Es hora de tomar una determinación

Lluís Rabell
Traductor, activista y político

Rajoy ve menos riesgo de declaración de independencia y se muestra dispuesto a hablar con Mas si le llama


"Fer un pensament" era la expresión que solía usar mi abuelo para señalar que había llegado el momento de adoptar una resolución enérgica ante una cuestión que se había tornado insoslayable. Pues bien, por lo que respecta a la confluencia de izquierdas conocida como «los comunes», ya va siendo hora de hacer "un pensament". Hace dos días, el voto favorable de su grupo parlamentario a una excéntrica moción de la CUP que reprobaba la Constitución española como antisocial y antidemocrática, encendió todas las alarmas. Semejante posicionamiento cuestionaba toda una tradición de la izquierda catalana y del movimiento obrero – una tradición que entiende que la Constitución del 78, impensable sin la lucha de la oposición democrática, logró establecer un marco de convivencia y progreso social tras décadas de dictadura. Pero, ante todo, un voto tan cargado de simbolismo situaba a los "comunes" en la órbita del discurso independentista, según el cual España seguiría siendo irremediablemente franquista.


Una grave equivocación que habría que atribuir sin embargo, no tanto al propio grupo parlamentario como a la calculada ambigüedad de que hace gala la dirección del partido. En la legislatura anterior, Catalunya Sí Que es Pot estuvo ya a punto de estallar a las puertas del pleno del Parlament de los días 6 y 7 septiembre de 2017, cuando fuimos presionados hasta forzar la abstención de nuestro grupo ante la Ley de Referéndum – que promovía, pisoteando los derechos de la oposición, la mayoría independentista. A pesar de tratarse de una convocatoria ilegal y carente de garantías democráticas, la dirección de los "comunes", sensible a un entorno soberanista, no quería quedar al margen del 1-O. Pero, por respetable que fuese el deseo de votar de mucha gente – y por muy inaceptable que fuese la respuesta policial del gobierno de Rajoy, el carácter político de aquella convocatoria venía marcado por las llamadas "leyes de desconexión". La pretendida Ley Fundacional, a la que sí pudimos oponernos abiertamente, dibujaba la arquitectura de una República que, de hecho, era mucho menos democrática que la monarquía parlamentaria instituida por la Constitución del 78: una república sin separación de poderes y con las atribuciones de su futura representación parlamentaria secuestradas de antemano.


Pero la dirección de los comunes solo contemplaba la movilización de una parte de la sociedad catalana, sin percibir la angustia y perplejidad de la otra –-donde se sitúa, por cierto, el grueso de la población trabajadora que ha constituido la base social histórica de las izquierdas. Ese estrabismo político continua. Y ha sido la verdadera causa de este último error… que bien podría ser un último aviso. Mientras comete semejantes deslices en el parlamento, Catalunya en Comú, que parece ajena a las vivencias de esos sectores populares, sigue deshojando la margarita de su ideario. ¿Qué somos? ¿Federalistas o confederales? ¿Somos tal vez un poco independentistas? La pregunta que nos hace la clase trabajadora es, sin embargo, mucho más directa y no se pierde en divagaciones: ¿queréis la ruptura de Catalunya con España, sí o no?


Tras la experiencia de estos años, sería hora de decir, simple y llanamente, que un proyecto coherente de izquierdas es incompatible, no solo con la vía unilateral y manifiestamente fracasada del "procés", sino también con el propio objetivo de la independencia de Catalunya. La República autoritaria y populista de 7-S, llamada a convertirse en un paraíso fiscal, no era una simple pesadilla, ni el diseño erróneo de algunos dirigentes: bajo las condiciones objetivas de la globalización y ante las diversas identidades que conviven en nuestra sociedad, un nuevo y raquítico Estado catalán difícilmente podría configurarse más que como un ente regresivo, sometido al feroz dictado de los mercados financieros.


El horizonte de una izquierda transformadora no puede ser el de una Andorra con vistas al mar, ni nada que se le parezca. Es hora de decir que aspiramos a un Estado capaz de acomodar al conjunto de nuestras diversidades nacionales desde el reconocimiento y la solidaridad; que queremos una reforma federal de España y de Europa. Si tardamos demasiado en tomar esa determinación, quizá ya no tengamos tiempo para cambiar de rumbo.

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