​Albert Rivera se desnuda por segunda vez

Carmen P. Flores

En la vida hay personas a las que les gusta desnudarse física o mentalmente. Nada que decir al respecto. Cada uno es libre de elegir estas opciones, aunque a algunos les parezcan escandalosas. La libertad es como el arcoíris, cada uno la interpreta como quiere.


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Hace ya unos trece años que un joven de nombre Alberto Carlos Rivera, transformado después en Albert Rivera, se metía en política. Presentó su candidatura como Ciudadanos a las elecciones autonómicas catalanas y salió elegido. Su campaña fue novedosa, desenfadada y fresca: aparecía desnudo en el cartel, con las manos cruzadas para tapar lo que algunos llaman las vergüenzas.


La carrera del joven Rivera -del que algunos dicen que estuvo dos años militando en las juventudes del PP; él lo desmiente- fue meteórica. Desenfadado, buen orador, atrevido y sin reparos, aportó aire fresco a la denominada vieja política.


Al nuevo partido Ciudadanos, su mentor Rivera lo definía como "liberal, socialdemócrata y hasta de centro izquierda". Con estas definiciones, muchos de sus votantes procedían del PSC, Iniciativa o la fracción más liberal de los populares. Todo un éxito que le llevó a dar el salto a la capital política y económica de España, lo que él siempre había ambicionado. Ya no fue necesario hacer un desnudo, Rivera era conocido y querido por una buena parte del mundo económico que financió su campaña, aunque esta "menudencia" también la niega. "Un hombre orgulloso rara vez es agradecido, porque piensa que todo se lo merece". Son palabras de clérigo Henry Ward Beecher.


Durante un tiempo, el líder naranja afirmaba con rotundidad: "Venimos a mojarnos. Hemos venido aquí para eso" o "No queremos que los pactos se hagan por carguitos, consejerías, concejalías o por pasteleo" o "Si tienen imputados que ni se molesten en levantar el teléfono".


Rivera, como algún anuncio de detergente, era el más limpio de todos los políticos y venía a regenerar la política española, Europa y hasta el mundo entero. Un líder como Dios manda, decían algunas almas cándidas que veían en este joven sin pudor el salvador de la patria y el azote del independentismo.


Pero como el alcohol que se sube a la cabeza si se abusa de los buenos caldos de este país, el pavo se le subió a la cabeza más pronto que tarde porque, como decía Machado, "en España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa".


La joven promesa fue aumentando en número de votos y en implantación territorial. La ambición de dar el sorpasso al PP marcaba la ambición a corto plazo del partido naranja. No fue posible; no obstante, sus votos, en muchos casos, han hecho posibles gobiernos autonómicos, municipales y supramunicipales con el PP y Vox, pero se ha negado reiteradas veces a abstenerse para que salga elegido Pedro Sánchez como presidente y pueda formar gobierno. 


Su sentido de Estado, que siempre ha puesto por delante, lo ha dejado en el cajón de las vanidades, lo mismo que sus comentarios sobre el PP, del que decía que tampoco es precisamente el adalid en la lucha contra la corrupción.


Por segunda vez, Rivera se ha desnudado, en esta ocasión ideológicamente o, quizás, como algunos dicen, ha vuelto a sus orígenes; ya está en posición de tocar el poder, como gusta a los políticos.


Con tanto vaivén ideológico escorado ahora a la derecha, algunos de sus fundadores, como Francesc de Carreras -por cierto, fue profesor suyo en la universidad- han decidido romper el carnet y denunciar al partido que con tanta ilusión habían apoyado. A lo largo de esta semana han seguido más. El goteo de bajas seguirá. Los que están en el entorno de Rivera y siguen como guardia pretoriana suelen ser los que no tienen otra salida política.


Con el cambio de estatus social, Rivera ha pasado del desnudo de su primer cartel a codearse con la "alta sociedad" del mundo económico, social y de la farándula. Le ha cogido el gusto a la buena vida, a su Audi blindado con chófer y a viajar.


Ahora, su hombre de confianza es Marcos de Quinto, un ejecutivo agresivo. Es el hombre de moda dentro de Ciudadanos. Mientras, Inés Arrimadas -que hizo un buen papel en su etapa de diputada autonómica-, en el cargo de portavoz, está metiendo la pata hasta el fondo. Cuando esté quemada, la sustituirá por otra. Rivera no tiene piedad a la hora de cambiar o dejar tirados a sus "compañeros" de partido. Lo malo es que hay gente dentro de la formación que no le baila el agua, ni está dispuesta a dejarle el camino libre.


Los problemas dentro de Ciudadanos solo acaban de empezar. A Rivera le espera un verano calentito…

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