jueves, 24 de octubre de 2019

Jugar es algo serio

Antonio Soler
Psicólogo y psicoanalista

Está tumbado bocabajo en el suelo, en sus manos sostiene dos pequeños muñecos articulados que hace chocar, repetidamente; uno de ellos consigue tumbar al otro y continúan la pelea revolcándose por la tierra. Hace saltar repetida y salvajemente a uno de los muñecos sobre el cuerpo del otro que queda estirado e inerte. Hace corretear al vivo por los alrededores sin un destino  definido, parece que acabada la lucha el juego ha perdido su sentido. Junto a su manos han aparecido unas botas demasiado cerca del muñeco caído.  El chico que estaba tumbado se incorpora con cierta fiereza con sus dos muñecos fuertemente agarrados cuando ve en la mano del otro una especie de automóvil /nave espacial y decide cambiar de estrategia: en una invitación al trueque le enseña uno de los muñecos que el otro toma aún sin soltar la navemóvil. Se inicia una especie de forcejeo para recuperar el muñeco cedido sin perder la esperanza de alcanzar la nave codiciada. Al final el otro cede y le permite el acceso a la nave a cambio de la posesión temporal de los dos muñecos. El que ha obtenido la nave se dedica a hacerla volar con su mano corriendo por el parque al tiempo que emite los rugidos del motor ante la mirada recelosa del que tiene los muñecos. Pero este ha descubierto un pequeño charco junto a la fuente de beber y hace chapotear en el barro a los muñecos. El de la nave la hace aterrizar junto al charco y continua el chapoteo cada uno con un muñeco. El barro se espesa, lo que les incita a amasarlo y hacer bolas con el. De repente comienzan a reír desaforadamente; las bolas de barro ha ido adquiriendo formas sugerentes: un muestrario completo de cacas, tetas y culos despiertan su excitación. Una niña, mucho más pequeña que ellos que a penas camina, se acerca a su campo de juego, comienza a pisotear las formas que han construido y mete los pies en el agua que queda en el charco. Salpica a los dos críos que protestan a gritos.  Varios padres y madres acuden y se los llevan agarrados por el brazo mientras intentan limpiarlos, los gritos de los padres se mezclan con el llanto de alguno de los niños mientras se alejan del parque y del sueño en el que jugaban.


Tan solo son unos niños que juegan, como todos. La escena puede transcurrir en un  jardín parisino, junto a la acequia maloliente de un suburbio asiático,  a la orilla de un rio africano o en el patio de cualquier escuela de Barcelona; los juguetes pueden de ser de plástico, madera o lata, pero el juego es el mismo. A él se entregan en cuerpo y alma, absortos, para ellos  apenas si cuentan los adultos e incluso el mundo real. Representan historias que siguen su curso propio guiado por la asociación libre de objetos y pensamientos que se van ligando en esa divagación sin propósito ni fin. Cuando juegan juntos mas de uno, el guión se va construyendo con los aportes más o menos consensuados de los participantes: “ahora el hombre se escapa” “no, le atrapa el otro con  una cuerda que tira desde la nave” “bueno, vale”. Muchas veces intercambian pocas palabras y el juego se va conformando según los deseos silenciosos de los chicos. No se trata de ninguna telepatía, sino del acompasamiento inconsciente de sus deseos, lo que da ese tono mágico  al juego infantil compartido. El niño entra en el juego, con su imaginación, con su emoción y algo menos con su pensamiento, por ello se exalta  y se apasiona. En esos momentos él es el luchador a brazo partido, el héroe que navega por el espacio,  a punto de encontrar a su heroína, los novios a punto de descubrir sensaciones desconocidas pero intuidas. Como el adulto ante la pantalla de una película intensa que le hace experimentar el miedo, la tristeza o la felicidad de sus protagonistas, con la diferencia de que en el juego es el niño quien escribe el guión que está viviendo  para borrarlo inmediatamente y volver a comenzar otro nuevo en el siguiente juego. De esta manera, sin darse cuenta ni pretenderlo, ante si va haciendo pasar todo aquello que le interesa, le preocupa o necesita experimentar.


