Bonsáis en el espacio y enemigos de ficción

Miquel Escudero

Cuando se es educado no hay que pedir perdón por decir lo que se piensa. Ser educado supone mostrarse comedido y tener buenos modos, pero de nada vale serlo si no se es respetuoso con la realidad, con aquello que veo, tal como lo veo. A menudo, sin embargo, expresarse con libertad y rigor causa problemas ante los enemigos de la libertad, que siempre están ahí y a quienes les enoja e importuna que se diga lo que no quieren que los demás oigan o lean. Por esto, libertad y democracia van de la mano, las necesitamos juntas para llevar una vida humana, digna y razonable.


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Imagen relacionada con la falta de libertad de expresión /@EP


Leo con gusto a Albert Boadella, un juglar que escribe con estilo. En el prólogo a ‘El libro negro del nacionalismo’ (Deusto) describe la libertad y la igualdad como “los pilares fundamentales por los que hoy deberíamos sentir nuestro máximo apego a un territorio”. Por esto no duda en declararse traidor a una supuesta patria que se identifique con el odio a un enemigo de ficción. Me parece honrado y valiente. Otros, siempre enfadados y agresivos, le insultan y lo tachan de provocador. ¿Provocador? Sí, pero en el buen sentido del término: el de quien trata de promover reacciones decentes, incitar y estimular hacia la autenticidad. Él lo hace además con talento irónico y humorístico, el que a sus acusadores les falta.


En el mismo libro leo con interés al editor Pedro Gómez Carrizo. Reivindica la no exclusividad de las culturas nacionales, recuerda la frase de Mahatma Gandhi de que ninguna cultura puede sobrevivir si se pretende que sea exclusiva. Esto es, su pervivencia depende de que sepa integrar e incorporar elementos de otras, sin antagonismos fieros, inútiles y retrógrados, sin manías insostenibles.


Me fijo en una mención que Gómez Carrizo hace del escritor Ralph W. Emerson, un escritor inmerso en el siglo XIX norteamericano. Recoge esta frase: “El triunfo de la cultura es hacer olvidar la nacionalidad poniendo al alcance del caballero la flor del genio de todos los países”. Verde y con asas, que quiere decir: ‘fuera de discusión y de duda’, igual que blanco y en botella. Lo sustancial es recoger lo mejor de cada casa y, en todo caso, configurar con libertad una identidad propia. No es aceptable que por ello haya que pasar por una inquisición.


Ciertamente, Emerson no tiene la resonancia histórica de Gandhi, pero siempre hay que atender al sentido de las palabras, las diga quien las diga, y no estancarse en el posible prestigio del eco de un nombre. He leído muy poco a Emerson. De joven, leí unos ensayos suyos. Recuerdo que afirmó que el verdadero poema es el alma del poeta; es decir, el espíritu está por encima de la letra, lo personal ilumina el texto y copa lo mejor del poema. En la misma línea, el escritor de Massachusetts proclamaba una mística confianza en la fuerza de la personalidad: “La grandeza de carácter actúa en la oscuridad y socorre a los que nunca le vieron”.


Estoy de acuerdo con Pedro Gómez Carrizo cuando dice que anular lo español es una necesidad para el proyecto secesionista; es una evidencia contrastable cada día. Y que: “Al cancelar la españolidad de Catalunya, el nacionalismo ha enajenado un valiosísimo tesoro a sus ciudadanos y ha echado sal sobre terrenos fértiles donde podría surgir una cultura poderosa hija de la mezcla y de la autenticidad”.


El daño que, desde el poder, ocasiona la praxis nacionalista es visible. Sin embargo, un proyecto alienador se puede revertir. Se precisa de poder político para extender la razón y la concordia, para desarrollar la libertad y la igualdad con la mayor satisfacción de todos. ¿A quién le molesta que otros hablen con libertad por la igualdad y le rebatan sus prácticas con razones frías y claras?

Creo que, en este sentido, hay que acertar a incorporar el factor sorpresa que descoloca y genera una imaginación en la que nadie piensa ni espera, pero que actúa en la oscuridad.


Así, por ejemplo, me fijo en el japonés Azuma Makoto, para quien hay muchas similitudes entre tocar en un grupo de rock y su trabajo de artista botánico o floral. Sin duda, es una afirmación muy sorprendente, quizá extravagante, pero ¿se puede entender lo que digo al introducirlo en esta cuestión?


Claro está que, en primer lugar, habría que enterarse de quién es ese Makoto, en qué trabaja, qué obras hace. Las conexiones anunciadas vendrán a continuación.

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