Cambio de tercio

Lluís Rabell
Traductor, activista y político

Valga la consabida expresión taurina para ilustrar la exigencia que planea sobre la política catalana. Aceleradamente, bajo el impacto de una crisis geoestratégica de alcance aún impredecible como la guerra de Ucrania, se están configurando nuevos escenarios políticos en toda Europa. Los distintos actores empiezan a tomar consciencia de ello. Pero todavía pesan mucho los marcos mentales de la etapa anterior. Y algunos han perdido el paso. Hace poco más de un año que se celebraron las últimas elecciones autonómicas. ¿Cuál es el balance del gobierno de Pere Aragonés? Podría decirse que el inventario resulta tan decepcionante – por cuanto se refiere a sus realizaciones - como revelador del pósito de amargura, impotencia y división que han dejado tras de sí los años del “procés”. La eterna disputa por la hegemonía en el campo independentista fue visible desde el inicio de la legislatura, con el agónico proceso de investidura del President. Pero es que el gobierno de la Generalitat se ha dividido ante cualquier decisión de cierto calado, ya fueran los Juegos de Invierno o la ampliación del aeropuerto del Prat. La ley más importante del curso político, la de presupuestos, sólo pudo aprobarse gracias a los comunes, tras la negativa de la CUP a votar las cuentas. Un hecho que demuestra la inexistencia de una mayoría independentista operativa, capaz de gobernar el país. La mayoría del 52% no es más que un inconsistente espejismo parlamentario.


El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès, en una foto de archivo

El presidente de la Generalitat, Pere Aragonès /@EP


Pero el “procés” es un cadáver difícil de enterrar. Nadie se atreve aún a extender el certificado de defunción, temiendo ser acusado de traición. Con la fantasmagórica figura de Puigdemont de fondo, JxCat intenta mantener viva una retórica que resbala sobre la realidad, aunque todavía puede avivar resentimientos y frustraciones. ERC, por su parte, oscila constantemente entre gestos pragmáticos de colaboración con el gobierno de izquierdas de Pedro Sánchez… y sobreactuaciones de cara a la parroquia. La más reciente –el voto negativo de ERC a la reforma laboral– a punto estuvo de hacer descarrilar la legislatura. Temiendo por encima de todo ser desbancado por sus competidores nacionalistas, el partido de las menestralías ha carecido del valor suficiente como para declarar cerrada una etapa y establecer una estrategia que, necesariamente, debería remitir la independencia a un lejano horizonte y afanarse en la mejora del autogobierno tras un agotador período de crisis y pandemias.


ERC no se decide a aterrizar en la realidad. Mientras empezaban a sonar los primeros cañonazos en el Este, Oriol Junqueras y Arnaldo Otegi aún se permitían anunciar con tono desafiante que ellos son la única tabla de salvación de la izquierda española; pero que, no sería la amenaza de Vox lo que les impediría dejar caer al gobierno progresista, si este no avanza en la “agenda nacional”Junqueras se permitía incluso establecer un paralelismo entre Ucrania y Catalunya, ambas víctimas de “una agresión exterior por parte de un Estado que quiere imponerse y que está condicionado por sus tentaciones autoritarias internas”. ¡Nada menos!


Pues bien, la realidad tiende a imponerse de modo tanto más desagradable cuanto más pretende uno ignorarla. No sólo la comparación de Junqueras es absolutamente desplazada, sino que la guerra en Ucrania cierra por todo un período la posibilidad de plantear siquiera un proyecto secesionista en el sur de Europa. La mayor crisis continental desde el fin de la segunda guerra mundial confiere a España una posición estratégica para la OTAN y para Unión Europea: en términos militares, pero también dada su ubicación para el almacenamiento y transporte de unos recursos energéticos que pueden escasear, si Putin cierra la llave del gas. No está el horno para bollos: ni Bruselas ni Washington permanecerían indiferentes ante un nuevo embate desestabilizador como el de 2017.


