niños o los adolescentes. Son inmaduros, decimos, como si acarrearan una tara de la que solo se desprenderán el día que lleguen a la adultez.


No es justo. Los niños no son inmaduros, son niños; pueden ser perfectamente maduros para su edad, y no hay que esperar que pasen los años para llegar a serlo, como si la adultez fuera por si misma la madurez. Como si esta fuera un proceso autónomo, una evolución natural, prefijada, desde la inmadurez infantil a la madurez adulta. Pero adquirir esas condiciones de equilibrio, objetividad o racionalidad no es un hecho de la naturaleza. Incluso para los procesos naturales la maduración no es algo que llegue a término en todos los casos y de la misma manera. Depende del entorno: de la meteorología, de la lluvia y de la temperatura, de la exposición al sol, de la calidad y abono de la tierra, para que llegue a producirse el fruto. Es mas, en realidad cuando decimos que una fruta está madura, lo que queremos decir es que está en condiciones de servirnos de alimento.


Algo tiene que producirse para que las personas puedan usar su pensamiento y sus emociones de manera creativa. Para llegar a este punto no basta con contar años ni con crecer unos decímetros. Es, vamos a decirlo así, un trabajo. Un trabajarse a sí mismo. Hay que currárselo, para usar una expresión juvenil. Es la construcción de un pensamiento inteligente y crítico que busque entender la realidad, mas allá de la evidencia yde los tópicos, más allá del provecho propio y de la astucia; que comprenda las causas y las consecuencias de los hechos y de las decisiones, que tenga incorporado a su conocimiento un tiempo histórico que entienda el pasado y sirva para construir un futuro. Es la elaboración de una subjetividad fruto de una experiencia de acuerdo con el semejante, pero también de desacuerdo, con el diferente. Es aceptar el límite de lo posible y la renuncia a la omnipotencia. Diferenciar entre el debate y el combate. Este camino se inicia al nacer y acaba con la vida. No es un movimiento autónomo, depende de la historia de cada sujeto, de la interiorización de lo vivido. Lo hacemos acompañados, por quienes nos cuidan y nos educan, pero también de los iguales en edad con los que aprendemos a discutir, a llegar a acuerdos, a amar, y a sufrir el desengaño. Es soportar el esfuerzo para saber y dejarse llevar por el deseo de conocimiento. Es una educación que va mas allá de los estudios o de la erudición.


En este sentido, los políticos a los que nos referimos al decir que son como niños, están mal educados y con frecuencia son unos maleducados.


Hace unos años un chico que con su clase del instituto visitaba el Congreso de los Diputados y asistió a una sesión comentó: “si alguno de nosotros se comportara así en clase, le echarían inmediatamente". Me parece que es un buen ejemplo de madurez adolescente frente a la inmadurez adulta.


Los políticos no lo son por ellos mismos, representan a los ciudadanos y las ideas sobre una manera de ejercer el gobierno. Los parlamentarios no pueden decir cualquier cosa según su parecer personal o su impulso emocional. No todo vale en defensa de su posición o de su partido. Son representantes de los que le votan y si no pueden cumplir lo que prometieron han de responder por ello sin subterfugios, engaños o mentiras. Si no, no es que sean como niños, son adultos mendaces, tramposos, corruptos o irresponsables. Otra cosa es cómo puede ser que los ciudadanos a quienes representan, les otorguen su confianza. Pero eso es tema para otro artículo.

1 Comentarios

1

Estic absolutament d' acord amb les teves reflexions. Et felicito per la teva capacitat de transmetre un pensament profund de manera tan planera.

escrito por margarita 27/jun/18    13:49

Escribe tu comentario




No está permitido verter comentarios contrarios a la ley o injuriantes. Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios que consideremos fuera de tema.

Más autores
La normalidad es rara
Leer edición en: CATALÀ | ENGLISH