Mediante su pensamiento hecho acción experimenta la rivalidad, los celos, el amor, la hostilidad, la pérdida, el miedo, el peligro, la sed de venganza, la curiosidad y el deseo sexual. A través del juego puede vivir todos los papeles de su representación el agresor o la víctima, el maestro que castiga y el alumno castigado, el padre amado o temido y el hijo amoroso o asustado. Se puede ver a si mismo como valiente, poderoso, cruel, premiado, admirado o envidiado. En el juego puede jugar a lo imposible. Volar desde su balcón o navegar en su cama hecha un barco.  Puede domesticar aquello que le aterroriza, perderse en la selva para vivir sin necesitar a los padres, imaginarse muerto, para resucitar después.


Pareciera que el juego sumerge al niño en la irrealidad, que le aleja de la verdad de un  mundo al que tendrá que someterse y aceptar.  El racionalismo de nuestra cultura y de los padres podría pensar que se trata de una evasión peligrosa que llevaría a los niños a saltar desde la ventana con una capa rojo supermán. Pero los niños saben cuando entran y cuando salen del juego. Si alguno puede sufrir esta confusión no se debe al juego mismo sino a lo contrario a un exceso de realidad que no les permite el juego.


Además el juego también incorpora el límite, sobre todo cuando se juega con otros con los que es necesario intercambiar, negociar y pactar. Mas adelante esos pactos se hacen reglas propias de una sociabilidad infantil: se ha de ser leal con los amigos  chivarse es una transgresión. Al final el mismo juego es norma, reglamento que obliga y prohíbe. Solo es posible disfrutar del juego si los jugadores se someten a la norma. La obligación se hace placer en el juego. Jugando se aprende a convivir.


Los que nos dedicamos a la psicoterapia de niños sabemos esto y nuestra práctica incorpora el juego como instrumento fundamental. Favorecemos el juego sabiendo que a través de él no solo nos permite conocerlos y conocerse ellos mismos, sino que a través del juego van descubriendo y  construyendo otras maneras de sentir y de pensar. No siempre es esto entendido por los padres quienes a veces se quejan de que cuando los hijos vienen al psicólogo “lo único que hacen es jugar” y que “para eso ya lo hacen en casa”. A parte de explicarles el lugar que ocupa el terapeuta en ese juego, es nuestra tarea ayudarles a entender la seriedad del jugar de su hijo.


Tampoco siempre es cierto que eso lo hacen en casa. Hay niños que no juegan  o juegan poco. El pragmatismo y la necesidad de tener colocados a los hijos les llevan a apuntarlos a innumerables actividades extraescolares que supuestamente les servirán para estar más preparados para la vida. Idiomas, entrenamientos deportivos, enseñanzas musicales, y otras muchas actividades llenan sus agendas sin dejar tiempo y espacio al encuentro lúdico y libre con sus amigos o consigo mismos. No tienen tiempo para aburrirse y crear para si mismos su espacio de imaginación y placer.


A menudo cuando preguntas si juegan sus hijos, los padres responden que todo el tiempo libre lo pasan con la consola. Se confunde el juego con el juguete. Poseer estos artilugios monopoliza el deseo infantil. Sin anatemizar el uso de estos artilugios, a la que con demasiada frecuencia se les atribuyen el origen de todos los males, es cierto que proporcionan un  modo casi exclusivo y unidireccional de actividad lúdica. Se olvida el lugar que los adultos tiene en su uso y abuso. Al que no es ajeno la facilidad para tener quietos y distraídos a los chicos y el interés comercial de un negocio mundial.


Los chicos y chicas crecen y se hacen adultos. Una perspectiva muy restrictiva limita el juego a la edad infantil. Para el adulto quedaría  como una actividad marginal limitada al tiempo libre. Sin embargo cuando se ha jugado mucho e intensamente a lo largo de los años de formación, el juego deja de ser una actividad; queda incorporado al bagaje subjetivo de las personas. Ocupa una función en la creatividad, en la construcción de la sociabilidad, en el encuentro sexual, en la desdramatización de los conflictos,  aspectos claves de bienestar y de salud mental.

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