Pero hay más. La guerra revela ante el mundo entero, sin disimulo alguno, el carácter profundamente autoritario, violento y reaccionario del poder que encarna Putin, capaz de invadir una República independiente, de amenazar con el uso de armas nucleares y de reprimir sin contemplaciones las protestas contra la guerra que recorren las ciudades rusas. Aleksandr Duguin, ideólogo de cabecera del Kremlin y referente de la extrema derecha en numerosos países, promueve la perspectiva de un imperio euroasiático que tendría en la capital de una renacida Rusia “su nueva Roma”. El sometimiento de Ucrania formaría parte de ese delirante plan. La ciudadanía europea contempla hoy como el delirio se encarna en el trágico destino de una nación. Aquí también estamos ante un cambio de rasante. Los nacional populismos y las formaciones de extrema derecha que hasta ahora coqueteaban con Putin se ven obligados a adoptar un perfil bajo. Victor Orbán se alinea con la UE ante la invasión de Ucrania. Salvini daría cualquier cosa por borrar de la hemeroteca los testimonios gráficos de su admiración hacia Putin. Éric Zemmour y Marine Le Pen tragan saliva: una cosa es hablar ante una audiencia enfervorecida de “la gran sustitución”, amenazaque el mundo musulmán haría pesar sobre las naciones europeas, y otra muy distinta ver en acción al adalid ruso de la nueva civilización. Y, por lo que respecta al nacionalismo catalán, ¿quién se atrevería a reivindicar ahora las gestiones de Víctor Tarradellas en Moscú, recabando apoyos para una declaración de independencia? ¿O las declaraciones de Josep Lluís Alay, hombre allegado a Puigdemont donde los haya, blanqueando al autócrata del Kremlin? Las bromas – para algunos los sueños húmedos – acerca de los 10.000 soldados rusos que Putin enviaría para defender a la República Catalana adquieren tintes siniestros contemplando las imágenes de devastación que nos llegan desde Kiev.


Esos acontecimientos impactan también sobre la derecha y la extrema derecha españolas. El PP tiene un problema suplementario. Vox es hoy menos frecuentable que hace unas semanas. Si un eventual relevo gubernamental a cargo de la derecha tuviese que contar con el partido de Abascal, cabe pensar que muchas luces de alarma se encenderían en Bruselas y en Washington. Cuesta imaginar que esas capitales aceptasen de buen grado la presencia de una fuerza abiertamente anti-europeísta - y vinculada a peligrosas amistades en el Este – en el gobierno de un país que deviene clave para la OTAN. Es del todo imposible predecir cómo evolucionará la crisis del PP. Parece cantado que Núñez Feijóo vaya a tomar las riendas del partido. Pero es menos evidente que eso zanje los problemas de un plumazo. Ayuso no es sólo una estrella ascendente de desmedida ambición: representa un giro trumpista en la manera de hacer política que ha calado profundamente entre el electorado conservador y que tiene un potente bastión en Madrid. La polarización y la desmesura en que ha caído la política, ahondando en su descrédito, propician a su vez que ese electorado sea muy próximo al de Vox. Caben, pues, muchas dudas sobre la posibilidad de que Feijóo pilote con éxito esa compleja maquinaria que es el PP hasta un espacio de centro derecha menos crispado y lo bastante distanciado de Vox como para ser creíble.


Puede que la guerra en Ucrania aleje al PP del poder. Pero puede que sólo lo haga bajo la fórmula de la alianza con la extrema derecha que tenía en mente y que ha ensayado – no sin problemas – en distintas comunidades autónomas. Podrían darse otros escenarios. Podría ocurrir que la crisis europea se prolongase y se tornase cada vez más exigente con todos los países miembros de la UE y la OTAN. Con una inflación descontrolada maltratando las economías familiares, con unos gastos militares disparados y una recuperación amenazada, con una creciente desazón social y un angustioso horizonte de incertidumbre en todos los ámbitos… no sería de extrañar que se plantease con fuerza la alternativa de una gran coalición PSOE-PP. Exigencia de responsabilidad y promesa de estabilidad. Unión patriótica ante la adversidad. Nunca ha ocurrido en España. Pero tampoco se había dado un concurso de circunstancias como el que se está perfilando.


Mucha atención, pues. Los desplantes y bravuconadas de los partidos nacionalistas podrían impulsar una mayoría inédita. Si se va a exigir del gobierno de España firmeza y fiabilidad, que su estabilidad dependa de los saltos de humor de Junqueras o las demandas de Bildu no se antojará nada tranquilizador en los grandes centros de decisión. La hipótesis de un gobierno de unión nacional resultaría al cabo devastador para las izquierdas y los sindicatos: acaso por un tiempo, lograse comprimir los problemas sociales y territoriales de España; pero acabarían por estallar, envenenados, ante un campo progresista previsiblemente desunido. Semejante eventualidad supondría un enfrentamiento mayor, y de duraderas consecuencias, entre el PSOE y la izquierda alternativa, hoy coaligados. Mejor será que nos ahorremos esa experiencia. Si no quiere contribuir a semejante escenario, urge que una fuerza como ERC entienda todas las repercusiones del contexto mundial sobre la política doméstica. Seguir dando la espalda al entendimiento con la socialdemocracia – en nombre de una “unidad independentista” ilusoria y carente de rumbo – no hará sino prolongar el marasmo de la sociedad catalana. En las actuales circunstancias, amenazar frívolamente al gobierno de Pedro Sánchez si no accede a peticiones que todos saben inviables sería – nunca mejor dicho – jugar a la ruleta rusa.

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