“Desde el país de los blancos”: el testimonio de un joven que llegó en patera y fue acogido por una familia barcelonesa

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Dice el Talmud que “quien salva una vida, salva a la humanidad entera”. Todos nos apiadamos cuando vemos por la televisión la llegada de pateras con emigrantes que llegan medio muertos, si no muertos a secas, hombres y mujeres que huyen de la opresión, la pobreza y la vida sin horizontes y a los que acogemos a disgusto para tratar de devolverlos lo antes posible a sus lugares de origen. Yo mismo tuve ocasión de conocer un caso concreto, el de mi amigo Gausú, que llegó a Canarias en una patera a la deriva, después de siete días de viaje desde Nuadibú, los tres últimos sin comida, ni agua y al que sus primos de España no quisieron acoger con la excusa de que “no entendían su idioma”.


Libros   Desde el pau00eds de los blancos


Una peripecia parecida fue la que vivió Ousman Umar, que salió de un pueblo de Ghana siendo adolescente y consiguió entrar en España después de haber dado vueltas durante cinco años por diversos países de África. Desembarcó en Fuerteventura y consiguió llegar a Barcelona, donde tuvo que vivir en la calle. Hasta que le encontró Montse, que tampoco hablaba su idioma, pero se apiadó de él. Le invitó a desayunar y le dio su teléfono. Que, cuando comprobó que no tenía otra salida, terminó utilizando. Montse y su marido Armando le acogieron en casa, le convirtieron en su cuarto hijo -ya tenían otros tres- y le ayudaron a labrarse un porvenir y tener una carrera y Ousman es hoy un hombre conocido que dirige una ONG.


Lo relata el propio interesado en un libro titulado “Desde el país de los blancos” (Plaza y Janés) en el que este hombre, hijo de un chamán, que ha tenido tres madres (la suya biológica, que falleció al nacer él, la tía que le crio y su madre española) describe la dureza de su experiencia personal salpicada de momentos difíciles, pero también de anécdotas fascinantes, como cuando descubrió que “la magia se vende en pastillas”, que en nuestro mundo las mascotas reciben con harta frecuencia un tratamiento mejor que los seres humanos o que nuestra visión de la naturaleza permanece oculta tras el hormigón y el cristal. Comprobó que en España subyace un racismo latente, que en realidad es expresión del miedo o la ignorancia de lo desconocido (y propone evitar eufemismos que en realidad son despreciativos, como llamar a los negros “gente de color”, porque ¿es que acaso los «blancos» son -somos- incoloros o transparentes?)


Pero quizá el golpe más traumático fue cuando, quince años después de haber salido de su país, regresó y comprobó que “en Ghana hay gente que ya no me llama «negro», me llama «blanco». Y eso que el color de mi piel, evidentemente, no ha cambiado. Pero hay cosas que sí han cambiado, y mucho… ¿de dónde soy? Es una sensación un poco extraña porque, por un lado, por la parte física y burocrática, eres ghanés, te has criado allí, tienes el pasaporte, pero por otro, la parte cultural y emocional, ya no eres completamente ghanés, sobre todo por el choque que sientes al volver; ya no piensas igual, ya no te sientes igual, ya no ves la vida igual… te conviertes en una persona nueva, ya no perteneces al lugar del que provienes, pero, en el fondo, tampoco al lugar donde vives. Es como si te hubieras quedado a medio camino entre dos mundos, ya no pertenecieras del todo a ninguno de los dos”. Es decir: “Yo ya no era de allí…ese turista ahora era yo”.


Pese a ello, no ha querido olvidar sus raíces. Conserva su pasaporte ghanés, aunque podía haber obtenido el español. “No lo quiero. Creo que cuando me hacía falta era cuando estudiaba en la universidad, cuando necesitaba becas y no pude obtenerlas. Me costó mucho pagar todo aquello. Ahora, si cojo el pasaporte español tendría que renunciar al ghanés, porque no puedo tener doble nacionalidad. Y ahora no me apetece renunciar a mis raíces. Cuestión de principios”.


La vida de Ousman ha dado muchos tumbos, pero en su caso, la historia tiene un final feliz. Hoy es una persona bien situada, respetada, que conoce a mucha gente importante, incluido el papa Francisco, capaz de haber ayudado a su hermano Banasco a estudiar y hacer carrera en su propia tierra, lo que no le ha hecho olvidar a muchos de sus compañeros de aventura (Hasán Milo, Karim, Mustaktiru, Oluu, Jan, Abu…) que han tenido peor fortuna.


De Montse y Armando bien se puede decir, de acuerdo con el Talmud, que han contribuido a salvar a la humanidad.

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