​¿Piedad o perdón?

Miquel Escudero

Entre los problemas de tipo intelectual que tenemos en España hay uno al que no se le hace caso, por creerlo insignificante. Pero la indiferencia por saber de matices no es un asunto baladí; empobrece nuestro mundo personal y nos deja indefensos ante la demagogia.


Es el caso de la dificultad de distinguir entre 'tener piedad' y 'tener compasión'. Más allá de los significados estrictamente religiosos, el diccionario de la RAE define la 'piedad' como "lástima, misericordia, conmiseración"; oscila, pues, entre el compadecerse de los sufrimientos y miserias ajenas y la 'compasión que se tiene del mal de alguien'. Aquí se alza el solapamiento entre ambos términos, ya que 'compasión' es un sentimiento de pena, ternura e identificación ante los males de alguien.


Sin embargo, podemos apiadarnos de alguien que sufra serias desgracias, sin sentir ninguna ternura ni 'identificarnos' con él, dado que su trayectoria y sus actuaciones son o han sido repugnantes; así sucede con un terrorista, un asesino (impenitente u ocasional), un maltratador (físico o psicológico), un estafador (de nuestros ahorros o del dinero público), un tramposo compulsivo o un corrupto cínico. 


¿Cómo sentir compasión por él o bajar la guardia ante su sola sombra? Otra cosa sería permitirse un acto de piedad o de misericordia que bloquee el odio y que sea compatible con el asco profundo hacia quien no se arrepiente de su fechoría y lo volvería a hacer, si pudiera. ¿Pero y si tuviera verdadero dolor por esos actos? Habría lugar a la compasión.


ARASA


"Daniel Arasa es garantía de veracidad y seriedad"


A los dos años de la Guerra Civil, Manuel Azaña imploró 'paz, piedad, perdón'. Nadie le hizo caso, tampoco los 'suyos'. Acabada la contienda, quien había presidido la República Española entre mayo de 1936 y febrero de 1939, escribió un artículo titulado 'La revolución abortada', asimilar algunas de sus líneas podría vacunarnos contra la barbarie que siempre acecha; pero hay muchos que no escarmientan:


"Los dos impulsos ciegos que han desencadenado sobre España tantos horrores, han sido el odio y el miedo. Odio destilado lentamente, durante años, en el corazón de los desposeídos. Odio de los soberbios, poco dispuestos a soportar la 'insolencia' de los humildes. Odio de las ideologías contrapuestas, especie de odio teológico, con que pretenden justificarse la intolerancia y el fanatismo". Y, tras subrayar las atrocidades cometidas en la guerra, como desquites monstruosos del odio y el pavor, agregaba: "El odio se satisfacía con el exterminio. La humillación de haber tenido miedo, y el ansia de no tenerlo más, atizaban la furia. Como si la guerra civil no fuera bastante desventura, se le añadió el espectáculo de la venganza homicida".


Leo 'La repressió franquista a Tortosa i el Delta de l'Ebre' (Flash), de Daniel Arasa. Quienes, por el título de esta monografía, crean que se trata de un alegato sectario se equivocan de medio a medio. El autor es garantía de veracidad y seriedad, está por construir puentes y su firme apuesta por la paz exige no silenciar la verdad de unos acontecimientos. 


Ha consultado en archivos militares miles de procedimientos sumarísimos en la posguerra; la represión que se aplicó en frío en el Delta del Ebro, a partir de las leyes de Represión de la Masonería y el Comunismo, y de Responsabilidades Políticas. Éstas incluían a quienes tuvieron una pasividad grave ante el Movimiento Nacional); se acusó de rebelión militar a quien no se sublevó y fue leal a su juramento. Tras un brutal ajuste de cuentas, nunca se quiso dar por finalizada la guerra.


En esos textos se insistía en el 'funesto' Marcelino Domingo, se confundía por igual a elementos de la FAI con marxistas comunistas, y viceversa. Un informe decía de una mujer que, "durante la dominación roja se destacó mucho con su lengua de víbora, haciendo tanto mal con sus propagandas como los asesinos con sus pistolas: amenazó continuamente a la gente derechista y a los vecinos de su calle, que llegaron a temer por creerla capaz de cualquier acto vandálico".

En los certificados de defunción de los fusilados se indicaba que murieron por 'hemorragia interna'; el 'enterado' lo daba Franco e implicaba 'enterrado'.


Arasa no bizquea y recuerda en voz alta los saqueos, los incendios de iglesias y conventos, las decenas de miles de asesinados en la llamada zona republicana. Como me dijera en una ocasión Carlos Seco Serrano, "no hubo buenos ni malos: todos fueron culpables; había mucho que olvidar por unos y por otros".


Abundando en esta idea, Gregorio Marañón Bertrán de Lis cita en sus memorias al profesor José Andrés Torres Mora, diputado socialista durante cuatro legislaturas seguidas. Un tío abuelo suyo fue asesinado durante la Guerra Civil por el solo hecho de ser seminarista. Fue en Álora (Málaga): "tras torturarle durante dos días en los bajos del ayuntamiento con descargas eléctricas, palizas, latigazos y terribles mutilaciones, le montaron en un burro y le pasearon por el pueblo entre burlas e insultos. Finalmente le mataron". Mucho que olvidar, en efecto.

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