miércoles, 16 de octubre de 2019

​Proust y sus madalenas

Miquel Escudero

Marcel Proust 2


Hoy me gustaría que aprendierais, quienes no lo sabéis, el sentido de la expresión la madalena de Proust. Nacido en 1871, el escritor francés Marcel Proust publicó con 25 años de edad su primer libro, que fue prologado por Anatole France. Frecuentó durante diez años más los salones aristocráticos hasta que, por razones de su frágil salud, dejó de hacerlo. Entonces comenzó su larguísima y célebre obra ‘À la recherche du temps perdu’ (A la búsqueda del tiempo perdido), que le tuvo ocupado hasta su muerte, en 1922, poco después de cumplir los 50 años de edad. Tengo aquí el primer libro de la serie: ‘Por el camino de Swann’.


Proust aborda la relación del pasado y del presente en la conciencia. Entiende que la vida no puede ser comprendida en el mismo momento de ser vivida, sino a través del recuerdo, constatamos entonces que la realidad que yo conocí ya no existe y podemos también echar de menos un determinado instante. 


La idea feliz del novelista, pensaba Proust, es sustituir ciertas partes impenetrables para el alma por una cantidad equivalente de partes asimilables; no somos un todo materialmente constituido y todo se va disgregando.


Por aquí desfila una abuela “tan buena y de tan humilde corazón, que su cariño a los demás y la poca importancia que ella se daba se armonizaban dentro de sus ojos en una sonrisa”. El olor y el sabor perduran mucho más. De pronto el recuerdo surge: “ese sabor es el que tenía el pedazo de madalena que mi tía Leoncia me ofrecía”. “Dejo la taza y me vuelvo hacia mi alma. Ella es la que tiene que dar con la verdad”. De dónde venía y qué significaba:


“Mandó mi madre por uno de esos bollos, cortos y abultados, que llaman madalenas, que parece que tienen por molde una valva de concha de peregrino. Y muy pronto, abrumado por el triste día que había pasado y por la perspectiva de otro tan melancólico por venir, me llevé a los labios una cucharada de té en el que había echado un trozo de madalena. Pero en el mismo instante en que aquel trago, con las migas del bollo, tocó mi paladar, me estremecí, fija mi atención en algo extraordinario que ocurría en mi interior: Un placer delicioso me invadió, me aisló, sin noción de lo que le causaba”.


Y esto es todo por hoy. Comamos, bebamos y sintamos. 

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