Populismo: vox populi, vox Dei

Luis Moreno
Profesor de Investigación del Instituto de Políticas y Bienes Públicos (CSIC)

Donald trump op 1 1 1


Así decían los antiguos greco-romanos, cuyo legado sigue informando -y conformando- nuestro código social y político en los linderos del Mare Nostrum. La opinión del público ciudadano expresa la voluntad de los dioses y por ello debe ser respetada. Séneca apuntaba, por ejemplo, que “sacra populi lingua est” (sagrada es la lengua del pueblo).


Veinte siglos más tarde asistimos a la sacralización de la diferenciación política por la existencia y uso de lenguas propias. Su rentabilidad electoral, en ausencia de otras recursos de poder, continúa siendo alta (sea a nivel estatal, subestatal y hasta local). Es ello un poderoso instrumento de afiliación electoral basado en una creencia (cuasi) divina. Como ya apuntaba el antropólogo Clifford Geertz, una fuerza coercitiva primordial como la lengua relaciona a las personas de forma inmediata e irreversible y no como resultado de la atracción personal, la necesidad táctica, el interés común o la obligación moral. Sucede, no obstante, que con mayor frecuencia los individuos se comunican en más de una lengua y con nuevos medios digitales. Las fuerzas coercitivas se dejan sentir, por tanto, de forma múltiple.


Empero, los políticos deben seguir a pies puntillas las voces de su pueblo. Un axioma del cual puede nutrirse no sólo la idea democrática, sino hasta la autoritaria y despótica, siempre que esta última sea vehículo de la voluntad popular. 


En realidad, el vocablo ‘populismo’, y según la propia acepción del diccionario de la RAE, es una

tendencia política a la que se suscriben todos los partidos o movimientos políticos, simplemente porque todos ellos pretenden atraerse a las clases populares y, eventualmente, ganarse su voto o aquiescencia.


Pero la alusión al uso despectivo que la propia Academia de la Lengua hace del término populista pretende buscar una singularidad conceptual al mismo. Es decir, el ‘populismo’ sería una práctica -en vez de filosofía política- que se basa en la demagogia, una estrategia utilizada para conseguir el poder político mediante falsas promesas. Nos adentramos aquí en un terreno no sólo resbaladizo sino de inasibles arenas movedizas, porque, ¿existen formaciones políticas con aspiraciones a gobernar que renuncien a "imposibles" en sus manifiestos electorales?


RECLAMO ELECTORAL


Recuérdese la pervivencia (cada vez menor) de los denominados ‘catch-all-parties’ (partidos atrápalotodo). Sus objetivos han sido los de apropiarse de numerosos reclamos electorales, lo que les ha llevado con frecuencia a adoptar posiciones generalistas y a realizar promesas en ocasiones incompatibles entre sí. Los resquicios electoralistas y asuntos entrecruzados que ésos grandes partidos ‘cógelotodo’ han dejado libres, han sido aprovechados con gran eficacia por los nuevos  partidos ‘populistas’, generalmente monotemáticos o con una idea fuerte en sus reclamos

electorales que hace inaudibles, y hasta inexistentes, otras voces de los dioses.


Un ejemplo puntual respecto a lo anterior podría ser el caso del Movimiento Cinco Estrellas en Italia y su promesa de renta ciudadana. Este programa aún no ha sido implementado pero fue su auténtico tirón electoral, especialmente en el meridión italiano. Allí algunos de sus votantes se aprestaban a hacer cola al día siguiente de las elecciones en las oficinas gubernamentales para recibir su correspondiente subsidio monetario. Ahora el gobierno de los estelares y los leguistas de Salvini trata de rebuscar en las cuentas públicas dineros para acometer tal promesa electoral. 


Recordemos que Italia es el segundo país, tras Grecia, con mayor deuda pública de la UE (en torno al 132% del PIB, más del doble del 60% establecido por el Tratado de Estabilidad, Coordinación y Gobernanza, o Pacto Fiscal europeo, adoptado en 2012). Confiemos que la alegrías presupuestarias del presente gobierno italiano no lastren irremisiblemente la idea justa de la renta ciudadana.


Con la victoria del derechista Donald Trump en las elecciones presidenciales estadounidenses se intensificaron los epítetos contra el populismo. 


No muy lejos geográficamente del país norteamericano, el presidente izquierdista Daniel Ortega también fue tildado de populista después de su triunfo en las elecciones nicaragüenses  ampliamente contestadas por la oposición.  Pese a su común denominación como populistas, ambos políticos no podrían estar más alejados ideológicamente entre sí. El sabio ex presidente uruguayo, José Mújica, manifestaba en una reciente entrevista que populista era todo lo que molesta, con lo que no se está de acuerdo. Vendría a ser como un latiguillo dialéctico que simplifica el disgusto hacia partidos que causan rechazo entre sectores -minoritarios y mayoritarios- del electorado. Quizá convendría añadir, en aras de la clarificación semántica, que "populismo" a secas quiere decir poco, más allá de su uso como arma arrojadiza en la pugna política entre líderes y partidos políticos en continua liza electoral.


¿Qué mejor esclarecimiento que añadir adjetivos calificativos al sustantivo del populismo? En realidad tales adjetivos deberían cumplir su función clarificadora resaltando específicamente las propiedades que se le atribuyen al populismo del que se hable. Así, por ejemplo, reaccionario complementa el tipo de populismo desplegado por el millonario neoyorquino Trump. Su lema de campaña ('Make America Great Again') expresó genuinamente, y con gran economía de palabras, la naturaleza de su populismo. Cabe recordar que "reaccionario" es un término referido a ideologías o personas que aspiran a instaurar un estado de cosas anterior al presente. Y eso es lo que Trump sigue ofreciendo a los electores estadounidenses, es decir, una reacción para recuperar el 'Number One', el cual él considera que EEUU ha perdido. 


Para Trump y sus secuaces poco importa saltarse los postulados neoliberales y abrazar la causa del proteccionismo del mundo anglo-norteamericano. Lo que importa es ser los primeros y mandar.


En aras de evitar las incesantes ceremonias de confusión propiciadas no sólo por las 'fake news' (noticias falsas) sino por la vorágine de una marketing político de quita y pon, bueno sería que nos acostumbrásemos a suplementar al término del populismo con calificativos tales como: "eurófobo", "imperialista", "neoliberal", "racista", "reaccionario", "supremacista", "religioso", "revolucionario", "xenófobo", "consumista" o "carismático", pongamos por caso. Valgan estos epítetos como ejemplos de un variado muestrario en el que no todos los populismos son iguales. Porque plurales y variados son los dioses que los avalan y cuyas voces se dejan sentir sin solución de continuidad en los tiempos insustanciales que corren.

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